Senegal y Marruecos (Casablanca). Verano 2015

Este viaje lo hemos realizado con El Club de la Aventura de Atomarpormundo.

 

Día 1: La gran aventura en Casablanca para comenzar la gran aventura en Senegal

No hay dudas que los viajes de El Club de la Aventura tienen mucho de esto último. Pero en ocasiones lo previsto queda superado con creces cuando empieza el viaje. Nos gusta. Es la adrenalina que nos empuja siempre para adelante y con la que disfrutamos a cada segundo.

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En el momento es cierto que los contratiempo no siempre son agradables pero, ahora, con el paso del tiempo, lo malo se borra y lo bueno perdura. La historia de este viaje empezó tal como les contamos. 48 horas antes de partir nuestro vuelo a Dakar (Senegal) con escala en Casablanca (Marruecos) con la compañía Royal Air Maroc nos informan que han cancelado el vuelo previsto. Solo hay dos opciones de llegar a la capital de Senegal, retrasar tres días la partida o adelantar 24 horas la ida. Cual locura, tras una ardua y larga gestión con la compañía conseguimos adelantar el vuelo. Todos los expedicionarios hacen un esfuerzo y se plantan en Madrid Barajas. La compañía nos ha robado un día de hacer mochilas, de organizar, de saber dónde dejar a los perros, de leer las últimas recomendaciones… A nosotros, organizadores, sin la mochila hecha, solo nos sobran tres minutos para decir con orgullo que no nos quedamos fuera del tren que nos tendría que llevar a Madrid. ¡Por poco!

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Este adelanto improvisado nos regala (la parte positiva) una escala larga de un día en Casablanca. Pasamos la noche en un correcto hotel cercano al aeropuerto, Hotel Relax Airport Casablanca y, sobre todo, tenemos la oportunidad de visitar la hermosa Mezquita de Hassan II en pleno Ramadán (visita 120 dirham, 11 euros).

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Un día después, bien entrada la noche, pisamos Dakar, la capital de Senegal. A pesar de ser casi la una de la madrugada, la ciudad está animada. Desde hace unas semanas los senegaleses, musulmanes en su mayoría, están haciendo “el Ramadán”. La noche, menos calurosa que el día, y apta para poder y beber sin límites, es la mejor aliada para ellos. Entre otras cosas hemos venido hasta aquí en estas fechas tan señaladas para que sean ellos los que nos lo expliquen, para entenderlo mejor.

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Día 2 y 3: Vivir como los senegaleses para entender Senegal

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El calor hace mella aunque sea muy temprano. Se pegan las sábanas y el aire corre muy despacio. Mejor no engañarnos más tiempo en la cama. Nos levantamos y nos ponemos en camino. Por delante quedan varias horas de carretera hasta nuestro destino, Kédougou, al sudeste del país, el lugar donde nuestro anfitrión, Sidy, nos llevaría para estar junto a su familia. Antes de llegar es obligatoria la parada en Tambacounda, a mitad de camino, para reponer fuerzas. El Hotel Relais Tamba es un auténtico lujo para nosotros,… piscina incluida.

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Antes de llegar al pueblo de nuestro guía, a la mañana siguiente, tenemos por delante un recorrido con paisajes humanos y naturales que cambian por momentos. El caos de la capital va decayendo a kilómetros. Lo rural, lo extremadamente pobre, va ganando terreno en un paisaje en donde el color rojizo de la tierra seca duele a la vista. Los niños, miles en este país, ocupan todo. Los parques, las aceras, las calles, las tiendas. Su alegría contagia a los blancos recién llegados. Las marcas de la miseria se quedan grabadas a fuego. Esas ya no se olvidan.

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Poco a poco el verde va ganando terreno. Es el Parque Nacional Niokola – Koba. Los animales resurgen y es habitual ver antílopes, monos, elefantes, jabalíes y, con suerte, leones o leopardos. Nosotros sólo vimos algunos.

