Qué ver en Nueva York y Washington en una semana (EEUU)

Día 0: Billetes al sueño americano

Febrero 2011. De nuevo otro viaje. Uno más, pero otro diferente. Único, irrepetible, inigualable. En esta ocasión buscamos el sueño americano, ese por el que millones de personas han ido a su encuentro; algunos para una estadía, otros para toda la vida. Lo nuestro será cosa de los días que tiene una semana. Partimos de Málaga, de ahí a Madrid y desde la capital a la antigua Nueva Amsterdam. Airbus A-340, de nombre de pila Julio Romero de Torres (así lo han bautizado, como el pintor de La Musa Gitana) es el que nos hará atravesar el “charco”.

Siete horas y pico de vuelo con los “veteranos” de Iberia, los azafatos y azafatas más experimentados en todo lo bueno y lo malo, son suficientes para llegar al Aeropuerto John F. Kennedy – JFK -, uno de los más grandes del mundo con nueve terminales. El metro y el Airtrain (7,5 $ en total) es la opción más barata, pero se puede llegar a tardar más de dos horas a Manhattan. Una alternativa correcta en calidad / precio son los shuttle o lo que es lo mismo, unas furgonetas que se usan como taxis compartidos y te llevan a la isla por no más de 20 $.

No hace falta haber estado antes en la Gran Manzana para sentir que realmente lo has vivido en otra vida. La memoria cinematográfica trabaja a destajo en Nueva York. En una de sus arterias, Union Square, nos reunimos con Pitu, un gran amigo de El Puerto de Santa María, de los míos, de los que hace mundo. Gracias a su talento y el reconocimiento de éste por parte de la Junta de Andalucía mediante las Becas Talentia, está cursando un máster en dirección de cine en la prestigiosa New York Film Academy. Precisamente una fábrica de sueños grabados en celuloide será el comienzo de esta historia. ¡Silencio!, ¡se rueda!

Nueva York y Washington

Día 1: El museo es NYC

Dice Enric González en su delicioso libro Historias de Nueva York (RBA) que “cuando en Nueva York son las tres de la tarde en Europa son las nueve de diez años antes”. A mi colega de profesión y corresponsal de El País (ahora en Jerusalén) no le falta razón. En una especie de ciencia ficción reconocida, la tecnología y los avances nos apabullan desde que subes el último peldaño de la estación de metro. El cine, otra vez, Internet o la tv nos lo habían dicho, pero en este caso, la realidad supera a la ficción. El epicentro del centro del mundo está en el cruce entre la 42 th con la 7 th, o lo que es lo mismo Times Square; las catedrales aquí se erigen con cemento y mucho cristal y sus vidrieras son de LED ultramoderno.

Nueva York y Washington

Pero aquí todo es factible de poder ser: libras de M&M servidas a granel, montarse en una noria dentro de una tienda Toys `R´ Us, un kilo y medio de hamburguesa con patatas fritas, millones de vinilos antiguos… En esta ciudad hay mucho de todo, incluidos museos, pero el más grande está en sus calles: tiene miles de plantas dedicadas a la construcción y al diseño (empezando por el mítico Empire State Building que hoy hemos visitado), otros millones de metros cuadrados lo dedica a la parte antropológica (toda raza, nacionalidad, religión y cultura puede verse por sus amplias avenidas, y tampoco se queda corta el ala dedicada al arte.

Nueva York y Washington

Para ver toda esta gigantesca sala expositiva en la que se conforma la ciudad hace falta una cosa que siempre le falta al turista: tiempo. Por ello, saqué una pronta conclusión, Nueva York es, definitivamente, una ciudad para vivirla no para visitarla. Pero a falta de pan, y como prólogo a una estancia mayor, lo mejor es echar un vistazo general a la Gran Manzana desde el Top of the Rock (Rockefeller Center, 20 $). Las vistas en 360 º son insuperables. Antes se me olvidó, en NY también pueden comprar kilos de diamantes. Lo encontrarán en Tiffany & Co (727, 5 th Ave.), la joyería más famosa del mundo gracias a Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes”.

