21 días: Tailandia + Abu Dabi y Dubái

Día 1, 2 y 3: Llegando a Tailandia

Empieza un viaje muy ansiado para nosotros, el primero que descubrimos en el continente asiático. Decidimos Tailandia (julio 2012). Nada es casual y en la elección se mezcla una pizca de su cultura, otra porción de su gente (país amable y seguro), otra parte por sus buenos precios, una cucharadita de sus playas e islas paradisíacas y otro pequeño detalle era llegar a un país que nunca fue colonizado (ni Tailandia ni el antiguo Reino de Siam), que siempre hace más auténticos aún los destinos.

Pero claro, para llegar a Bangkok, su capital, en pleno mes de julio (aunque aquí sea temporada baja por los monzones, la masiva llegada de turistas occidentales hace que los precios no bajen) había que hacer encaje de bolillos, exactamente: Málaga – Düsseldorf – Abu Dhabi – Bangkok (con Ethiad Airways, muy buena compañía de los Emiratos Árabes a través de Travel2be, a un precio ventajoso, poco más de 600 euros). De lo malo, 72 horas nos separaron del punto de origen al de destino, lo bueno, una visita rápida a Düsseldorf (Alemania) y Abu Dhabi (Emiratos Árabes).

Tailandia

Los días y las noches se solapan. Las horas se mezclan. Las manillas del reloj van locas de atrás para delante. Las terminales de avión se confunden. El rumbo no se pierde, destino Bangkok. Pero la siguiente escala está en Oriente Medio, en Abu Dhabi.

Por la magia de convertir una cabina de avión en el Polo Norte, José Pablo cae malo con fiebre, pero le echó valor para enfrentarse a los 39 y medio a la mayor bofetada de aire cálido y humedad que se puede recibir en una ciudad llamada como tal. Ya estamos sudando, no ha pasado ni un minuto desde que pisamos el exterior del aeropuerto.

Como siempre, intentamos hacer de locales y llegar en bus al centro (aprox. 40 minutos y 5 dirham). Después de una hora de disloque, desistimos. Optamos por un taxi compartido con un agradable sudafricano que venía de vuelta de sus vacaciones. Lo dejamos en su casa, mañana le toca volver a trabajar en una tienda como dependiente. Nosotros seguimos. Hacemos lo que en cualquier parte del mundo sería una locura, la ruta turística en taxi. Pero aquí, por arte y gracia del petróleo que da extrema riqueza al Emirato, la gasolina no llega los céntimos por litro, es sumamente barato.

Que ver en Tailandia

El lujo nos desborda. Todo es enorme, no existe otra medida en esta gran ciudad. Llegamos al Emirate Palace, el único hotel de 7 estrellas del mundo. Atravesamos algunos de los edificios más altos del planeta. Fuimos al Abu Dhabi Marina Mall con torre panorámica en el interior incluida (está al final de la gran superficie y se puede subir gratis yendo a tomar un refresco o a comer en alguno de los dos restaurantes que están en las alturas). Vemos la Gran Mezquita, igualmente monumental pero hermosa.

Que ver en Tailandia

Para sobrevivir, sino eres emir ni rico, tienes que trabajar casi 20 horas al día. Es otra realidad de esta mentira maquillada que no se sabe muy bien cuánto tiempo durará. Nos hicimos amigos del taxista y nos invitó, estando de servicio, a un fabuloso restaurante libio con servicio de recogida en coche de su correspondiente kebap.

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Ya sólo quedan 5.000 kilómetros de los más de 13.000 kilómetros que separan a España de Tailandia. Sólo quedan seis horas de las 73, con escalas, que dura nuestro peregrinar. En un cómodo vuelo aterrizamos en el Aeropuerto Internacional de Suvarnabhui, uno de los más modernos del continente. Antes era tarea difícil llegar al centro, ahora, pan comido. Hay dos líneas de tren (azul y roja) que llevan al centro. La azul, más barata (40 bath), tiene varias paradas hasta el centro (45 minutos) pero llega hasta Phaia Tai, más cerca del centro; la roja (una sola parada) os dejará en Makkasan (90 bath y 25 minutos).

