Islas Griegas y Atenas

Día 1: Atenas, καλώς ήρθατε (bienvenidos) españoles

Julio 2011. Si la sempiterna es si fue antes el huevo o la gallina, lo que está claro es que para esa época Atenas ya llevaba varios siglos dándole forma a la civilización. De algo les sonará los conceptos música, lógica, arquitectura o la tan denostada democracia; todos tuvieron sus inicios en la antigua Ática.

Para llegar a Atenas desde España, la mejor forma de hacerlo (y normalmente la más barata) es volar con “Vueling” desde Barcelona. Eso fue precisamente lo que hicimos, arrancar de forma “mediterránea” nuestro viaje antes de llegar a Grecia. Con unos viejos amigos de aventura, Enric y Suso, compartimos Diagonal, Gaudí, Gracia, cervezas y risas.

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El feliz pero siempre incómodo “Vueling” llegó a la hora prevista. Desde el Aeropuerto Internacional Eleftherios Venizelos hay tres formas de llegar al centro (plaza Syntagma): en metro (8 €), en bus (5 €) o en taxi (no más de 30 €). Precios estratosféricos a los que, suponemos, debemos achacar a la tan visible crisis que sufre este país y que de alguna manera de salvación se repercute al turista.

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Nuestro viaje a una historia de más de 6.000 años comenzará mañana. Antes, descansaremos en nuestro correcto y económico Hotel Crystal City, una de las mejores opciones si tenemos en cuenta el baremo de la calidad/precio en una ciudad que está atestada de buenos y malos hoteles.

Día 2: Atenas, capital histórica de Europa

Islas Griegas y Atenas

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Los días en la capital en la temporada estival empiezan, obligatoriamente, al alba. Las altas temperaturas (alcanzan los 40 ºC) junto a la humedad, hacen de la visita casi una tragedia griega. No es ninguna locura, por tanto, empezar el recorrido a las 8 de la mañana para ser el primero en entrar, con varios grupos de aborregados turistas también, en la Acrópolis (12 € con acceso también al Ágora, Olimpeion, el Teatro de Dionisio, etc. Los domingos la entrada es gratuita). Un viaje a Atenas se justifica tan solo con esta visita que tiene su momento culmen en el Partenón o Templo de Atenea Virgen, o lo que es lo mismo, el máximo exponente artístico de la Grecia Clásica.



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Aunque pudiera parecer que ahí acaba la visita a la ciudad, nada más lejos de la realidad. No siga a la manada de autobuses turísticos que harán creer al turista que todo empieza y acaba aquí. Muy cerca, en el Ágora, lo que fue el centro de la vida pública, se encuentra, por ejemplo, el Templo de Efeso, el mejor conservado del mundo griego clásico. Después de tanta piedra, que aunque no lo parezca también cansa, se puede pasear por una de las céntricas plazas de Monastiraki o Plaka y ver el diario de los atenienses hasta llegar hasta la Plaza Syntagma, el corazón de la urbe.

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Atenas es sinónimo de muchas palabras, también de Olimpiada o Juegos Olímpicos, que por cierto no son lo mismo. Para la gente en general y para los amantes del deporte en particular, una visita al Estadio Olímpico (3 €, pero no es necesario acceder porque desde fuera se ve todo el recinto), es obligada. Los primeros Juegos de nuestra época (1896) se celebraron aquí y en este mismo espacio se situaba el originario edificio construido en el 335 a.C.

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Por la tarde se puede visitar la zona de Omonia (Ayuntamiento), pero esto último (siempre contando con una jornada de visita) solo si sobra tiempo para subir la Monte Likavitos (una sufrida pateada o 7 € en funicular), los 227 metros que marcan el paraíso desde el que se divisa Atenas. Y para rematar el día, empezamos con la gastronomía, otro concepto que inventaron los griegos: tzatziki (yogurt fresco con pepino y ajo), ensalada griega con queso feta y moussaka (berenjena rellena de carne picada y con bechamel en el Restaurante Alexander.

