Imprescindible en Sri Lanka: nuestra ruta de 10 días

Sri Lanka es uno de los destinos de moda en Asia. Naturaleza exultante, cultura en ciudades históricas por descubrir y playas de postal… son algunas de las razones por las que muchos viajeros decidimos visitar la antigua Ceilán. Nosotros lo hemos hecho este verano. Para ayudaros os vamos a contar cuál ha sido nuestra ruta low cost imprescindible en Sri Lanka en 10 días:

 

Colombo – Anuradhapura – Polonnaruwa – Sirigiya – Kandy – Nuwara Eliya – Tissa (Parque Nacional Yala) – Tangalle  – Galle – Colombo

 

Colombo

Aunque la capital del país es Sri Jayawardenepura, conocida como Kotte para los amigos y personas con mala memoria, Colombo es la capital comercial y epicentro de Sri Lanka. Realmente casi ningún viajero pasa más de unas horas aquí, pero todos aterrizamos en su Aeropuerto Internacional. La opción preferida es hacer noche en Negombo, una zona de playa cercana al aeropuerto. Hay otros pueblos, más baratos y cercanos al aeródromo internacional, que también os servirán. En nuestro caso llegamos muy tarde, casi al filo de la medianoche. Optamos por lo que estuviera más cerca y dormimos en Guest Ryan, una casa de huéspedes limpia y correcta en Katunayake. Lo mejor de todo es que tiene una estación de trenes a 1 minuto que conecta con Colombo Fort, la estación principal desde donde parten los ferrocarriles a otros puntos del país.

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Anuradhapura

El primer destino de nuestro viaje era Anuradhapura, una de las antiguas capitales de Sri Lanka. Para alcanzar los 200 kilómetros que la separan de Colombo, la mejor opción es optar por el tren. Hay varias frecuencias cada día desde Colombo Fort, el viaje dura unas 4 horas y cuesta poco menos de 3 euros (450 rupias). El pueblo en sí no tiene nada, prácticamente ni restaurantes. Lo único por lo que merece la pena venir hasta aquí es por ver las ruinas del que fuera uno de los centros de poder más importantes de Asia Meridional.

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Para visitar las ruinas, reconocidas como Patrimonio de la Humanidad, hay dos opciones: la primera, pagar 25 dólares que es lo que cuesta la entrada, o no pagar nada y ver las ruinas de Anuradhapura gratis. Nosotros, como ya imaginaréis, optamos por la segunda opción. Os lo explicamos mejor.

En este caso, teniendo en cuenta la vasta extensión de la antigua ciudad, no existe una entrada por la que acceder, un control de acceso ni nada parecido. Además, aunque muchos turistas no lo sepan, hay muchos templos con entrada gratuita. Por eso, para ahorrar 50 dólares del precio de la entrada de los dos, lo que hicimos fue contratar un tuc tuc que nos llevara por el recorrido alternativo (los conductores se lo saben aunque intenten convenceros de que paguéis la entrada). ¡Por 6 euros -1.000 rupias- por persona hicimos la visita a Anuradhapura!

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La ruta puede cambiar pero lo mejor es empezar por el Monasterio de Isurumuniya (hay que pagar una entrada simbólica que tampoco se incluye dentro del precio de la de 25 dólares). A este lugar, el rey Tissa trajo a una comunidad budista tres siglos antes de Cristo. Se puede ver un edificio singular entre dos rocas que lo sostienen.

Al lado, a pocos metros, está el Royal Park, un buen lugar para dar un paseo y ver los vestigios del que fuera el Jardín Real, con inmenso lago incluido. Desde ahí fuimos al lugar sagrado y que, por sí mismo, merece una escapada a Anuradhapura, Sri Maha Bodi. De este árbol se dice que creció hace más de dos mil años un esqueje que está considerado como el elemento de iluminación que hizo que Siddharta se convirtiera en Buda.  Los budistas deben ir al menos una vez en la vida a este lugar. El misticismo que rodea a este lugar supera la historia o leyenda que pudiera tener. Hay verdad en los cientos de feligreses que, con emoción, rezan.