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Tras este paseo, en el que se empieza a flotar por Bangkok, con los tren que van por raíles sobre la carretera, sólo será la primera parte. Después, todo se arregla para llegar al hotel con un taxi (siempre hay que subirse a los que tienen taxímetro, más fiables, seguros y baratos) y paciencia. Ni ellos mismos, como es normal teniendo en cuenta las colosales medidas de esta gran capital, conocen su ciudad.

Al final alcanzamos nuestra meta, Bangkok, Tailandia, Asia. Hay que descansar (Hotel Rajata, sencillo y limpio en zona tranquila a 5 minutos de Kao San Road, por 800 bath). Será un sueño profundo.

Día 4: Bangkok se vende

Krungthep Mahanakhon Bovorn Ratanakosin Mahintharayutthaya Mahadilokpop Noparatratchathani Burirom Usomratchanivetmahasathan Amornpiman Avatarnsathit Sakkathattiyavisnukarmprasit. Es el nombre oficial de la ciudad que, resumido, quiere decir “Ciudad de los Ángeles”, pero para el resto del mundo se quedó el nombre que conocemos porque esta gran urbe se fundó sobre una pequeña aldea llamada Bang Makuk (lugar de ciruelos). Lo de los ángeles sería antes. Ahora Bangkok, es otra cosa. Ciudad caótica, loca, sucia, con un olor fuerte que impregna a todo y a todos y con mercados callejeros que no dejan un milímetro libre al paseante. ¡Bangkok, se vende!

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Los mercados callejeros tienen todo tipo de exquisiteces: comida, refrigerios, ropa, tecnología, pilas, copias de llaves, libros, amuletos y todo lo que piensen. No hay tregua. El puesto de Pha Tai (plato estrella nacional) da paso al puesto de pescado frito y éste al de amuletos de la suerte. Los tenderos del mercado nocturno cogen sitio en la puerta de la ferretería para montar, como si tal cosa, un restaurante efímero allí mismo. Es, a pesar de todo, francamente alucinante.

Para inaugurar esta ciudad confusa, incoherente y enmarañada ciudad, escapamos del asfalto y nos montamos en un típico barco de popa larga para descubrir la vida en torno al río. La experiencia bien merece la pena. Si solo quiere darse una “vueltecita” rápida, puede coger alguno de los ferries locales, más baratos. Todo simplemente diferente.

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Día 5: Gran Palacio, 10.000 metros cuadrados de ensueño

La noche cayó mientras veíamos a lo lejos el Wat Arum, un templo muy particular, y el Wat Po, que dicen de él que es uno de los templos modestos de la ciudad pero igualmente sorprendente. Lo que más, tal vez, su gigantesco buda reclinado de 46 metros de base y 15 de alto recubierto de pan de oro y que representa su paso al nirvana y su muerte.

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Y para que la visita sea de ensueño, podéis entrar (dentro del recinto) en el Centro Nacional para la Enseñanza y Preservación de la Medicina Tradicional Tailandesa donde, dicen, dan unos masajes fabulosos, aunque algo más caro que en el resto de la ciudad.

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que ver en tailandia

Nosotros optamos un gabinete al lado de nuestro hotel (180 baths / 1 hora) en el que le pusieron toda la pasión del mundo, con todas las letras, a esta milenaria tradición tai.

Pero el final, que es el principio, se llama Wat Phra Kaew y Gran Palacio. Una maravilla arquitectónica de más de 10.000 metros cuadrados que os llenará la visita de gran parte de la mañana por su extensión y sus innumerables detalles (entrada 500 bath).

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Hay que vestirse para la ocasión (los templos son lugares sagrados) y estar atentos a los espabilados carteristas. Y, sobre todo, admirar.

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Día 6: Ayutthaya, ruinas de parada obligada

Cada kilómetro que nos separa de Bangkok nos hace más feliz. En concreto nos sentimos 86 kilómetros más a gusto, justo los que separa la tranquilidad de Ayutthaya de la capital. Esta ciudad, de no más de 80.000 habitantes, tuvo el honor de haber sido la capital del antiguo Reino de Siam (1350-.1767) y aún mantiene algunos vestigios de tiempos pasados.

