Sudáfrica y Qatar (verano 2015)

Día 1 y 2: Un vuelo esperpéntico y un aterrizaje en Sudáfrica (Johannesburgo)

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El low cost normalmente está reñido con la rapidez y, en ocasiones, con la comodidad. En esta ocasión para llegar por menos de 300 euros desde Dakar (partimos de Senegal porque hicimos ahí la II expedición del Club de la Aventura) a Johannesburgo, nuestra puerta de entrada a Sudáfrica (junto con Ciudad del Cabo reciben a la mayoría de vuelos internacionales) y nuestra mejor opción era volar con Kenya Airways. La compañía que se anuncia como “el orgullo de África” nos lo demostró con creces. Durante 17 horas nos dieron un incómodo paseo por el continente con parada en Abidjan (Costa de Marfil), sin bajarnos del avión, en Naoribi (Kenya), con escala y, finalmente, después de tener cuadrado el culo de volar en varios autobuses con alas, llegamos al país más austral de África.

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Cuando pusimos nuestros pies por primera vez en Sudáfrica estábamos aturdidos. Las horas de vuelo, el cansancio acumulado y las particularidades de un país único, tenían a nuestros sentidos confundidos. Para llegar desde el Aeropuerto Internacional OR Tambo hasta el centro existe un moderno tren denominado Gautrain que te lleva, por ejemplo, a Sandton, la ciudad financiera (156 Rands, 11 euros).

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Hasta nuestra cita por la tarde con nuestros anfitriones, Johan y Jan, teníamos por delante varias horas, dos mochilas a cuesta (no existen consignas ni en el aeropuerto ni en la estación de trenes) y un cansancio atroz. Para problemas, soluciones: cogimos un carro de la compra en un supermercado y el improvisado trolley nos sirvió de maravilla. A la hora fijada, puntualidad británica heredada, nos recogieron.

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Necesitábamos descanso y en casa de nuestros anfitriones lo tuvimos. A las afueras de Johannesburgo viven Johan y Jan, una pareja blanca sudafricana, sí blanca, que se dedican a labores empresariales varias (hay muchísimos blancos viviendo allí desde la época de la colonización, sobre todo, desde que se encontró oro en el siglo XIX). En una casa milimétricamente cuidada, bien decorada y con un hermoso jardín, nos acomodamos. A la hora de la cena (a las 6 de la tarde) ya teníamos una carne guisada en la mesa. Fue la mejor excusa para las charlas y las preguntas sobre la cultura, la educación y, por supuesto, el “apartheid” que tanto llama la atención del extranjero. No existe, siempre lo decimos, mejor introducción a un país que las palabras de su gente.

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Al día siguiente, todavía cansados por la paliza del vuelo, salimos para conocer una de las grandes ciudades sudafricanas que, paradojas, no es capital (a pesar de tener tres el país. A saber: Ciudad del Cabo, Bloemfontein y Pretoria). Desgraciadamente no existe metro en esta enorme urbe y el transporte público brilla por su ausencia. Una opción, para nosotros la primera vez que lo usábamos, es el autobús turístico City Sightseeing. Nosotros, para aprovechar la jornada (en un día se puede uno hacer una buena idea) cogimos el pack “visita a la ciudad a nuestro aire + tour por Soweto” por 420 Rands, unos 30 euros (no incluye entradas a museos).

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Además de una parada en la Torre Carlton (15 R, 1 euro) para hacerse una primera visual desde lo más alto, sin duda la parada obligada es la visita al Museo del Apartheid (75 Rand, 5,5 euros). En 1948 el Partido Nacional promulgó una segregación racial, un apartheid (separación, en afrikáans). Se creó un sistema social y legislativo para separar a blancos y negros. Los negros pasar a ser ciudadanos de tercera sin a penas derechos (no podían votar, ni viajar, debían vivir en zonas alejadas, acudían a escuelas diferentes,…). No fue hasta en 1993, con Mandela ya en el poder, cuando un referéndum otorgó los mismos derechos a todos los ciudadanos sudafricanos.