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Antes de pedir la hora ante el calor tan asfixiante que se incrementa a cada minuto cuando el sol está más arriba, fuimos a la Dagoba Ruvanvelisaya. La dagoba en Sri Lanka, estupa en otros lugares de Asia, es la misma cosa. Empezaron teniendo origen funerario pero se fueron adaptando a lugares de peregrinación. La inmensa forma ovalada y blanca hasta doler los ojos impresiona desde cualquier rincón a la redonda que se mire. Después de esta, el sumun de los sentidos, hay muchas otras dagobas más. Algunas que solo están incluidas si pagas, y otras que aportan poco, siendo sinceros. Como nosotros somos más de calidad que de cantidad, nos dimos por satisfechos. Pusimos agotados rumbo a nuestro alojamiento, Lake view tourist guest house, un lugar humilde con buena relación calidad – precio.

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Polonnaruwa

A la mañana siguiente tomamos un bus local para seguir con la visita al Triángulo Cultural de Sri Lanka: Anuradhapura, Polonnaruwa y Sigiriya. Poníamos rumbo a Polonnaruwa, o el pueblo que nunca supimos decir bien. Cuatro horas la separan de Anuradhapura (140 rupias, 0,85 euros). Lo primero que hicimos fue instalarnos en nuestro hotel, Seyara Holiday Resort, de lo mejorcito que hemos encontrado por poco dinero en Sri Lanka. Nosotros, en este país asiático, buscábamos el alojamiento del siguiente destino la noche anterior y lo hacíamos a través del buscador y comparador que mejor precios nos daba: Hundredroom. ¡Gran descubrimiento! Si prefieres reservarlo con tiempo, también es posible. Es más…, seguro que tendrás más opciones.

El único problema, generalizado, es que los pueblos y ciudades de este país están extendidos y metidos entre los bosques y junglas. Solo hay una calle principal que es la carretera y caminos perdidos. Por lo que moverse se hace imposible a no ser que contrates a un tuc tuc, alquiles bici o similar. Como esa tarde no teníamos ganas ni de regatear, nos quedamos tranquilos en la maravillosa piscina de nuestro alojamiento, que encontramos gracias a esta plataforma, nueva para nosotros y que sin duda seguiremos usando en nuestros siguientes destinos.

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Esta ciudad, declarada Patrimonio de la Humanidad por  la Unesco, también fue antigua capital del reino entre los siglos XI y XIII. Para conocerla, los visitantes también tienen que rascarse el bolsillo y pagar 25 dólares en un país en donde un trayecto de tren de 4 horas cuesta menos de 1 dólar. Nos parecía un abuso y buscamos alternativas gratuitas pero en este caso es imposible. El complejo histórico es muy amplio pero tiene accesos controlados.

A diferencia de Anuradhapura, los edificios están más cuidados y no hay que hacerse una idea de lo que fue, sino que es posible verla. Por ello, sin pensarlo mucho, pagamos la entrada para verlo. Además, si no queréis morir en el intento, os recomendamos que alquileis una bicicleta o un tuc tuc con conductor para verlo. Por 1.000 rupias (6 euros), merece la pena. ¡Y madrugad! Desde las 7 está abierto. Si yo fuera vosotros estaría allí a las 06.59h. Después el sol pega tanto que duele…

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Sigiriya

A estas alturas, somos sinceros, estábamos hartos de piedras. Necesitábamos lo que más nos gusta, experiencias y vivencias con personas. Pero aún nos quedaba Sigiriya, las ruinas de un complejo de palacios y el destino más visitado de Sri Lanka. Para llegar desde Polonnaruwa hay que coger un bus local hasta un cruce que está a una y media de camino (78 rupias, 0,5 euros) y después tomar un tuc tuc para cubrir los últimos 20 minutos (500 rupias, 3 euros). Si necesitáis tuc tuc por allí, no dudéis en escribirnos. Hicimos buenas migas con uno muy bueno y barato.

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En esta ocasión teníamos claro que no íbamos a volver a pagar los 30 dólares que cuesta la entrada al monumento de Sigiriya. Para los que quieran ahorrarse ese dinero y quieran disfrutar de este lugar os contamos cómo ver Sigiriya casi gratis. Es más sencillo de lo que os dirán las guías. Solo tenéis que ir hasta Seguiriya.