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que ver en tailandia

Para llegar se puede optar por una excursión de un día desde Bangkok (400-600 bath) o hacerlo por cuenta propia, que es bastante sencillo, ya sea en tren (65 bath y poco más de una hora) o bus (algo más complicado aunque más rápido). Una vez aquí, resulta casi obligado alquilar una bici (100-200 bath – día). Nosotros no lo hicimos y nos arrepentimos durante algunas horas…

La distancia entre templos es grande y el calor, asfixiante. Aún así nos armamos de valor y fuimos a descubrir el pasado tailandés. A la vuelta, cuando el calor nos ganó, regateamos, ese verbo omnipresente en este país, para coger un taxi que nos llevara al Centro de Estudios Históricos de la Ciudad (100 bath), pequeño pero muy interesante.

Tras la parte cultural, tocaba reponer fuerzas y lo hicimos en un santuario para los mochileros en esta ciudad, el Tony´s Place. Buena cocina, buen precio, buen lugar. Y a la estación que nos esperaba un tren nocturno rumbo al norte, a Chiang Mai (10 horas – 400-700 bath dependiente si se opta por un asiento o cama en litera. La alta vale algo más barata).

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Día 7: Chiang Mai, la capital del norte

Ayer por la noche nos acostamos escuchando la “Macarena” de Los del Río, que sonaba en el coche cafetería del tren cama que nos llevaba de Ayutthaya a Chiang Mai. Después de eso, que no era una mala pesadilla, dormimos plácidamente hasta llegar a las 8 de la mañana a la capital del norte.

La ecuación es proporcional con respecto a Bangkok, a mayor distancia, calles más ordenadas, aceras expeditas, locales más tranquilos y menos maleados, zonas verdes… en resumen, un buen lugar para pasar unos días. Nosotros lo haremos con un plan muy completo teniendo nuestro cuartel general en Panda House, un hostal humilde pero regentado por una familia de lo más acogedora.

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Hoy, por cierto, es domingo en Chiang Mai, día grande. Es el momento de montar en el casco antiguo, que está separado por un perímetro de restos de muralla, el mercado dominical. Merece la pena darse una vuelta para descubrir artesanía, buenos puestos de comida callejera y rarezas varias. Entre tantos, no dejen de pasarse por el puesto que tienen los amigos del “proyecto de ayuda a personas con discapacidad”. Os ayudará a entender mejor cómo es la vida y las dificultades de estas personas en los países en vía de desarrollo.

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Antes también vimos templos, por supuesto, unos “pescaditos” se comieron nuestros las pieles muertas de nuestros pies y comimos el que dicen que es el mejor curry de la ciudad, el del Aroon Rai. Desde 1957 poniéndole picante a la vida…

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Día 8 y 9: La jungla tailandesa nos espera

¡Nos despertamos con energía! Llega uno de los momentos más esperado del viaje, un trekking de dos días por el Parque Nacional de Doi Inthanon, donde se encuentra el punto más alto del país con 2.590 metros.

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La ruta la organizan varias agencias de la ciudad (el precio varía entre los 1400-1800 bath) y verdaderamente merece la pena. Todo cambia según el tiempo, pero la cosa suele ser así. Empezamos con un paseo en barcas de bambú para entrar poco a poco en la jungla tailandesa. A partir de aquí comienza la desconexión con el wifi, con la ciudad, con el mundo…

Fotografías Tailandia
Parque Nacional de Doi Inthanon

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Tres horas de caminata a cualquier parte. Sólo nosotros, un pequeño grupo de 10-12 personas. No nos cruzamos con más turistas; si acaso algún local trabajando en el campo. Paisaje espléndido, lluvia torrencial, bancales de arroz a nuestro paso, animales y animalitos (búfalos, tarántulas, etc.), árboles que no existen en nuestro conocimiento (piña, papaya, etc.) y la satisfacción del contacto con la naturaleza.

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Tras el esfuerzo, toca dormir en una aldea perdida, Nongmogtha, nos escribe en un trozo de papel mojado nuestro guía, Rambo (su nombre de guerra en la jungla, me dice). Cenamos con el frescor de la montaña una rica comida preparada por los habitantes del lugar, charlamos entre todos (alemanes, belgas, canadienses, ingleses, un brasileño y otros dos españoles), dormimos sobre unas casitas hechas de caña de bambú y al día siguiente, llegamos a la cima.

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No es la que se imagina, la de la montaña. Es una cima más sentimental. Galopamos entre árboles y surcando las aguas de un río sobre el animal sagrado, el elefante, “chang”, como ellos los llaman. Volamos despiertos sobre su ruda pero enternecedora piel. Tocamos la grandeza de la naturaleza a su lado.

