Venecia, Burano, Padua y Verona

Venecia, la ciudad del amor, para mochileros

2015. El 20 de mayo es para nosotros una fecha especial. Sea como sea, todos los años lo celebramos. Y lo hacemos, como os podéis imaginar: viajando. Este año cumplíamos 10 años festejando la misma fecha desde que comenzamos a salir en el año 2005. Queríamos ir a un destino especial, único en el mundo, Venecia. Era un destino secreto. María José no supo nada hasta que llegamos a Italia. La sorpresa, ya en el aeropuerto de Roma donde hacíamos escala, fue mayúscula. Frente a las pantallas que anunciaban las próximas salidas, se quedó sin palabras.

Venecia

El vuelo, comprado demasiado tarde, fue con AliItalia, una compañía venida a menos tras su refundación como compañía privada en 2009. Para el pésimo servicio que ofrecen y los altos precios de los vuelos, casi mejor llegar a Venecia con Ryanair a través de Milán (3 horas a Venecia) o Venecia Treviso.

A pesar de ser un fin de semana romántico donde nos íbamos a intentar olvidar un poco del presupuesto, nuestra filosofía viajera low cost es la que manda. Por eso, a pesar del destino, uno de los más turísticos del mundo, pretendimos lo más difícil, pasar el fin de semana alejado del mundanal ruido turístico y evitar los altos precios de la ciudad de los canales. Lo primero que hay que hacer para ahorrar en un viaje a “La Serenissima” es reservar el alojamiento fuera de la ciudad.

Venecia

La primera opción es Mestre, una localidad situada en tierra firme frente a la isla. Allí son muchas las opciones más económicas para dormir, desde el camping hasta hoteles sencillos. La otra opción, la que elegimos para conocer no solo Venecia sino gran parte del Veneto, fue poner nuestra base en Padua (Padova en italiano). A poco menos de una hora en coche y media hora en tren, la tercera ciudad más importante de la región ofrece una alternativa muy inteligente para descansar. Nuestra acertada elección fue La Lanterna B&B, una casa particular habilitada como pequeño hotel con encanto. Allí nos esperaba un rico vino espumoso, Fior d´Arancio, y un pastel de almendras casero. ¡Benvenuti!, rezaba el cartel.

A la mañana siguiente, ya descansados, y tras reponer fuerzas con un contundente desayuno, pusimos rumbo a Venecia. La mañana se despertó gris. Unas nubes que amenazaban agua, nos acompañaron en el viaje en los ferrocarriles nacionales. Antes de arribar a la estación de Santa Lucía ya estábamos de pie. El agua iba tomando protagonismo conforme nos acercábamos a la Laguna de Venecia. La imagen soñada se iba abriendo ante nuestros ojos. Los primeros instantes frente a los canales fueron de desasosiego. Queríamos hacer muchas cosas en poco tiempo. Parecía que el tiempo se nos volaba en las manos. La hermosura de la decadencia nos atrapaba. Ni tan siquiera el “chirimiri” que empezó a caer nos despertó del sueño.

Venecia

Para poner orden a una visita que habíamos prometido iba a ser improvisada, tomamos el Vaporetto, el autobús acuático que mueve a la gente en esta peculiar ciudad. La línea que tomamos todos los que queremos recorrer el Gran Canal es la 1. Si tienen más prisas y quieren menos paradas, la 2 hace lo mismo en menos tiempo. El precio del billete para un viaje de un máximo de 60 minutos es de 7 euros. El ticket para un día, que sale a cuenta, es de 20 euros (viajes ilimitados).

A partir de aquí la anarquía marcó nuestros pasos. Nos bajamos en la última parada, la que está más cerca de la famosa Plaza de San Marcos. Evidentemente nos fotografiamos ante tremenda obra de arquitectura. Visitamos los obligados: la basílica de San Marcos, la Ca d´Or, el Palacio Ducal, la Iglesia de la María della Salute y el Puente de los suspiros, entre otros. Pero, sobre todo, nos perdimos.

Venecia

Venecia

El bullicio de una ciudad tomada por el turismo hace que la belleza quede tapada por paraguas, mochilas, grupos gigantescos de cruceristas y paseantes impertinentes. Queríamos conocer una Venecia más discreta, más banal. Sin mapas, empezamos a atravesar por decenas de puentes. La imagen de una señora limpiando la entrada de su casa, a solo un palmo del canal, nos la guardamos para nosotros. También nos sorprenden rincones de postal en los que las flores se mezclan con las paredes envejecidas por el paso del tiempo y el sufrido desgaste que provoca el agua. Es increíble como aquí el fontanero, el de los repartos y los de las ambulancias se mueven solo y exclusivamente en barco. Nos gusta ver y preguntar a la gente local a dónde van a la compra y cómo hacen para llegar a su casa. Buscamos un taller de góndolas que no encontramos (pero existe) y preguntamos por un entierro, también en góndola, en una de las ciudades más hermosas para morir. Hoy, por suerte, todos siguen vivos.