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Aunque las leyes hayan cambiado y los avances sociales sean grandes, la realidad todavía sigue enormemente desequilibrada en contra de los negros. Tal vez una visita posterior a uno de los más famosos townchips (asentamiento), Soweto, puede ayudar a entender el concepto. Será solo una imagen multiplicada por mil (en concreto, la mitad de la población de Johannesburgo vive aquí) de lo que ocurre en todas y cada una de las ciudades del país (marginación, pobreza, etc. etc.).

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Para volver a contrarrestar nuestras sensaciones, nuestras opiniones, volvimos a quedar para cenar con nuestros anfitriones. Lo hicimos en un restaurante africano muy recomendable, Moyo (donde probamos la carne de avestruz) . Fue el punto y final perfecto de la mejor introducción posible a uno de los países más complejos que hayamos visitado nunca.

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Día 3, 4 y 5: Cómo hacer un safari low cost en el Parque Nacional Kruger (Sudáfrica) y no morir en el intento

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1. Infórmate. Antes de visitar el Parque Nacional Kruger es vital informarse. Se trata de la reserva con animales salvajes más grande del país (del tamaño de Gales) y para aprovechar el tiempo hay que planificar las rutas, horarios, etc. Podéis hacerlo en la web oficial del organismo que lo gestiona: South African National Parks. Las mejores zonas de avistamiento cambia con las épocas del año. El invierno sudafricano (de junio a octubre) es bueno porque hay menos vegetación y a los animales se les ven mejor. Además es temporada baja, es decir, más espacio y menos precio. Y dicen que la zona sur y centro es donde se concentran más animales. Nosotros nos movimos por esa zona y vimos muchos (menos al león y al leopardo).

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2. Reserva el alojamiento con tiempo dentro del parque. En el caso del Kruger no vale improvisar. Nosotros lo hicimos y nos quedamos sin sitio para dormir dentro del parque. La oferta es grande pero la demanda mucho mayor. En la actualidad la reserva cuenta con 21 campamentos, así como 7 refugios privados concesionados y 11 refugios privados. Los campamentos públicos tienen muchas opciones de alojamiento (bungalows, tiendas de campaña, apartamentos, cabañas, etc.) por lo que los precios varían mucho pero, no obstante, se pueden encontrar posibilidades low cost. La elección del campamento más adecuado tendrás que hacerla después de estudiarte el mapa del parque (en este enlace lo puedes descargar: mapa. Dormir en el parque es lo mejor por muchas razones: no se pierde tiempo en salir y entrar del parque cada día, se puede seguir una ruta más ordenada y hay más posibilidades de hacer safaris públicos y a precios más baratos. Para reservar, pincha aquí.

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3. Alternativas al alojamiento de dentro. En el caso de que los campamentos estén llenos siempre hay alternativas. Como los trabajadores del parque son, en general, muy ineficaces y groseros, es mejor que llevéis algunos alojamientos apuntados en el caso de que no queráis o podáis dormir en el interior del parque. Ellos no os ayudarán. En cada puerta, a unos cuantos kilómetros, siempre hay pequeños pueblos que ofrecen hostales, bed and breakfast u hoteles de lujo. Por ejemplo, en la Puerta Paul Kruger Gate, una de las más usadas, a solo unos metros está el caro Protea Kruger gate Hotel. Pero a solo un par de kilómetros más hay un humilde pero más que correcto alojamiento low cost, el Kruger gate Guest House (800 Rands, 58 euros). Otra de las puertas más usadas, Numbi Gate, tiene un hotel con buena relación calidad/precio a unos kilómetros de la entrada, Karula Hotel. En el camino a Malalane Gate también muchas opciones. El resto de puertas, lo mismo.

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4. Entrada al parque. La entrada al parque, que se compra en las casetas de información que hay en las puertas, cuesta 264 rands (19 euros) para extranjeros. El ticket da acceso al parque desde la hora de apertura hasta la hora de cierre. Fuera de esos horarios está totalmente prohibido circular por el parque. Los horarios cambian según la época del año. Os dejamos el enlace para saberlos: horarios. Hay una opción, si vais a visitar muchos parque nacionales en el país, que se llama wild card. Esta tarjeta permite la visita ilimitada a las reservas. El precio para turistas extranjeros es de 1.770 Rands (116 euros). Una vez que hagáis cuenta, veréis si os interesa. Pensad que cada día en el parque son 19 euros por separado. Tenéis toda la información en esta web: información. No os olvidéis de comprar la revista del parque en las casetas de información, os será muy útil (40 rands, 3 euros).