Fotografías Tailandia
Parque Nacional de Doi Inthanon

Día 10: Aprendiendo la cocina tai (Baan tai)

Uno de los placeres de un viaje a Tailandia pasa, obligatoriamente, por la comida. Los tailandeses disfrutan con su rica y heterodoxa gastronomía, suma de culturas. Después de probarlo en sus miles de puestos callejeros y restaurantes, queríamos tener el placer de ser nosotros los que nos pusiéramos delante del wok y los fogones. Esta actividad, bastante extendida en el país, puede repetirse en cualquier escuela de cocina de las muchas que se reparten en las principales ciudades turísticas.

Acertamos con una de las propuestas que hacía la Loonly Planet, la escuela Baan Tai (700 bath ½ día – 900 bath 1 día completo). Primero una visita guiada, muy acertada, al mercado. Después la explicación del proceso y los ingredientes y… ¡a cocinar! Nos separamos con la idea de hacer platos diferentes y a la vuelta poder deleitar a nuestros invitados con más exquisiteces tailandesas. La prueba salió más que victoriosa y además de poder comernos nuestros propios platos podemos decir orgullosos que estaban ricos.

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Casi sin hacer la digestión pusimos rumbo al sur. Empezaba así un nuevo viaje, a las islas. Hay varias formas de llegar desde el norte hasta el sur: tren a Bangkok y después a las islas (14 horas + 10 horas), bus (más horas todavía) o avión.

Lógicamente volar a Phuket en verano es una opción cara, pero existen alternativas (casi siempre con Air Asia, la compañía de bajo coste asiático).

También puedes llegar a Hat Yai, un importante nudo de comunicaciones, con un aeropuerto que está a 3 horas de Krabi, un buen lugar para empezar a conocer las playas que dan al Mar de Andamán (y de allí, coger un barco hasta las islas).

En esta ciudad insípida, Hat Yai, se suma que en 2005 explotaron tres bombas a manos movimientos insurgentes musulmanes del sur de Tailandia, pero ninguno de los dos factores debería parar al viajero si con ello se ahorra un importante dinero (y tiempo). Optamos por el avión.

Día 11: Ao Nang, las fotos que vi algún día

Amanecimos en la ciudad equivocada, Hat Yai. Una rata cruza la recepción de la pensión. La señora propietaria abre la puerta, como sino hubiera pasado nada. Sale en busca de un “tuc tuc”. Llegamos, junto a dos holandeses a los que habíamos conocido la noche anterior, a la estación de autobuses para coger el perceptivo bus a Krabi (187 bath, 2ª clase, sobre 4h 30 minutos).

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Efectivamente después del trayecto llegamos donde decía el ticket, a Krabi, pero nuestro hotel estaba más allá, a 20 kilómetros, en Ao Nang. Las artimañas tailandesas nos obligaron a pagar 100 bath por persona por un transporte que cuesta poco más de 60 bath y para colmo no nos dejó en el hotel elegido, Chaba (Vasana) Bungalows. Pero eso pronto se olvida…

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Krabi

A los pies de un gran risco se abre paso una vegetación exultante. Parece imposible que entre esta espesa vegetación quepa un pequeño hotel, pero así es. Habitaciones de bambú y madera, frágiles, humildes pero maravillosas. Suficiente para estar en la gloria. Regentado además por una pareja agradable de una tailandesa y un francés que se enamoró de ella y del lugar que nos recomendó. Una pequeña playa privada que hay escondida detrás de un montículo al final de la playa urbana del pueblo. Fue nuestro bautismo con estos paisaje imposible. Acabamos de celebrar el principio de comienzo. Y para brindar fuimos a uno de los restaurantes clásicos recomendables, el Ao Nang Cuisine.

Día 12 y 13: Ko Phi Phi, destino estrella

Nos suena el canto del gallo. Entre lo verde se escuchan ramas caer, grillos y otros estridentes sonidos. Es hora de coger uno de los muchos barcos que nos tocan. La primera parada es, casi imprescindible para el viajero, Ko Phi Phi.