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También nos pasamos para acabar un día agotador por Broadway y cumplir con un plan clásico, un musical. Lo importante no es el título, que tendrán que elegir en función de su compresión del inglés, los horarios, etc., lo fundamental es conseguir las entradas a buen precio. Para hacerlo hay que cumplir religiosamente con la cola que se forma en TKTS (cruce de Broadway y W 47 th st.), unas taquillas que despachan las localidades con hasta un 50 por ciento de descuento.




Nosotros conseguimos las nuestras para Mary Poppins (soberbio) por 34 $, justo la mitad. Y de la magia sobre las tablas del teatro cambiamos a una parecida que se hace en la televisión. Cosas de la vida acabamos presenciando el rodaje de un video clip para un grupo sudafricano en un estudio neoyorkino con Pitu a las tantas de la noche. No sé si han oído hablar del croma, pues en esa lona está el truco de fabricar los sueños en este caso, que un día más nos siguen. ¡Corten! ¡Toma dos!

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Día 2: ‘The show must go on’

Lo que más me gusta de la casa de Pitu son sus dos amplios ventanales. Desde él que está más pegado al fregadero, al oeste, se ve el Queensburg bridge y parte del barrio de Queens; desde el otro, el que está justo enfrente, al lado de la pecera, se puede observar el Williamsburg bridge, una vista parcial de Manhattan, y de fondo, en la lejanía, el puente de Brooklyn. Él vive en otra isla, Roosvelt Island, alejado del mundanal ruido. Este trozo de tierra rodeado de agua está a tan solo una parada de metro del lío o, si lo prefieren, a una parada de teleférico (muy recomendable aunque no aparezca en las guías), pero la restricción al tráfico rodado y los tan solo 7.000 personas que la habitan hacen de este pedacito de NY un remanso de paz entre tanta tormenta.

El tiempo correo más rápido de lo normal en esta urbe y hay que elegir: Estatua de la Libertad o Staten Island. En la primera opción, con un ferry que cuesta 12 $ se llega a Liberty Island y se ve la estatua más emblemática del país. En la segunda opción, un ferry gratuito, se puede ver la Estatua de la Libertad, el sur de Manhattan y el puente de Brooklyn. Para ver el famoso puente, ya en tierra firme, pasa lo mismo; si estás en él no lo ves, y una buena elección es pasear por el Puente de Manhattan, paralelo a éste.

Nueva York y Washington

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Tras el vaivén nos reunimos María José y el que suscribe con Pitu. La maraña de barrios que se entrelazan sin solución de continuidad era nuestro objetivo: NoHo, Nolita, SoHo, Little Italy y así hasta llegar al mítico Chinatown. Tras ellos, seguidos en la cuadrícula perfecta del mapa de la ciudad está lo que se conoce como Financial Distric. Si no llueven billete en esta área es porque los tienen a buen recaudo, pero dicen que en estas calles se encuentra una parte muy importante de todo el dinero que hay en el mundo, ya sea en lingotes, acciones o bonos. De entre todas las calles, a la más rica le pusieron un nombre simplón, Wall Street.

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La vida de esta zona contrasta, supongo que todo serán imaginaciones mías, con la calma de la Zona Cero. En lo más profundo del agujero gigante que dejó huérfano de ajetreo a esta área de la ciudad que intenta brotar desde el día después del 11 de septiembre de 2001 con ansias de pasar página pero sin olvidar. Para ello está el Memorial que se sitúa al oeste de lo que fueron un día las Torres Gemelas.

Son buenos para esto de rendir homenajes a sus caídos los americanos y ya levantan una nueva construcción para su recuerdo. También son buenos con los negocios y te cobran la entrada a precio de oro al centro de visitantes. El punto y seguido lo ponemos con un buen plato de sushi junto al desgastado toro de bronce que representa la fuerza de la economía estadounidense. Fue un paréntesis, un descanso para lo que sigue.