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Antes de que caiga la noche ya estamos en Kédougou después de un extenuante viaje por las carreteras senegalesas. Debemos ir al mercado, “mañana se prevé que sea día de fiesta”. Queremos comprar las mejores galas para acompañar a la familia de nuestro anfitrión en la ruptura del Ramadán. Tras casi un mes de ayuno, en el que sólo se puede beber, comer o mantener relaciones sexuales antes del amanecer y después del atardecer, los musulmanes están deseando celebrar el final del noveno mes del calendario lunar. Precisamente la luna marca la fiesta. La luna nueva marca el inicio del Ramadán. La misma luna marcará el final. Para que la fiesta comience, la luna debe verse o esperar a que pasen 30 días desde el comienzo.

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En las calles, la gente se arremolina para ver si sale la luna entre los huecos de los edificios. Antes de que caiga la noche muchos paran el coche o la moto. Todos esperan para saber si mañana, definitivamente, será día de fiesta. La incertidumbre marca las caras de los locales pero, de pronto, una vez que ya estamos todos montados en el autobús la algarabía toma las calles. Sidy nos indica la marca, la fina luna, que ilumina el cielo al atardecer. Saltamos, celebramos la buena nueva. Mañana es el Eid al-Fitr, el día que marca el final del Ramadán.

Día 4: Hoy es día de fiesta, celebramos el final del Ramadán

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Las gallinas cacarean con fuerza. El sol luce brillante. Los niños corretean desde bien temprano. Es día de fiesta en el poblado de Kédougou en donde vivimos estos días. Tenemos la enorme suerte de ser uno más, vamos a celebrar la festividad del fin del Ramadán como ellos.

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La zona aledaña al pozo tiene over booking. Hay cola para sacar la tan preciada agua para acicalarse para la celebración. La ablución, una purificación mediante el líquido elemento, es fundamental para todos los que vamos a visitar más tarde la mezquita. Las expedicionarias, con la ayuda de las mujeres de la aldea, van colocándose los ropajes y turbantes de mil colores. Los hombres, por su parte, se visten con ropas que, tradicionalmente, deben ser blancas como símbolo de pureza.

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En grupo, junto a las personas locales, caminamos hasta el culto más cercano. Llegamos con tiempo, debemos aprender todos los pasos que hay que seguir. Como marca la tradición, los hombres a un lado, las mujeres a otro. Los vecinos van llegando. Lo nervios por no hacer nada mal nos embarga. El imán entra. Tememos que nos invite a marcharnos. Nada que ver. Nos acoge en su templo y nos saluda de forma efusiva al finalizar el mismo. Como hermanos, dice, sois bienvenidos. Hemos conseguido algo muy difícil de que ocurra en el mundo islámico, que una persona no musulmana participe de sus ritos.

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La celebración no ha hecho más que arrancar. Como marca la tradición después de la liturgia toca visitar los hogares de familiares, amigos y vecinos para desearle una buena fiesta. Sin pausa pero sin prisa saludamos a decenas de personas de cabañas vecinas. Desde bien temprano los cogemos preparando los platos a fuego de ascuas con los que hoy festejarán su día grande. Es hora de que nosotros también nos pongamos a ello.

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Las mujeres, como marcan las reglas culturales senegalesas, se ponen a preparar la comida. A la antigua usanza, al aire libre sobre las brasas de un fuego hecho con leña, van echando los ingredientes delicadamente cortados: patata, pollo, cebolla… Los hombres, mientras, charlan y juegan al parchís. Los niños deambulan de un lado a otro. Unos cantan, otros saltan, otros ayudan a los mayores. Mientras, justo detrás de la choza principal, el panadero termina de hornear pan de leña. A esta hora el desafío a los cinco sentido era feroz. Solo queríamos comer pero aquí el tempo no lo marca el minutero del microondas, sino la fuerza del fuego y la paciencia de los comensales. Todo mereció la pena. ¡Estaba de vicio!