Fotografías Tailandia
Ko Phi Phi

Sin duda, la llegada, un equilibrio imperfecto entre la apabullante naturaleza y el desmadre humano del turismo, ha sido impactante. Pero conforme ha ido pasando el día y los visitantes marchaban de vuelta, la supremacía natural ha ganado.

Phi Phi Dom, la mayor de las islas que forman el archipiélago y la única donde se puede pernoctar, nos estaba conquistando. Mucha culpa la tiene las vistas que tenemos a pie de orilla (literal) desde nuestro bungalow de PP Nice Beach Resort. Otro, sin duda, una zona de la isla sin gente, sin tanta gente…

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Es posible visitar otras islas del archipiélago, incluso, la isla dónde se grabó “La Playa” de Leonardo Di Caprio.

A esta hora, cuando ya es noche cerrada, admiramos su belleza pero también reflexionamos sobre su fuerza, su garra, su potencia,… esa que castigó en 2004 con un tsunami a tantos miles de personas.

Día 14 y 15: Ko Samui, poco más

Último despertar frente al paraíso en Ko Phi Phi. No hay carreteras en la isla y el servicio de transfer desde los bungalows hasta el puerto (5 minutos a pie) lo hacen a la vieja usanza, llevando los trabajadores las maletas en una suerte de portaequipajes con ruedas.

El viaje a Ko Samui, nuestra próxima parada, esta vez en el otro lado del mapa, en el Golfo de Tailandia, es largo. Primero barco (2 horas), después bus (3 horas) y por último barco (2 horas). Lo ideal es comprar un “joint ticket” (ticket conjunto) y así va todo rodado, además de no aumentar mucho el precio.

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Ko Phi Phi

Nada más llegar al puerto, ya se vislumbra que la tercera isla más grande del país tiene poco de los atributos que se esperan de un territorio insular: ni tranquilidad, ni relax, ni casi belleza. O sería que el humo de los coches no nos dejara apreciarlo…

Dormíamos en un lugar muy bonito, a orillas de Silver Beach en el hotel que lleva su nombre, Silver Beach Resort. Para nosotros los viajes los hacen las personas… y no era los propietarios ni trabajadores lo más florido que se despacha en simpatía y servicio… Así que en conjunto, nuestra estancia en Ko Samui fue solo eso… y poco más.

Fotografías Tailandia

No es preocupante, de hecho es parte del diario del viajero. El turista se afana en que todos sus días sean magníficos, medidos al milímetro de la perfección, sin lugar a la improvisación de los “turoperadores”. Para los mochileros, la vida corre de otra manera.

Hay día buenos, otros mejores. También hay jornadas en las que hay que arreglar papeles que no hicieron otros por ti, o llevar la ropa a la lavandería. Al final todo tiene su aquel.

Día 16 y 17: Ko Tao, la guinda al pastel

Para (casi) acabar nuestro completo viaje por Tailandia tan sólo nos faltaba un buen remate final, Ko Tao, que cerrará el círculo perfecto y de paso nos quitara el amargo sabor de Ko Samui.

Todo lo bueno se hace esperar. Lo digo por el tiempo, en concreto las dos horas de barco (600 bath) que no dejaría de ser uno más, si no hubiera sido por el tremendo oleaje que nos acompañó y que convirtió la cubierta del barco en una pista de patinaje no apta para cobardes.

Llegamos al Hotel Buddha View Resort, especializado para buceadores, como casi todo en Ko Tao, considerada como una meca de estos deportistas por sus aguas transparentes y cristalinas. Estábamos cansados y tocó la siesta del membrillo, para los que no la conozcan, la mejor variedad, la que se hace justo antes de almorzar.

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Un poco de playa y, aunque parezca mentira, nuestro primer atardecer. Los días, aunque siempre calurosos, están nublados por las cosas del tiempo (aquí estamos en su invierno) y jornada tras jornada se nos resistía. Hasta hoy… hasta que lo vimos en Nang Yuan Terrace.

El segundo día nos tocaba algo imprescindible en esta isla, un tour de snorkeling por varios puntos: Thiang Og bay, en búsqueda de tiburones que nunca llegaron, Tanote Bay, con grandes corales y peces de colores, Gluay Ten Bay, donde sí que encontramos a Nemo y, por supuesto, Ko NangYuan, una diminuta isla frente a Ko Tao en donde el paraíso cobra su nombre.