El espectáculo debe comenzar. Madison Square Garden. 20.000 espectadores. New York Knicks – Milwaukee Bucks. El “American way of life” va incluido en la entrada. Todos nos contagiamos. Hay que consumir: la mano con el número 1 de los Knicks, la gorra, la camiseta, el cubo de Coca cola, la caja de perritos calientes… la fiebre por el espectáculo ya se ha desatado mucho antes que el árbitro lance la pelota a lo más alto del pabellón. Animadoras desde Virginia. El gran marcador con el calentamiento en vivo. Himno nacional. Canasta. Triple. Gran partido de Carmelo Anthony. Ídolo. El partido parece que hace tiempo que no importa. Último cuarto. Locura colectiva.

Ahora sí, miran con atención la cancha. 114-108. Knicks wins. Éxtasis. Party city! Vuelta a la calma. No hay frases, solo palabras. The show must go on! Al menos una vez en la vida… al fin y al cabo es parte del sueño americano.

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Día 3: Un Pulitzer para hoy

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Central Park puede ser muchas cosas; para mí, un misterio. Todo lo que rodea al gran pulmón de esta city es estridencias, ruidos y algarabía. Entre sus caminos, recortados por árboles y arbustos habitados por graciosas ardillas, el silencio es practicamente absoluto. Junto a algunos de sus lagos helados ahora que el mercurio no sube de los cero grados, la tranquilidad es casi plena. Se puede patinar sobre hielo, ver estatuas, correr o ver a tipos que sacan 10 0 12 perros a la vez como oficio. Pero todo eso tras disfrutar del silencio y la tranquilidad.

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Y no solo del museo de la calle vive Nueva York. Ese es el mejor, pero en esta ciudad hay otros muy buenos entre los que destaca el Metropolitan (en todos los museos nacionales de EE.UU. no es obligatorio pagar a pesar de que la gente lo haga y haya estipulado un precio sugerido o recomendado). Para hacerse una idea de la magnitud de esta sala, sírvase un dato, tan solo se expone una cuarta parte de los fondos de la institución. Coja aire, respire y a ver obras de arte. Así hasta que dure.

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Justo enfrente está otro clásico, el Museo Americano de Historia Natural concebido para los más pequeños, pero por eso de ser gratuito, bien merece una visita para ver el gran Tyranosaurus Rex que está expuesto en la última planta.

Pero hoy lo que estábamos deseando que llegara era el momento en el que cayera la tarde. A esa hora teníamos fijada una cita con la historia del periodismo. Pasa desapercibido pero para románticos o frikis, llaman ahora, de esta amada profesión, el dato no podíamos pasarlo por alto. La archiconocida Universidad de Columbia tiene una afamada Escuela de Periodismo más conocida por su fundador que por los méritos contraídos. Les hablo de Josep Pulitzer, fundador de esta institución y que es la misma que otorga anualmente los premios periodísticos más prestigiosos del mundo. El sueño americano, en este caso seguido de periodistas de todos los rincones del mundo, sigue presente.

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No es bueno irse a la cama sin comer y eso mi amigo Pitu se lo tomó al pie de la letra. Una hamburguesería neoyorkina, con bancos fijos, una decoración cutre tocada por un póster de los Ramones y una carta tan esbelta como ninguno de los allí presentes. Así es Joint burger, el rincón donde hacen cola los del lugar para comerse un trozo de carne a la parrilla bien hecho, patatas con mucho ketchup y soda o cerveza al gusto. Si lo buscan, no lo encontrarán. Si preguntan, con suerte, puede que den con él. Mantendremos el secreto nacional.