5. Safaris por tu cuenta. La opción más barata para hacer safaris es hacerlo en tu propio coche. Lo normal es llegar a Johannesburgo. Allí se puede alquilar un coche y en cuatro horas te plantas en alguna de las puertas de entradas del parque. Una vez dentro de la reserva puedes conducir libremente por las carreteras de asfalto o arena habilitadas para tal fin. Como dice la palabra inglesa para referirse a los safaris (game drive), de eso mismo se trata, de un juego. Vas conduciendo y cuando ves a aun animal, te hechas para un lado y lo observas con calma. No hay que pagar a nadie (más que la entrada al parque) y con paciencia y buena vista se pueden llegar a ver exactamente los mismos animales que en los carísimos safaris privados.

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6. Safaris públicos. El parque Kruguer también oferta la opción de safaris públicos, tanto a los visitantes de día, es decir, los que no duermen en los campamentos de la reserva, como a los visitantes que se alojan en las instalaciones del Kruger. Los precios para los visitantes que duermen fuera son, aproximadamente, de 384 rands (28 euros), e incluye el precio de la entrada al parque. El precio baja si estás alojado en algunos de sus campamentos. Ofertan dos tipos de safari a los visitantes de día que no duermen en los campamentos: safaris al amanecer (sobre las 6 de la mañana donde se pasa mucho frío y se pueden ver a especies que son complicadas verlas de día) y al atardecer (salida sobre las 17 de la tarde). Para los que duermen en los campamentos, además, se ofertan safaris nocturnos, para ver la fauna que no duerme, y caminatas de día (la única opción de visitar el parque fuera de los coches).

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7. Bocadillos en los campamentos. Para abaratar al máximo el safari a la hora de comer se puede recurrir a llevar tu propia comida y prepararla en alguno de los merenderos de los campamentos o zonas habilitadas especialmente. Fuera de estos espacios está completamente prohibido hacerlo puesto que sería un riesgo por la presencia de animales. En muchos de estos lugares permitidos se puede disfrutar de un buen bocado en plena naturaleza. Tan solo hay que tener cuidado con unos visitantes muy desagradables, los monos. Por desgracia deambulan a sus anchas en muchos de estos espacios y la comida es su objetivo.

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8. Bien equipados. En el Parque solo existen pequeñas tiendas, baños, bares y gasolinera dentro de los campamentos, pero los precios son más caros que en el exterior. Es decir, lo ideal es ir bien provistos de todo lo que vayáis a necesitar. Además de la comida, gasolina, no olvidar llevar ropa de abrigo (incluso una manta si vais a hacer el safari al amanecer), crema solar, gorra y, muy importante, unos buenos prismáticos y cámara de fotos.

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9. Cumplir con las medidas de seguridad. Si no queréis que el safari os salga con regalo, debéis cumplir al detalle las extensas normas de seguridad del parque para no recibir una desagradable y cara multa. Lo más importante es no correr en la carretera. El límite de velocidad es 50 km/h en carrera de asfalto y 40 km/h en carretera de arena. Son muchos los controles de velocidad en el parque, así que cuidado. Otra cuestión importante es la seguridad. No hay que olvidarse que estamos en una zona natural donde los animales están en su hábitat natural. Por eso está terminantemente prohibido salir del coche. No solo puedes llevarte una buena multa, sino la bronca de los sudafricanos que pasen por tu lado. Y, lógicamente, en cualquier caso, evitas muchos problemas con los animales salvajes que te encuentres en el camino.