Una vez pasada las taquillas debéis seguir las indicaciones hasta Pidurangala, el lugar donde se encuentra un antiguo monasterio y la roca con mejores vistas a Sigiriya. El paseo, en llano, no lleva más de 20 minutos hasta la entrada del recinto religioso. Para empezar a subir hay que pagar una entrada de 500 rupias (3 euros), ¡10 veces menos que el precio oficial! Después, tras una hora de ascenso, se culmina ante unas imponentes vistas. Frente a frente al conjunto de palacios se puede admirar la grandeza de Sigiriya. Si optáis por verlo al atardecer, con toda seguridad, este momento entra en vuestro top de visitas en Sri Lanka y parte del universo.

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Por suerte en este pueblo, además de una alternativa perfecta al robo a mano armada al turista, dimos con muy buena gente.  La encontramos en el mejor de los alojamientos posibles, Karu Homestay. Allí nos esperaba una familia ‘humildísima’ para hacer nuestra estancia inolvidable. De nada importa que no hubiera wifi. Para eso estaba el pequeñín de la casa intentándolo arreglar y viniendo a la habitación cada dos minutos por si ya funciona. Tampoco que no supieran una palabra de inglés. Nosotros tampoco sabíamos tamil. La humildad y la bondad nos volvieron a mirar de cerca a los ojos. ¡Maravilloso!

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Kandy

Desde Sigiriya a Kandy hay parada obligatoria que pilla de camino, Dambulla. Por 800 rupias, regateando, se puede ir directamente desde Sigiriya hasta Dambulla en tuc tuc. Esta parada merece mucho la pena para ver el sistema de cuevas más grandes y mejor conservadas del país con pinturas y esculturas budistas. Antes había que pagar entrada, actualmente es gratis. Junto con la visita a las cuevas es menester hacer un alto en el mercado de frutas y verduras de la ciudad, el mismo que abastece a toda Sri Lanka. Cumplido los dos preceptos, no hay mucho más que hacer. Es decir, Dambulla sólo como parada de paso, no para dormir.

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A Kandy, desde Dambulla, se llega en autobús en dos horas (93 rupias -0,5 euros aprox.-). Kandy es lugar imprescindible en Sri Lanka. La capital de las montañas, el corazón del budismo en el país, es uno de los “must”. En el centro de la ciudad, la primera ‘normal’ con varias calles, comercios, etc., que vemos en varios días,… apenas hay hoteles baratos. Las opciones más económicas están en las montañas que rodean la ciudad, las mismas que están repletas de hojas de té. Una de esos hoteles es el Greenwood Edge Hanthana, un alojamiento con encanto situado junto a la casa de una familia de Sri Lanka. Con Praha, el dueño, pudimos conocer un poco más de la ciudad y la cultura cingalesa.

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A lo primero que nos llevó fue al Museo del Té de Ceylan. Para entender la cultura y naturaleza del producto del que más orgulloso se sienten, no está mal la visita a este museo sencillo y un tanto escaso (750 rupias, casi 5 euros). Descubriréis muchos secretos sobre el té, del que Sri Lanka presume de ser el mayor productor en todo el mundo.

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Después, el gran aliciente de la ciudad está en el centro. El Templo del Diente del Buda, todo un complejo de edificios religiosos que los budistas veneran sobre todas las cosas. La reliquia, el Diente, guardada en un cofre rodeado de otros pequeños cofres, está protegido por cristales. Solo en días excepcionales puede admirarse de cerca. Nos contó Praha que las colas, cuando él lo ha visto en vivo, duraban varios días. La fe mueve montañas. No hay dudas. Para acabar el día debéis hacer una cosa sencilla, muy barata e inolvidable. Ver el atardecer en el lago de la ciudad.