Día 4: de NY a DC

Brooklyn es el barrio más poblado de Nueva York. Lo une a Manhattan, el lugar prelidecto de suicidas, artistas y directores de cine (dieciséis años se tardó en construir este coloso de acero y hormigón por el que atraviesan al día miles de coches y personas). Esta mañana, por primera vez en nuestra estancia, la lluvia arreciaba con fuerza. Era imposible atravesarlo a pie. Una opción normal era tomar un taxi. Esto, en Nueva York, también se convierte en otra posibilidad de hacer turismo.

Alcanzamos antes del mediodía Chinatown. Desde esa zona de la ciudad parten cada hora autobuses hacía la capital, a Washington (salen desde Canal St., en varios puntos repartidos por la vía con diferentes compañías. Aproximadamente 30$ i/v). El trayecto, pesado, de casi cinco horas , sirve para ver pequeños destellos del avance norteamericano: sus carreteras, sus edificios, sus hostales, sus coches, etc.

Nueva York y Washington

Arribamos a DC pasado el atardecer. Del Chinatown neoyorquino al capitalino. En la Costa Atlántica pero sin salida al mar, se bautizó así en honor al primer presidente de los Estados Unidos, George Washigton, aunque el distrito se denominó con el nombre del descubridor de las Américas, Cristobal Colón (Distric of Columbus, DC).

La ciudad fue magníficamente proyectada por el francés L´Efant a finales del siglo XVIII, siendo la primera ciudad planificada como centro de gobierno, con el Capitolio como referente, y partir de ahí toda una urbe con sus calles, parques, museos y todos los organismo internacionales relevantes de nuestros días.

Nueva York y Washington

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Era el momento del descanso, el que llega cuando uno ya no puede más.  De entre las posibles moradas, elegimos The Capitol Hill Hotel, hotel perfecto si nos atenemos a la relación calidad precio, incluso muy por encima, diría yo.

Reconozco que soy muy de “Solo en casa”, algunos defectillos que tenemos todos. En cuanto que puedo intento emular al siempre joven Macauly Culkin, y lo de las pizzas en los hoteles, reconozco que lo aprendí de él. El pizzero llegó con su coche, al estilo americano, nos pusimos finos y a dormir. Buenas noches y dulces sueños.

Día 5: Un vistazo a la capital del mundo

La visita a Washington debe empezar obligatoriamente por el Capitolio, el corazón del poder estadounidense. En su interior alberga la cámara de representantes, el senado y la corte suprema. Las visitas, de mucho interés aunque sólo en inglés, duran 30 minutos y son gratuitas.

Desde ahí, el centro de Washington, el centro del mundo políticamente hablando, el National Mall vertebra el resto de la visita. Es una zona ajardinada que llega hasta el monumento a Washington y sobre la que se distribuyen los museos pertenecientes a la Fundación Smithsonian. Esta institución privada fue fundada por el inglés James Smithsonian que, paradojas de la vida, nunca visitó Estados Unidos, pero a pesar de ello donó toda su fortuna a los americanos en pro de incrementar y difundir el conocimiento entre los hombres. De entre ellos, el más destacado es el Museo Nacional del Aire y el Espacio, el más visitado del mundo por delante del Louvre, el Metropolitan o el Hermitage. Y todos, totalmente gratuitos.

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Sin duda, además de las decenas de memoriales (Linconl, Guerra de Corea, Víctimas del Holocausto, Veteranos de Vietnam, etc). Junto a ellos, la atracción más famosa, la Casa Blanca. Tan importante con solo nombrarla, su realidad se reduce a un amplio chalet con zonas ajardinadas donde, de vez en cuando, se ordenan los designios del planeta. A sus puertas, los opositores protestan por ello: unos contra la Guerra de Iraq, otros por el conflicto en los países árabes, etc.

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El centro neurálgico del poder está aderezado de todo tipo de instituciones y organismos con sede en la ciudad. Sorprende verlos todos juntos y en un radio tan estrecho pero, por sobredosis, termina cansado. Ese es el momento de planear la retirada.