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10. Disfrutar de los animales. Una vez hechos todos los trámites, toca lo mejor, disfrutar de la vida salvaje. Es alucinante como a tu paso vas viendo la vida animal en vivo y en directo. Cual niño en el día de reyes vas gritando de alegría cada vez que ves un animal nuevo. No se olvida el primero que ves, en nuestro caso uno de los miles de impalas (antílope) que pueblan el parque. Tampoco el primer hipopótamo que ves mientras se baña en alguna laguna. Es inolvidable ver a cebras a menos de cinco metros tuyo o jirafas mientras se acaban de despertar. También es un gran recuerdo empezar a ver a alguno de los cinco grandes: el elefante, el búfalo o el rinoceronte (el león y el leopardo no lo vimos en esta ocasión, sí en otro parque). O observar a animales que solo has visto en la televisión como las hienas. Solo por eso, ¡bien merece la pena un viaje a Sudáfrica! 😀

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Día 6, 7, 8 y 9: Desde Mpumalanga a Maropeng (Blyde River Canyon y The Cradle of Humankind)

Después de varios días obsesionados con la búsqueda de animales en el Kruger queríamos cambiar de aires y ver una hermosa zona que muchos turistas olvidan, el Blyde River Canyon. Hasta llegar a uno de los cañones más grandes y bellos del planeta, hay varias paradas previas interesantes (todas en la misma carretera R534 + R532). La primera es The Pinnacle, la segunda God´Window y la tercera Wonder View (en los dos primeros casos se paga una entrada de 10 Rands por coche, 0,70 euros), todos ellos miradores de la hermosa naturaleza que da paso, kilómetros más adelante, al afamado cañón.

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El Cañón, de 762 metros de profundidad, tiene dos puntos de observación. El primero, viniendo desde Graskop, es Lowveld View, desde el que se observa el principio del cañón. Una vista mucho más impresionante (acceso 10 Rands, 0,70 euros) es la llamada Three Rondwels. El infinito tomó su nombre de este cañón que parece no tener fin. La mezcla de colores y formas de la montaña hace a este lugar un imprescindible para una visita por esta zona del país. Y además de hermoso es un lugar lleno de paz. Nosotros lo vimos claro y decidimos hacer el almuerzo a pie de acantilado. Cogimos la mesa con mejores vistas. ¡Y todo gratis!

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Tras nuestra estancia entre la inmensa naturaleza de la zona de Mpumalanga pusimos carretera y manta rumbo al suroeste del país. Nuestro objetivo final, la “Garden Route” (ruta de los jardines, estaba a casi 1.500 kilómetros. Era mejor no pensarlo e ir adelantando kilómetros. Desgraciadamente las carreteras, una vez nos alejamos de las grandes ciudades, pierden calidad, se llena de agujeros (veréis la señal de “potholes”, agujeros, hasta la saciedad) y se multiplican las obras. Por lo que la velocidad no puede ser mucha ni la paciencia poca. Y encima conducir por la derecha…

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A mitad del camino a Johannesburgo, paramos en un pequeño pueblo, Lydenburg. Todos calcados, tienen una calle principal que ordena la ciudad, calles limítrofes en forma de cuadrícula con las principales tiendas y servicios, y a las afueras, por un lado el township de turno y por otro las zonas residenciales. Sin dar muchas vueltas, en esta zona residencial a las afueras, encontramos una preciosa casa colonial reconvertida en hotel, De Ark guest house (700 Rands, 50 euros, con desayuno).

Al día siguiente, la siguiente parada para no completar los 1.500 kilómetros de una tacada, fue pasado Pretoria, en Maropeng, la conocida como “Cuna de la Humanidad”. Este conjunto de yacimientos paleontológicos, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1.999, es reconocido en el mundo entero como el lugar donde se han encontrado los resto humanos (Australopitecus Africanus) más antiguos del planeta.

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La visita, que emplea media jornada, se compone del centro de visitantes Maropeng y las cuevas donde se encontraron los restos propiamente dichos (Sterkfontein Caves. 215 Rand, 15,5 euros, la entrada conjunta). Además, el complejo cuenta con un lujoso hotel en medio de la nada que, en temporada baja, ofrece espectaculares ofertas que incluyen el alojamiento y las entradas a las instalaciones. Nosotros tuvimos la suerte de alojarnos en el Maropeng Hotel gracias a una de estas promociones y podemos dar fe de que una vez que entras en este alojamiento, ya no quieres salir de él. Piscina, buen restaurante, tranquilidad… no queríamos nada más.