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Como marca la tradición después del almuerzo tocaba una siesta senegalesa. Era el impás de espera para los actos de la tarde. Quedaba salir a la calle, al pueblo, para compartir con los lugareños las felicitaciones por el día de fiesta y los buenos deseos para el nuevo tiempo que estaba por venir. Todo ello con un buen trago de vino de palma. Así hasta que Alá o el San Pedro de los cielos senegaleses quisieron. Para acabar la fiesta mandó rayos y truenos. La tormenta ya no dio tregua. Para esa hora el día inolvidable ya estaba guardado en nuestras retinas.

Día 5, 6, 7 y 8: Etnias tribales, el origen de Senegal

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Un viaje a Senegal también es una gran oportunidad para conocer su gran variedad multicultural. La etnia principal de este país la forman los wolof (40%) que hablan la lengua del mismo nombre, profesan la religión islámica y se dedican a la agricultura principalmente. La etnia serer representa el 20% de la población, aproximadamente viven de la agricultura pero su religión, a diferencia de los primeros, combinan tradiciones animistas. Otros grupos étnicos minoritarios pero más interesantes si cabe son los bassari, que viven en el entorno del pueblo Bassari con tradiciones ancladas en el tiempo, o los fula, que habitan en el sur de Senegal. A estos dos últimos grupos íbamos a conocer en estos días.

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Antes de llegar a estos poblados teníamos un lugar marcado en rojo en camino, la Cascada de Dindefelo, la más grande del país. Desde el lugar donde paran los vehículos a motor aún separa una distancia de poco menos de una hora caminando. A pesar de la extrema calor y la humedad, el paseo bajo las sombras que conforma la arboleda y a la vera del río, es muy llevadero. A ambos lados del camino observamos especies tan hermosas como útiles para la medicina tradicional senegalesa como la famosa kenkeliba, una planta medicinal que según los locales cura la malaria. Las enormes ceibas o la teca, son otros de los árboles que nos acompañan en el camino.

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Sólo cuando la camiseta ya empezaba a pesar del sudor es cuando a lo lejos se escucha un fuerte sonido que nos adelanta lo que está por venir. Alejados del mundanal ruido, entre la frondosidad imposible de estos bosques, se abre la catarata. Agua fresca para el cuerpo y un almuerzo reparador que sabe a gloria. Solo después, una vez recuperados, emprendemos camino rumbo al nacimiento de la cascada. Es una ascensión dura, máxime con las altas temperaturas, en la que las energías comienzan a fallar. El intento de abandono solo pasa por el ambiente tan rápido como un rayo. El esfuerzo tiene su recompensa con vistas increíbles.

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A la mañana siguiente, después de descansar en un albergue rural de la zona, emprendemos camino hacia los poblados belik y, más tarde, al pueblo Bassari. La carretera es nuestro enemigo. La arena mezclada con la lluvia hace de barrera natural a estos lugares. Solo un aliado, nuestro chofer, puede contra ellos. No hay bache, charco o contratiempo que le impida continuar. Da igual si en el empeño debe arrancar una pieza de autobús para poder atravesar el camino o debe meterse hasta las rodillas para analizar previamente el terreno.

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Una vez allí el reloj del tiempo se atrasa. Cambian los años, los siglos… de sopetón. Los usos y costumbres de estas tribus nos sorprenden desde su autenticidad. Es una lucha salvaje porque perviva lo natural por encima de todo. Llegar al origen de las cosas cuesta, en ocasiones mucho, más de lo que nos hubiera gustado, pero ese precio que se paga (en sufrimiento, en heridas de guerra, en horas de carretera, etc.) bien merecen la pena para las personas que amamos lo genuino, para los viajeros que antecedemos a las personas por encima de todo, para los aventureros a los que las experiencias son las que nos marcan.