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Día 3: Santorni es Oía. Oía es Santorini

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Cientos de islas salpican el territorio insular griego. De ellas, por tiempo, solo podíamos elegir dos, ambas en las Cicladas. Tal vez decir eso es poco para situar en el mapa, pero si hablamos de que entre ese conjunto de 56 islas que baña el Mar Egeo está, por ejemplo Santorini, la cosa cambia. Precisamente en el sur de este conjunto se encuentra una de las islas más famosas del mundo que se distingue del resto por su especial morfología que se debe a la acción de un volcán hoy en día extinguido. Para llegar hasta ella en verano hay ferrys diarios desde Atenas y otras islas (puede consultarse los horarios, que varían mucho, así como los precios, entre 35 y 65 €, en www.fantasticgreece.com)

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La capital de la que dicen fue la antigua Atlántida es Fira o Thira. Allí la vida es bulliciosa, desordenada y maleada. Hay que intentar huir a la esencia de Santorini, bien en bus público o alquilando un coche, moto o quad (nunca en el puerto, mejor en el pueblo). Ésta no es otra que un pequeño pueblo situado al norte que es, para resumir, la idea que todo el mundo tiene de las islas griegas.

Todas las fotos que están en las guías, de hecho, están hechas disparadas desde estas callejuelas encaladas de blanco isleño y azul de mar; los atardeceres, dicen uno de los mejores del universo, también se disfrutan aquí de otra manera; la tranquilidad, una vez pasada la marea humana que viene para ver el ocaso; y la buena mesa (a un precio ajustado) en el Restaurante Kyprida. Un rincón para volver siempre.

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Aparte de estos, los demás pueblos se quedan en nada y solo restan sus playas. Para empezar, pongamos por caso, en el norte de la isla, Kolumbus. Mañana llegarán más. Ahora es tiempo de relax en nuestro hotel, Heliophos, en Finikia (1 km. De Oía), un conjunto bello de casitas con terraza y vistas al mar regentado por Sofía, una francesa que pasa seis meses trabajando aquí y otros seis meses viajando. De mayor quiero ser como ella.

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Día 4: Qué buena comida…

Saberse bien alimentado y disfrutar de ello es una máxima mediterránea que por supuesto en Grecia llevan a gala desde primera hora de la mañana: tostadas de paté de aceitunas trituradas, queso feta para untar, fruta, yogurt…

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Si volvemos a hablar de pueblos, en Oía se acaba Santorini, pero la isla tiene algún que otro aliciente más aparte de sus playas, sobre todo en forma de conjuntos arqueológicos. El principal es el de Akrotiri, uno de los más importantes del país, y el de la antigua Thera, otra capital. Junto a éstos, y teniendo en cuenta que el calor achicharra en estas latitudes, otra alternativa al sol y a la playa es subir al Profitis Ilias, el monte más alto de la isla. Después, lógicamente, están sus playas. Las hay para todos los gustos: únicas, como la Red beach; superpobladas por turistas, como las de Kamari; con gente y servicios pero menos en Perissa; o más tranquilas como la de Eros (zona de Vlichada). En esta ruta, como complemento culinario, ofrecen buen pescado fresco a un precio decente en Georges (faro) Psaraki (zona Akotiri).

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Por única, elegimos la Playa Roja. Bajo una acantilado de arena roja descansa una pequeña cala que contenta a todos con sus aguas transparentes y enormes guijarros, no aptos para juegos con amigos. Pero más allá de las particularidades naturales, es un señor bien entrado en años la gran atracción de este rincón. En su cesto de mimbre trabajado a mano lleva grandes tajos de melón y sandía delicadamente cortados para refrescar a los bañistas, que como diría aquel, ¡se las quitan de las manos!

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Sin darme cuenta, esta crónica empezó hablando de comida, una de esas grandes necesidades y a la vez pequeño placer que da la vida, y terminará de la misma manera. Una cena a la luz de las estrellas y el sabor de una buena mesa. Esto también es cultura. ¡Qué aproveche!

Día 5: Mykonos, el decorado perfecto

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En las Cícladas tenemos otra parada prevista, Mykonos. Famosa por tantas cosas, esta isla es, sin duda, la más conocida de Grecia. La historia fue sencilla. Un día, unos señores extraños vestidos con camisetas sin mangas, pantalones cortos, chanclas y la cartera llena de dracmas, llegaron a este reducto insular donde habitualmente viven 10.000 almas. Éstos alabaron las bondades de Mykonos a su vuelta a otros seres extraños y otros parecidos vinieron a ver si era cierto. Así sucesivamente hasta nuestros días. Una camino de ida que no ya no tiene marcha atrás. Ese día a la vez que renacía la isla comenzaban a matarla.