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Nuwara Eliya

Lo que hay que ver en Nuwara Eliya realmente es poco o muy poco. Lo que pasa es que, como sucede en ocasiones, el camino es lo importante. En concreto, el trayecto en ferrocarril que une Kandy con Nuwara Eliya. Lo podrían haber llamado el tren de los sueños. Por unas 160 rupias (1 euro) puedes montarte en un vagón que te hará viajar a otro tiempo y a otro mundo. Desde la estación de Kandy sale un tren que, a partes iguales, transporta a locales y turistas.  Desvencijado pero con uso diario llega a la vía donde todos se agolpan para ser el primero y coger asiento. Algunos solo hacen bulto, quieren despedir a su familiar antes de que suenen las señales del jefe de estación. La banderola arriba marca que ya es la hora. Empieza el espectáculo entre montes repletos de hojas de té.

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Lo que dura el viaje es el tiempo que se tarda en querer llegar a Nuwara Eliya. Exactamente, donde se llega es a Naru-Oya. Desde allí un tuc tuc os acerca a la ciudad por el triple de lo que costó el pasaje de tren (500 rupias, 3 euros, 15 minutos). Una vez allí, solo queda la vida calmada entre montañas, un paseo por el por Parque de la Victoria -de pago para extranjeros- o la visita a una factoría de té de las muchas que pueblan esta zona.

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Tissa (Parque Nacional Yala)

Tras cargar las pilas en altura y entre montañas, ahora nos acercábamos a la costa. Nos habían hablado de que los safaris, esos tan famosos en África, también se podían hacer en varios parques nacionales de Sri Lanka. De entre todos, por su extensión, temporada y número de leopardos, nos decantamos por el Parque Nacional Yala. La mejor base de operaciones para conocerlo está en Tissa. Esta extensión natural que llega al mar solo puede visitarse con safaris contratados. Teníamos una tarde para conseguir el mejor precio.

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Los safaris que ofrecen los hoteles son, en general, los mismos. Empiezan por la mañana temprano, en torno a las 05:00, incluyen el jeep, las entradas al parque y visita de cuatro o cinco horas. También hay opción de hacerlo por la tarde. Lo único que varía son los horarios, la comodidad del jeep y las comidas que incluyen. El precio en el que empiezan todos es en 5.000 rupias sin incluir la comida (30 euros). A partir de ahí hay que negociar con fuerza. Nosotros contratamos el nuestro por 4.000 rupias (24 euros) con el desayuno incluido. Para la selección, además del precio, nos fijamos en que el jeep estuviera bien y el horario (el nuestro empezaba a las 04.30h y tenía hasta 6 horas de avistamiento).

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A primera hora, cuando todavía no estaban puestas las calle de Tissa, ya estabamos de camino al parque. La cola de jeep que se forma en la entrada al parque es de campeonato, así que ser el primero es buena cosa. Fuimos rápidos en entrar (el acceso abre entre las 5.30 y las 7 dependiendo de la época del año). Por eso empezamos por la puerta grande, viendo a un grupo de chacales bebiendo en una laguna. Después veríamos a un águila a muy pocos metros. También a una familia de elefantes caminar hacia una charca. Y a muchas aves. Pero con la salida del sol, la masificación de jeeps y la mala organización de los conductores, era imposible dejar tranquilos a los animales y verlos en libertad. Así que nuestro gozo en un pozo y los leopardos, para la próxima ocasión.

 

Tangalle

Por fin, después de un plan muy ajustado (10 días para este recorrido es posible, pero no hay mucho tiempo para dormirse en los laureles…), llegamos a la playa. Teníamos que decidir la mejor playa del sur de Sri Lanka y tras leer y escuchar a muchos viajeros, optamos por Tangalle. Ahora, después de disfrutarla, os podemos decir que acertamos. Para llegar, hay multitud de opciones en buses locales desde Tissa u otros puntos del sur de Sri Lanka. Por dos horas de trayecto pagamos 150 rupias (0,90 euros).

Para dormir las opciones en este pueblo de playa son muchas. Una buena, a pie de playa, y no muy cara, es Sandy Cabanas Beach Resort. Los dueños no son muy amables así que si encontráis algo similar, con dueños que se rían, cerquita, decídnoslo para recomendarlo.