Antes de hacerlo, fuimos a un supermercado, pero hasta esa simple acción es diametralmente opuesta a como la entendemos nosotros, los españoles, me refiero. La idílica imagen que pueden imaginarse de hacer la compra, cambia mucho por estos lares. Todo, absolutamente todo (excepto mínimas cosas que llaman en plan moderno orgánicas) están procesadas: patatas fritas de paquete con sopa Campbell de primero, carne con salsa al curry de lata y piña en su jugo con dos chocolatinas es lo máximo que se puede aspirar comer después de hacer la compra y llegar a casa. Y para beber, una Budweiser.

Día 6: La caja tonta más inteligente

Madrugamos para ir a misa. Es domingo, el día del Señor. Buscábamos una iglesia presbiteria para asistir a una celebración gospel del sacramento. Lo intentamos por nuestra cuenta, pero no hubo fortuna. Será lo primero en la lista de motivos por los que volver a Estados Unidos.

Volvimos por tanto al hotel para preparar la maleta y aprovechamos el tiempo ganado al reloj para ver la televisión, una de las patas sobre la que se sustenta la cultura americana. El concepto espectáculo está tan arraigado aquí, como beber coca cola de litro cuando se tiene sed. Valga como ejemplo un botón en cuanto al audiovisual se refiere; pongamos por caso la cadena deportiva por antonomasia, ESPN. De un simple entrenamiento de pretemporada de fútbol americano sacan una programación en directo que abarca buena parte de la mañana con la retransmisión en directo, infografías, debate con especialistas; y todo porque saben colocar como nadie el lacito a cualquier producto que emiten. Lo digo sin acritud y con actitud de pronta imitación.

La vuelta, prevista para las 15 horas, la adelantamos para estar en Nueva York a tiempo para ver la gala de los Oscars, otra ocasión para vivir desde dentro otra de las patas del sueño americano, el del cine y sus celebrities.

Día 7: Despedida y una oda, fugaz, al consumismo

Nos quedan tan solo unas horas en la gran ciudad y hoy toca ir cerrando los frente abiertos que hemos ido dejando tras nuestra huella estos días. Visitamos algunos rincones que se nos escaparon antes por falta de tiempo o presencia del cansancio y hacemos algo que en otras partes del universo es prescindible, pero aquí se antoja de obligado cumplimiento, casi, por decreto: ir de compras. Pero no crean que me he vuelto loco ni he faltado a mis principios viajeros: he dicho ir de compras, no comprar.

Sin duda, la visita a determinadas tiendas (M&M, Abercrombie, Victoria´s Secret, grandes almacenes, etc.) se convierte en la quinta esencia para los amantes del despilfarro, y para los neófitos en la materia, no deja de ser algo curioso con un cronómetro, eso sí, para no sobrepasar el tiempo máximo permitido para que esa fatídica acción no perjudique gravemente mi salud. Tan solo hago una excepción, la judería FAO; en ese caso se podría parar el tiempo sin problemas. Allí está por ejemplo el piano que usó Tom Hanks en la película Big, y también hay miles de peluches, casa de muñecas de ensueño, marionetas y hasta un futbolín de la Barbie (24.999 $).

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El tiempo, divino manjar, se agota. El game over se acerca. Es el Día de Andalucía, y antes de irme quiero una foto en Times Square con mi camiseta de la patria chica. Tengo ese feo defecto, añorar la tierra en la distancia, aunque después esté en ella y le busque mil y una críticas constructivas. Antes de la despedida había algo muy importante que siempre quise hacer: tirar la bolsa de basura por el compartimento que tienen los apartamentos neoyorquinos en el interior de sus pisos. Pero un acto simple pero una de las experiencias más inolvidables que nunca he había vivido. Son las pequeñas cosas que hacen felices a las personas, o al menos conmigo lo ha hecho. Definitivamente, creo que el cine siempre tuvo mucha culpa en la construcción del sueño americano y toda su parafernalia.

Nueva York y Washington

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¡Corten!


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