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En los 75 kilómetros cuadrados conviven, a pesar de los tópicos, lugareños, batalleros turistas y lujosos visitantes, sin que esto sea problema. Igual puedes ver un “Ferrari” por sus cuestas que un humilde quad sin fuerzas. Igual puedes comerte un magnífico bocata en algunas de sus playas que tomar algo para ser vistos en una terraza con precios desorbitados (una yogurtería artesanal, por poner un ejemplo distinto, cobra más de 1.000 euros el kilo de este producto, a euro y pico el gramo, oiga). Pero por encima de clases turísticas, Mykonos es naturaleza y bellas estampas que se colapsan en las retinas. Hay para todos: Ornos (familiar), Psarou (VIP), Paraga (aguas caliente), Super Paradise (homosexual), Paradise (fiesta), Agrari (con servicios pero tranquila), Kalafatis (submarinismo), Panormos (natural) o Ag. Sostis (el paraíso).

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Para el que acabe con sobredosis de arena, el pequeño oasis está en el pequeño pueblo de Ano Mera, que cuenta con un monasterio que es la excusa perfecta para el ratito cultural. Y no se me olvida, la capital, mejor de noche, con todos los actores de la película y el decorado listo. Es demasiado perfecta, con sus calles elegantes de un blanco impoluto, las olas rompiendo en sintonía con las mesas que prácticamente se amontonan sobre la espuma del mar, las chicas que reparten las publicidad de las discotecas con la tetas bien puestas… termina aburriendo. En ese caso siempre queda comer, pero nuestra tarjeta no nos da para champagne reconstruido con caviar confitado y optamos por productos locales: gyros (una especie de kepab) y el plato nacional, el sovlaki (similar a nuestros pinchitos)… pero en Mykonos.

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Día 6: Mykonos – Atenas, el Camarote de los “Hermanos Marx Papaulos”

El ferry que nos lleva de vuelta a la capital sale a las 14.15 h desde el nuevo puerto (ojo con esto que el nuevo está bastante separado aunque los griegos los unen cuando les place en autobús). Tenemos tiempo para un delicioso desayuno con vistas al mar desde nuestro Hotel Olía (el auténtico era el Maki´s Place, igual pero familiar, pero había overbooking) y una escapada rápida al paraíso.

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Una pequeña cala que hay junto a la playa de Ag. Sostis. Era temprano, las 9.30 h, aunque ya llevaba tiempo calentando Lorenzo. El mar estaba movido pero transmitía calma. Nosotros y los peces, no había nadie más. Era una sucursal del paraíso en la tierra y, por supuesto, tiene bar, el del bueno de Kikis; el más auténtico de toda la isla, con sus hojas de parra, sus mesas añejas, el pescado recién cogido y un servicio escueto (de 12 a 19 h), como me gusta a mí, hasta que se acabe el género fresco.

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Deberíamos de haber ido a la isla de Delos (barcos diarios desde la capital), una de las ciudades más importantes de la antigua Grecia, pero nuestro ferry de la compañía Blue Star nos esperaba. Empezaba la cómica odisea ni escrita por Javier Gurruchaga. Para viajar barato hay que elegir la clase económica y con ella no se tiene garantizado el asiento (lo ideal es llegar al puerto con tiempo para ser los primeros), aunque sí el entretenimiento. Los tiesos tienen que buscarse la vida en sillas de plástico mal puestas en los pasillos, en los bancos colocados sin orden en la cubierta o en los cotizados sillones del bar.

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Hay que ser rápido y luchar con griegas castizas por el mejor sitio. Ellas peinan canas y a la vez experiencia en estas pequeñas batallas, y como la octogenaria que me tocó al lado, sin preguntar, te quita la mitad de tu asiento, eso solo los primeros cinco minutos. Después llega el de los “mostachones de Utrera” al estilo griego, una especie de textura de chicle elaborado con huevo y recubierto de oblea. Eso para el que quiera porque los pasajeros llegan bien provistos de comida. Hasta 20 sovlakis (como nuestros pinchos de cerdo) se metió entre pecho y espalda mi vecina de mesa. ¡Una barbaridad! Poco tiempo más tarde, a la hora de la telenovela, se sube el volumen de la Tv y se para el tiempo… hasta que el llanto de un niño que se ha perdido lo rompe.

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Hasta llegar todavía quedará algún capítulo más en este particular camarote de los “Hermanos Marx Papaulos”. Y al llegar al puerto del Pireo (Atenas), no se relajen. Los carteristas tienen un horario amplio y una destreza inusitada, e incluso saben español. Como a la ida ya tuve que sufrir el intento de robo, a la vuelta me permití el lujo hasta de hablar con ellos. No hay manera de combatirlos, tan solo estar bien despiertos y dejarles claros que vosotros también venís de vuelta.


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