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Día 9 y 10: Mercado de pescado de Mbour, un lugar para los sentidos

El último día en Kédougou, de vuelta de los poblados, teníamos preparados una sorpresa. Eso sería a la tarde. Antes queríamos visitar la penúltima dura realidad de un país que lucha por subsistir cada día. Visitar una mina de oro.

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Los blancos escuchamos la palabra oro y se nos iluminan los ojos. Aquí, en esta mina artesanal a las afueras de Kédougou, lo único que brilla es el tesón de los hombres y mujeres que se dejan la vida por sacar miligramos del preciado mental entre toneladas de arena por un sueldo que depende más de la suerte que de su trabajo. En un lado los hombres machan a mano la tierra y escavan túneles en búsqueda del mineral pegado a las rocas. Bajo un minúsculo árbol que apenas da sombra una señora mezcla en un agua los elementos para encontrar algo dorado. A su lado una chica joven con un niño de pocos meses a su espalda, sigue picando. El esfuerzo mental por intentar comprender esto es en vano. No tiene sentido.

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Con sus desdichas en nuestras mochilas nos embarcamos en un bote para cruzar el río Gambia. Al otro lado del río debemos hacernos con material necesario para crear nuestras máscaras guerreras para la noche de despedida del poblado. Mientras elaboramos nuestras vestimentas, comienzan las despedidas. Los niños del poblado han llenado nuestra alma estos días. También los chicos, los voluntarios, que desinteresadamente vienen desde España para ayudar (Aida, Bea y Luis). Son los héroes de la noche.

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Otros guerreros, estos ataviados con el ropaje tradicional que marca la tradición, máscara, pulseras, cinturón y espinilleras hechas con ramas y hojas de árboles seleccionados, están a punto de entrar. Lo hacen sin avisar y comienzan las danzas africanas (el baile de máscaras). No hay tregua en unos minutos. Bailan sin parar, hasta la extenuación. Cantan gritos de guerrera. Asustan a los más pequeños. Y disfrutan de su cultura expuesta ante los “toubags”, los extranjeros como nosotros. Lo único que los hace parar es un giro inesperado, nos ponemos a contrarrestar sus bailes con sevillanas y jotas palentinas. Y acabamos con un cumpleaños feliz para José Pablo. Otro más fuera de España.

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Pero todo esto solo era la introducción a lo que iba a contar, nuestra experiencia en el mercado de pescado de M ´Bour, a 80 kilómetros de Dakar. Llegar hasta allí tampoco es fácil. De hecho nada es fácil en este país. A nuestro regreso rumbo a la capital tuvimos varios contratiempos. El primero un reventón en una de las ruedas que nuestro apuesto chófer no tardó en arreglar ni diez minutos. El otro, encontrarnos por el camino con la comitiva del presidente, Macky Sall. Fue nuestra perdición. La caravana infinita (más de 50 coches) obliga a todos los que circulan a echarse un lado para verlo pasar rodeado de lujos y con su propia ambulancia tras él en un país donde el sistema sanitario brilla por su ausencia. La tiranía del poder frente a nosotros cual maquiavélica película.

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Pero lo dicho, por fin llegamos a MBour, al Hotel Blue Africa. En la misma playa, con habitaciones a las que le llegaba a la puerta la arena, y desde la que se podía escuchar el mar sin problemas. Era de noche, era el momento de cenar y dormir.

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Al día siguiente, tras una visita al mercado artesanal, fuimos a la esencia de este pueblo costero, su mercado de pescado. Aparcamos a una cuadra. Caminando alcanzamos una de las esquina del enorme mercado que une sin separación el mar, la playa y lo más parecido a una lonja. El olor fuerte a pescado es lo primero que se cuela en los sentidos. Las moscas, invitados a esta fiesta, caminan a nuestro lado. Nos abrimos paso entre la multitud que espera en la playa a que algún pescado se caiga o, simplemente, por entretenimiento de ver pasar la película de la vida una tarde tras otra.