Venecia

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Con la hora de comer llega un imposible. Comer bien y barato en el centro de Venecia. La respuesta solo la tienen los venecianos. Entramos en varias tiendas y nos dan la respuesta. Coinciden en señalarnos una pequeña osteria. Para los precios que se manejan entre estas calles una comida para dos por 30-40 euros no parece demasiado. Entramos en “Al Mascaron” y nos sorprenden con una comida casera a base de pescado y marisco del adriático y unos deliciosos spaguettis con sepia en su tinta. Cierto es que intentan darnos el tamaño del plato de las raciones equivocados, el de los turistas. Nos dimos cuenta que nos ponen menos que a los vecinos locales de mesa. Nos quejamos. Y todo cambia.

Poco a poco remite la lluvia. Los colores del cielo comienzan a parecerse a los de un cuadro de cualquier pintor de renombre italiano. Son tonos conseguidos en una paleta, casi inverosímiles. Aprovechamos la ocasión para seguir poniéndole color a nuestro viaje. Yo, en un viaje anterior, conocí Venecia y Murano, pero me falta Burano. Cuando le conté a María José lo que veríamos, no se lo pensó dos veces a pesar del cansancio. Tomamos un Vaporetto con destino a esta minúscula isla a uno 40 minutos de Venecia (es el mismo vaporetto que sale cada 15 minutos a Murano).

Venecia

Solo 7.000 habitantes dan vida a este pueblo con casas de mil colores que a 7 kilómetros de Venecia contrasta con la gran isla. El sol está saliendo. Es el mejor aliado de este rincón multicolor que, por encima de su colorido, es lugar de artesanos del encaje. Cualquier escena aquí multiplica su belleza. Las cámaras echan humo. Y la retina se esfuerza por digerir un paisaje urbano tan peculiar como único. Nuestro cuerpo y nuestros sentidos necesitan una tregua urgente.

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Padua y Verona, el mejor complemento a un viaje a Venecia

Venecia es la reina del Veneto pero a su lado tiene dos princesas que la acompañan de forma majestuosa, las ciudades de Padua (a 40 kilómetros) y Verona (a 120 kilómetros). A esta última queríamos ir primero para conocer, más allá de la historia de Romeo y Julieta, una de las ciudades más interesantes de Italia.

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Verona, se sitúa entre colinas, a orillas del río Adigio. Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, un paseo por sus calles hace fácil un viaje en el tiempo por lo bien conservado de sus edificios y monumentos desde la época medieval hasta el Renacimiento. Tal vez la Arena de Verona (entrada general 10 euros), un Anfiteatro romano muy bien conservado, sea el corazón de esta ciudad que ha sabido preservar su historia (también se celebra en él grandes producciones de ópera. Aquí la programación). Pero los edificios que dan a la Piazza Bra, a la Piazza delle Erbe o las decenas de iglesias que pueblan sus calles, ratifican lo mismo.

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Pero en Verona, inevitablemente, todos los caminos llevan al número 23 de la Via Campello. Allí está situada la Casa de Julieta (entrada general 6 €). En el famoso balcón, escenario de la famosa obra de William Shakespeare Los dos hidalgos de Verona, los turistas van pasando para hacerse una foto de enamorados para ponerla en un sitio de sus casas a la vuelta del viaje. Nosotros nos lo curramos y tuvimos varios planos. Una primera foto de los Romeo y Julieta andaluces en el propio balcón. Y una segunda, con mi Julieta, en lo más alto, y el Romeo, desde el patio, declarándole mi amor.

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La lluvia no cesaba a primera hora de la tarde. Decidimos hacer una parada para comer y descansar un rato resguardados de un clima que no dio tregua hasta después de la hora de la siesta. No hubo problema, todo estaba saliendo como queríamos. La tarde la habíamos reservado para la calma, la contemplación y el disfrute de los pequeños momentos.

Para la noche habíamos reservado en una osteria clásica de Padua, L´Anfora. Sería la excusa perfecta para pasear por esta ciudad que, por ser base de nuestra estancia, la teníamos apartada. El local, decorado de forma genuina con objetos de segunda mano, cuadros y libros, estaba repleto. En una minúscula mesa  junto a otros dos comensales, tradiciones europeas, nos atendió con paciencia la camarera. Nos recomendó toda la carta, decía que era “cucina della mama”. Nos decantamos por unos exquisitos mejillones, una mezcla de quesos, unos boquerones y carne en salsa muy rica. La última noche queríamos romper mitos de la cocina italiana que, además de deliciosa pasta y pizzas, tiene una larga lista de materia prima envidiable. Para el vino apostamos por el de la casa. Con las copas llenas pusimos punto y final a un fin de semana en los que nos enamoramos, una vez más, de este país. Y brindamos. ¡Por otros diez años más juntos!

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