Potosí o toda la plata del mundo

“Dicen que hasta las herraduras de los caballos eran de plata en la época de auge de Potosí. De plata eran los altares de las iglesias. En 1658, para la celebración del Corpus Christi, las calles de la ciudad fueron desempedradas y totalmente cubiertas con barras de plata. Algunos escritores bolivianos afirman que en tres siglos España recibió suficiente metal desde estas tierras como para tender un puente de plata desde la cumbre del Cerro Rico hasta la puerta del palacio real al otro lado del Océano. No hay duda que en Potosí la plata levantó templos y palacios, monasterios, ofreció motivo a la tragedia y a la fiesta, derramó la sangre y el vino, encendió la codicia y desató el despilfarro”.

Esta brillante descripción de Eduardo Galeano en las venas abiertas de América Latina sirve como prólogo para la más fuerte de las experiencias vividas hasta el momento en nuestro viaje. 500 años después nos introducimos en la misma mina de las que la que tanto se ha hablado en las crónicas, de la que tanta riqueza salió, de la que tantos hombres perdieron su vida.

Potosí

Para llegar hasta a esta ciudad al sur del país desde la capital lo mejor es coger alguno de los servicios nocturnos que prestan varias empresas: El Dorado, Copacabana, etc. (120 bolivianos, 12,6 euros, 10 horas). A partir de ahí buscar alojamiento es fácil, pero no excesivamente barato. Se puede elegir entre algunas de las antiguas casas coloniales hoy reconvertidas en guaridas de viajeros como La Casona Hostal o el Hostal Carlos V, que fue en el que nosotros pernoctamos.

Potosí

A continuación, la lucha con la altura empieza. Los 3.900 metros sobre el nivel del mar, que la convierten en una de las ciudades más altas del mundo, se notan pronto. Mareo, sensación de cansancio, falta de oxígeno… Por suerte nosotros llevábamos una buen tiempo de aclimatación y esas pautas las aprovechamos para hacer un alto en el camino y reponer fuerzas antes de la visita a la antigua Villa Imperial. Lo hicimos en el que es, sin duda, el mejor restaurante de la ciudad, el Phisqa Warmis, que capitanea una madrileña y una boliviana.

Potosí

Después visitamos Potosí, que a cada rincón de su centro histórico, tiene un destello de lo que fue en otro tiempo. Tal vez la mejor muestra de ello sea la Casa Nacional de Moneda, el lugar donde se acuñaban todas las monedas de plata que más tarde salían para buena parte del Imperio español. Se puede visitar con un guía gratuito a las 09.00, 10.30, 14.30 y 16.30 de martes a sábado y los domingos sólo en horario de mañana (40 bolivianos, 4 euros).

Potosí



A la mañana siguiente, llegaba el gran momento, la visita a la mina del Cerro Rico. Vaya por delante que no es una excursión al uso, puesto que se visita una mina, con mineros trabajando en su día a día, con la única medida de seguridad de un casco y con el riesgo inherente de estar a varios kilómetros de la salida durante la visita. No obstante, sino se padece claustrofobia, se tiene algún problema grave de salud o se tiene mucho miedo, es una experiencia tan dura como inolvidable.  Creemos que en otro lugar del mundo sería impensable, pero en Bolivia, como ellos mismo llevan a gala, todo es posible. Para hacerlo, casi cualquier agencia es igual de sencilla. Nosotros lo hicimos con Altiplano Tours y nos fue correcto (60-70 bolivianos aprox, 6-7 euros).

Potosí

Potosí

Una vez que pasamos por el mercado del minero, por el que cada día van ellos para comprar hojas de coca contra el cansancio y la fatiga, dinamita, agua y alcohol puro bebible de 96 grados, nos dirigimos a una de las centenares de bocas que salen del maltrecho Cerro Rico, un auténtico queso gruyere agujereado por dentro que hace que cada año la montaña vaya cediendo. La sensación de meterse en el abismo del infinito es desgarradora.

Potosí

Los metros pasan tras nuestros pasos y, cuando la oscuridad sólo es rota por nuestras humildes linternas, nos encontramos a los dos primeros mineros. Tiran fuerte del vagón que se ha salido de los raíles. Desde el centro de la tierra tienen que sacar decenas de kilos para conseguir algo, una cantidad ínfima, de la poca plata que queda. Ese metal está manchado por la sangre de más de ocho millones de compañeros que aquí han muerto, según Josiah Conder. Está maldito para las miles de madres que han perdido a sus hijos, para las mujeres que se quedaron sin marido y para los hijos que nunca más vieron a sus padres.

Potosí

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Potosí

Pasan los vagones repletos empujados por manos envejecidas a pesar de no pasar la mayoría los 40, la fecha de defunción que pone la mina. La cara negra, la boca llena de coca, exhaustos, sedientos. El calor aprieta a medida que nos alejamos más de la salida. Varias personas comienzan a marearse. Huele fuerte a azufre. La vía por la que tenemos que pasar se ha venido a abajo. No importa, siempre hay un pequeño hueco por el que continuar para llegar más allá, donde están los valientes.

5 minutos, no más, aguantamos mientras observamos como rascan en una roca yerma. Tenemos que volver. La ansiedad de la falta de costumbre se apodera de la mayoría de los que visitan la mina una vez, sólo una vez. Los mineros tendrán que volver mañana, y pasado. Paradojas de la vida, como dice Galeano, “la ciudad que más ha dado al mundo es la que menos tiene”.


Gastos

Día 5: transporte 2,5 bolivianos (0,25 euros) + alojamiento 160 bolivianos (17 euros) + comida 70 bolivianos (7 euros) + internet  12,5 bolivianos (1,2 euros) + visita Casa Moneda (exonerados). total: 245 bolivianos (26 euros)

Día 6: visita mina Cerro Rico 120 bolivianos (13 euros) + mercado mineros 15 bolivianos (1,5 euros) + comida 70 bolivianos (7 euros) + lavandería 20 bolivianos (2 euros) + alojamiento 160 bolivianos (17 euros) + supermercado 80 bolivianos (8 euros). Total 445 bolivianos (47 euros)


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One comment on “Potosí o toda la plata del mundo

  • La verdad que sí, que es muy duro el trabajo del minero. Aunque en plan turismo como habéis ido debe de ser muy interesante.

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