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Una vez que llegamos a la orilla nos ponemos frente a los barcos de madera que van llegando cargados de peces. Esperan hombre fuertes que llevaran las cajas repletas de especies del Atlántico entre el gentío hasta los puestos que reciben el género. En el camino, los más avispados, corren detrás de los transportistas para pillar algún pez al descuido. Una vez dentro, a salvo de espabilados, vuelcan las cajas en el suelo para su clasificación. A estas alturas el agua mezclada con las vísceras de los pescados ya llega por los tobillos. Uno a uno meten los pescados en camiones frigoríficos que ya no enfrían. Desde ahí se repartirán a medio África y, por supuesto, a España, uno de los principales destinos de este rico y fresco pescado. No hay sentido que no se haya despertado a estas alturas de la visita. El del gusto, aún adormilado, tiene su recompensa con el lenguado que nos comemos más adelante. Solo falta el atardecer de ensueño para que el director diga: “corten”. Pero no, el decorado no era de Hollywood, sino de Senegal auténtico.

Día 11 y 12: Lago rosa, Isla de Goree y Monumento a la resistencia africana

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Toca ir recogiendo. Deshacemos los pasos hasta Dakar para embarcar desde su aeropuerto internacional. Antes queremos aprovechar el último día desde los primeros compases al alba hasta los últimos rayos de luz. Para empezar ponemos nuestros pasos en dirección a uno de los paisajes más impresionantes del planeta, el Lago Rosa. Situado a 35 kilómetros al norte de la capital, una alga que está en sus aguas, da a este lago ese color que lo hace tan particular. Pero no sólo es el rosa (más o menos intenso según la estación, el viento o la hora. Mejor en temporada seca, sin viento y por la tarde) lo que hace particular a este lugar. Los trabajadores que se dispersan con sus barcas de madera en busca de la sal de forma artesanal, hacen que el viaje no solo sea una excusa para una fotos de Facebook, sino que tras este lago existe un mercado y unos hombres y mujeres que se sacrifican bajo el sol a cambio de sacar la sal de las entrañas de la zona lacustre.

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No dista mucho sus condiciones laborales, al igual que otras profesiones que hemos visto durante el viaje, de la esclavitud. Parece mentira que hayan pasado los años en balde. Precisamente sobre los esclavos antiguos, los que poblaban la Isla de Gorea (Isla de Gorée), conocimos muchos más en nuestro viaje a este duro e interesante lugar cuyo presente siempre será mejor que los años que pasaron. ¡Tres siglos como casa de esclavos! Se hablan de hasta 20 millones de personas. Hombres, mujeres y niños. El último lugar antes de marcharse para servir a sus verdugos en América (América Latina y EEUU). La historia nunca fue amable con las personas de raza negra. Tampoco lo es ahora en muchas ocasiones. La reflexión, en este lugar, se antoja obligada.

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* Para llegar hay que tomar un ferry con no muchos horarios (30 minutos de trayecto) y después comprar la entrada a la isla. Los tickets de la Casa de los Esclavos se pagan aparte. Se recomienda contratar un guía en el muelle del ferry para que os acompañe todo el camino. Los hay de habla hispana.

Con el sabor agridulce de saber que mañana el mundo seguirá igual, nos despedimos de Senegal desde uno de los lugares más particulares y discutidos de la capital, el colosal Monumento del Renacimiento Africano, una escultura en bronce realizada por una empresa norcoreana que costó 27 millones de dólares. De ellos, el anterior presidente Wade, pidió derechos de autor, es decir, que el 35 % de los ingresos que genera el monumento fuera a parar a sus bolsillos. La vida sigue igual, como decía…

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En el aeropuerto toca despedida. ¡Finaliza un viaje y comienza otro! Un gustazo haber podido compartir experiencias en vivo con los expedicionarios. ¡Hasta la próxima amigos!

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