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Lo único que hay que hacer aquí es pasear por la playa, bañarse (con cuidado porque hay fuertes corrientes), leer y llevar una vida contemplativa por el tiempo que decidáis. Nosotros lo aprovechamos a tope y recargamos pilas de nuevo. Para cenar, además de la barbacoa que ofrece el restaurante del hotel (un poco cara), hay una maravilla de bar cercano sobre la arena. No recordamos el nombre, solo que estaba saliendo de nuestro hotel a mano izquierda. Caminando unos 5-10 minutos se pasan varios hoteles. Cuando se llega a uno medianamente decente, con mesas de madera y decoración cuidada, ese es. Nos pusieron un pescado recién pescado, que quitaba el sentido. Pero no solo eso. Sobre nosotros había un manto de estrellas que iluminaron una cena que ya pasa a ser de las que no se olvidan…

Por cierto, una de las visitas que se suele hacer en la zona es ir a ver a los pescadores pescar con su particular forma de hacerlo. Es una tradición que se perdió hace unos años. Ahora se ganan la vida posando para las fotos. Ni siquiera pescan. No os recomendamos que vayáis, suelen pedir 500 rupias.

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Galle

Nuestra última parada en Sri Lanka fue en Galle. Al ser una gran ciudad está muy bien comunicada con el resto del país. Si se viene desde Colombo, lo mejor es usar el tren. Desde los pueblos de la costa del sur, la única opción son los buses locales.

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Galle es justo lo contrario al resto de ciudades de Sri Lanka, bonita, monumental, con vida. Esta urbe guarda el mejor ejemplo de ciudad fortificada construida por los europeos (los portugueses) en Asia. Si cerramos los ojos y nos dejan en medio de algunas de sus callejuelas del centro parecería que nos habíamos transportado a las calles del centro de La Habana, de Ciudad de Panamá o de cualquier municipio de España.

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Aquí, lo más occidental de todo el país, es fácil encontrar alojamiento y buenos lugares para comer. Nosotros optamos por un hostel cerca de la muralla y el casco antiguo, Galle Center Home. Estaba muy limpio y tenía mucha vida entre voluntarios y viajeros.

La ciudad amurallada es algo digno de ver. También aprovechar uno de los atardeceres entre los merlones que hay entre las desgastadas almenas de la antigua fortaleza. Pero, lo que no tiene precio, como diría el famoso anuncio, es aprovechar las oportunidades. Galle nos regaló una. En el país en el que el deporte nacional es el criquet, durante esos días el combinado nacional se enfrentaba a Australia. Las entradas populares empezaban en 100 rupias (0,60 euros). No había más opción que una, ponerse la camiseta del equipo local y vivir la experiencia.

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Entre aficionados autóctonos intentamos comprender este complejo deporte. Realmente, para hacer honor a la verdad, no nos enteramos casi de nada. Pero sí que supimos entender la afición que se genera en torno a esta especialidad deportiva que trajeron los ingleses. El calor nos mataba y sólo un helado, aunque fueran las 10 de la mañana, lo podía aplacar. Nos quedaban pocas en Sri Lanka y lo queríamos aprovechar a tope. ¡Sri Lanka, Sri Lanka! Gritábamos hasta nuestro regreso a Colombo.

 


Qué nos gustó más

  • Lo que más nos gustó, la roca de Pindurangala, frente a la mítica Sigiriya. Es impresionante observar esa maravilla desde lo alto de una montaña.
  • Tangalle. Playa de arena rubia y mar bravío. Todavía se mantiene salvaje a pesar de que existen hotelitos en primera línea de playa. Pero lo mejor de todo, el pescado fresco en el restaurante sin nombre bajo la luz de las estrellas.
  • Galle. Sin duda esta ciudad colonial es la más bonita de Sri Lanka. Merece la pena verla de día y de noche.

Qué nos gustó menos

  • Las piedras de las antiguas capitales de Sri Lanka. Además de ser un robo (25 dólares la entrada a Anuradhapura y Polonnaruwa) no tienen nada que ver con otras antiguas ciudades que se conservan en Asia. Ni sombra de los Templos de Angkor, por ejemplo.
  • No nos gustaron los pueblos de este país. En general son pueblos casi fantasmas. No tienen centro y todas las casas se diseminan entre los bosques de los alrededores. Difícil encontrar en ocasiones bares o lugares para tomarse algo.
  • La comida. No está mal pero no aporta mucho. Termina aburriendo. Lo único salvable y original, los desayunos.

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