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Desde aquí sólo nos quedaban poco más de 1.000 kilómetros para llegar a destino. A medio camino, en Bloemfontaine, una de las capitales del país, decidimos hacer otra parada después un eterno día en carretera. Nos adaptamos. La noche de antes probamos el lujo y ésta lo pasamos en el Camping Kuagga Lodge en un apartamento con cocina, salón, habitación y baño por unos 350 rands (25 euros). Ya sólo quedan 500 kilómetros. ¡Estamos más cerca!

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Día 10: El día que vimos un león (en el Addo Elephant Park)

Antes de llegar a Port Elisabeth, el punto oficioso desde el que parte la Garden Route, Ruta de los Jardines (oficialmente parte de la desembocadura del Río Storm), teníamos una asignatura pendiente importante, ir en busca de uno de los 5 grandes (Big5) de la naturaleza, el león. En nuestro safari por el Kruger, a pesar de los varios intentos (dos días con nuestro coche más un safari al amanecer), fue imposible verlo. Ahora, nuestra última oportunidad pasaba por visitar el Addo Elephant Park.

La razón primitiva de la constitución del parque fue para constituir un santuario para los pocos elefantes que quedaban en la zona. Hoy en día son más de 500 los elefantes que pueblan la reserva y, además, otros de cientos animales salvajes que campan a sus anchas.

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En esta ocasión, para aprovechar la jornada de safari, optamos por dormir en el campamento principal del parque (Addo Main Camp), en la puerta de acceso más cercana a la ciudad de Addo o Patterson por la R342). La otra opción es el Matyholweni Camp. Por 712 rands (50 euros) pudimos disfrutar de una cabaña de manera con todos los lujos: mesa para almorzar dentro, terraza con otra mesa exterior, ducha, etc.

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A la mañana siguiente, ya dentro del parque después de abonar 264 rands (19 euros) cogimos nuestro coche y nos dispusimos a la búsqueda del león, una vez más. Nuestros ojos eran solo para estos felinos, de hecho ya habíamos localizado en varias pizarras colocadas en los campamentos los lugares de avistamiento en los últimos días. Las primeras horas fueron en balde. A diferencia del Kruger aquí la vegetación, por zonas, es menor (y más verde), y los animales para resguardarse se van lejos de las carreteras.

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A falta de leones, al primer animal que vimos fue un sorprendente chacal. Cruzaba la carretera cuando todavía no hacía calor de vuelta, seguro, de una noche de caza. Tras él nos sorprendieron en un lado de la carretera un animal que sólo habíamos visto en “El rey león”, un referente en todo el viaje, los suricatos (¡sí!, Timón). Junto a él, como en la cinta de Disney, había decenas de jabalíes salvajes (¡Pumbas!). También nos cruzamos con un grupo de cebras, a las que pudimos observar muy de cerca durante un buen rato.

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Pero la tarde pasaba. Y a pesar de disfrutar de animales que no habíamos visto con anterioridad, del paisaje y de un almuerzo junto a las barbacoas de los sudafricanos (su deporte nacional tras el rugby), el esperado león no llegaba… La desesperación y la frustración, a pesar del auto convencimiento, nos invadía. Solo faltaba una hora y media para que las puertas del parque cerraran.

En una carretera de asfalto, al fondo, vimos a un coche parado. Eso nos daba la pista de que algún animal estaría cerca. Podría ser un elefante, que a estas alturas todavía no habíamos visto, o algún antílope. No hacia excesiva calor, podría ser cualquiera. Cuando nos fuimos acercando el corazón nos dio un vuelco. Allí, a menos de cinco metros de la carretera estaba, imponente, ¡el león! Junto a un arbusto descansa después de una caza segura. No sabíamos qué hacer: parar el coche, sacar la cámara, hacer un vídeo, intentar acercarnos más… Parecía que el animal salvaje iba a marcharse. Pero no era su plan. El rey de la selva se levantó. Con su gigante melena nos deleitó con una imagen soñada. Frente a frente a él. Su paseo, tranquilo y elegante, hacía que poco a poco nos enamoramos de este felino. Volvió a tumbarse (pueden llegar a dormir hasta 20 horas al día) y después a levantarse. Así durante una hora que, atónitos, nos la pasamos observándolo. Solos, o casi (al final llegó otro coche). Creo que si no hubiera cerrado el parque aún hubiéramos estado allí. ¡Un espectáculo de la naturaleza!

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