Fotografías Tailandia
Ko Tao

Como decíamos al principio, todo lo bueno suele tardar en llegar. También el buen pescado en la mesa. No llegaba el que nos satisficiera del todo, el que se recordara para siempre, hasta que la famosa barbacoa del Buddha View abrió sus puertas. Sobre el hielo, casi moviéndose aún estaba el pequeño atún que a la brasa del carbón iba a hacernos los más felices del mundo por unos instantes, y por solo 150 bath. ¡Exquisito! Inolvidable este rinconcito en el mundo.

Día 18, 19, 20 y 21: Regreso a casa, Bangkok-Dubai-Berlín-Málaga-Sevilla

Tocaba el fin. El viaje, en mayúscula, empezaba a entrar en el tiempo de descuento. Era el momento de terminar de saborear el país que nos había acogido durante tres semanas. Todo lo que ahora sumáramos a nuestros sentidos sería más fácil de recordar cuando la nostalgia nos pille allá cuando las nieves de invierno con abrigo, bufanda y una estufa calentita.

Antes de marcharse de la capital del caos decían las guías, incluidas las menos turísticas, que era obligado ir, por enésima vez en nuestra estancia, a un mercado. Para cambiar y alejarnos del bochorno de las calles de la capital optamos por una opción a caballo entre entre los puestos callejeros y el mercadillo español tradicional, pero bajo techo. Es decir, dentro de un centro comercial. Esa traducción casi inentendible se llama MBK y además de todo ello cuenta con una planta dedicada en exclusiva a la gastronomía internacional. Pero no era éste un epílogo para un viaje. Por eso decidimos encorajarnos para enfrentarnos de nuevo a Bangkok poniendo rumbo a la torre más alta de Tailandia, Baiyoke Tower, para ver el atardecer a 304 metros de altura. Ahora sí, fin del primer acto.

Fotografías Tailandia
Bangkok

El segundo acto arranca muy temprano. Empieza un día eterno que se inicia en Bangkok continúa en Dubai y termina en Berlín. Dubai, la extensión antagónica de este viaje por los caprichos de las conexiones aéreas es, podríamos decir de forma breve y concisa, sorprendente. La sorpresa es la palabra que acecha en el consciente desde que una persona pone sus pies en este estado que conforma, junto con otros seis, los Emiratos Árabes Unidos.

Sorpresa por llegar en medio del desierto y no morir en el intento. Sorpresa por, tras recorrer kilómetros de asfalto sin más, llegar a encontrar una ciudad de medidas gigantescas. Por subir al cielo, el Burj Khalifa, a más de 800 metros de altura (si quieres visitarlo te recomendamos que reserves con antelación por Internet porque te puedes ahorrar casi 50$). Por ver a algunos trabajadores extranjeros que continúan construyendo esta enorme mentira a 48 grados centígrados a plena luz del sol a las tres de la tarde y, para más inri, siendo alguno de ellos musulmanes y estar en pleno mes de Ramadán. Fascinación por perdernos, con mapa incluido, en el centro comercial más grande del mundo (con gigantesco acuario incluido), el Dubai Mall. Alucinación porque todo aquello exista y más…

Y no se olvida tan pronto. Ni con aire acondicionado y poniendo kilómetros de por medio, pero el viaje continúa. En esa misma madrugada nuestro avión sigue ganándole distancia al mapa para acercarnos a nuestro hogar. Ahora la parada es bien distinta. Berlín, capital cultural y económica de la Unión Europea y lugar de tantas cosas. Por suerte, José Pablo ya conocía esta ciudad y el ritmo fue de paseo tranquilo para refrescar los hitos monumentales e históricos con que cuenta la ciudad: muro de Berlín, Puerta de Brandenburgo, Unter den Linden, Parlamento, Isla de los museos, Alexandreplatz, etc.

Penúltima parada. La siguiente ya está más cerca. Aeropuerto Internacional de Málaga. Intentamos coger un tren hasta Sevilla pero están todos llenos. Nos vamos a la cercana estación de buses. Tenemos suerte. En media hora, el tiempo de tomarnos un bocadillo de tortilla, anhelado por nosotros, llegará el autobús que nos conducirá a Sevilla, nuestro hogar. Antes de que las maletas se acerquen al armario ya estamos soñando con nuevos destinos… ¡Acaba de empezar otro viaje!


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