Ruta por Etiopía

Día 0: España, ¿el Tercer Mundo? 

Noviembre 2010. Siempre hay dos momentos de inflexión sobre el territorio patrio en mis viajes: antes de empezarlos y al finalizarlos. Reflexiono sobre las bondades y defectos de nuestro país y los errores de sus ciudadanos. No hay que hacer leña del árbol caído ahora que achucha la crisis, pero tampoco mirar para otro lado o poner la otra mejilla.

El país de pandereta parece que lo dejábamos atrás, pero ahora vuelve a nuestro presente y, para colmo, a él se suman comunidades autónomas por si faltara gente a la fiesta. Algunos de estos fallos estructurales traducidos al día a día lo tuvimos que sufrir más de un centenar de pasajeros ante el abuso de una empresa, Ryanair (de nuevo), y la pasividad del órgano gubernamental competente, AENA, y el Ministerio de Fomento.

Etiopía

La niebla que invadió la tarde sevillana, incrustándose, milímetro a milímetro en cada palmo de la ciudad, anunciaba tragedia. Primero desviaron el vuelo a Málaga, comunicándonos que nos llevarían en autobuses a dicho aeródromo. Nunca llegarían. A las dos horas, nos anunciaron la cancelación del vuelo. No agua, no atención, no hotel, no información de AENA, no nada. En el limbo de la legalidad con la connivencia gubernamental. Tres hojas de reclamaciones, dos quejas formales y todo archivado y, por ahora, sin repuesta.

Había que huir del bucle negativo en el que se estaba convirtiendo la noche; y lo hice en taxi, en búsqueda de un hotel (no quería volver atrás, a mi casa) que pagaría, dicen ellos, los del seguro. Antonio, el taxista, me habló de lo divino y lo humano, de las deudas, los malos ratos… Tuvimos tiempo, intentamos probar suerte en siete establecimientos con mala suerte en todos ellos. Así que visto lo visto, cuando los minutos pasaron, nos dimos cuenta que hoy, 17 de noviembre, Antonio cumplía 35 años al volante. Le dije que había que celebrarlo y nos fuimos a por una cerveza.

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La libertad y la democracia que dan las barras de bar hizo que el grupo de taxistas que a esa hora lo llenaban y un servidor, tomáramos nuestros escaños para pasar revista a la actualidad. Con el trabajo hecho, probamos en el penúltimo hotel. No hubo suerte. Por fin, al filo de las tres y media de la madrugada, coloqué mis posaderas en la cama de un pequeño hotel de la plaza Carmen Benítez de Sevilla.

El vuelo para Etiopía sale mañana jueves a las 20:30 horas desde Londres Heathrow. Ahora, con el cambio, el mío llega a Londres Gatwick a las 16 horas. La incertidumbre de los cambios hace que dormir sea un ir y venir.

Aunque pueda parecer irreal, a la mañana siguiente Ryanair consiguió llevarnos a Londres, 18 horas después, eso sí. Lluvia, niebla, frío, nada extraño. Cojo el único autobús que enlaza Gatwick con Heathrow (National Express, 21,50 pounds, aproximadamente una hora). Todavía no soy consciente que comienza la aventura, o mejor dicho, ya ha empezado. He tenido tiempo para pensarlo, y no lo he hecho, pero la caprichosa mente me mandó un recado cuando me marchaba de la redacción por última vez antes de coger la mochila y los bártulos. Un pellizco en el alma que dice que la experiencia marcará.



En el vuelo regular de Ethiopian Airline (compañía de bandera del país, la más recomendable, ya que si vuelas con ella una vez en Etiopía puedes comprar vuelos domésticos con descuentos, además de ser una de las más económicas que operan a este destino) viajan deseos, inquietudes y muchas ganas. Tiempo después, un sueño se cumple.

 

Día 1: Aterrizando en África, conociendo Etiopía 

A las 08:25, hora local, aterrizaba en Addis Abeba, la capital de la República Federal Democrática de Etiopía, el único país africano que nunca llegó a ser colonizado. Esta característica, que no se debe pasar por alto, hace que esta nación esté marcada por una multiculturalidad etnográfica muy particular que, junto al aspecto geográfico (a pesar de estar situada casi en el ecuador su altitud media es de 3.000 metros) concede a Etiopía unos rasgos marcados. Son éstas solo algunas de la razones por las que elegí este destino, además de por sus amplios y maravillosos recursos culturales y naturales, para esta aventura que quiero vivir en la soledad pretendida del viajero. Junto a ello, buscaba un destino diferente y “complicado”. En pocas horas ya me he dado cuenta que todo se cumple.

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Es misión prácticamente imposible describir esta ciudad. Es África, la capital del continente, nuestra Bruselas, pero tal vez por ello, por ser centro neurálgico y estar enclavada aquí, vive en la contradicción. Su gente parece amable, pero la ley de la calle marca otro ritmo, las aceras, los caminos no existen, rasgos y etnias (Amaras, Oromas, Tigres y 77 grupos étnicos más) se mezclan en un perfecto desorden, en definitiva, nada resulta ser como se planea, nada es como parece, el aquí y ahora reina por estas tierras.

La primera lucha del día es por el visado (17 euros justos y el pasaporte preparado. Para los ciudadanos españoles no es necesario gestionarlo con anterioridad, pero de querer hacerlo hay que tramitarlo en la embajada de Etiopía en París). Tras ello, el regateo con los taxistas (nunca más de 100 birrs hasta el centro de la ciudad). Y después, la realidad, muy agria en términos económicos y sociales.

Me alojo en el Taitu (aproximadamente 14 euros la habitación con baño privado), buena recomendación de Gema (compartí Ruta Quetzal con ella en 2008) y Manuel Ruiz Rico, compañero en El Correo de Andalucía y anfitrión de mi visita). Toca ordenar y repartir el dinero y poner a salvo el pasaporte, un yugo constante en este tipo de viajes. Tras ello me toca ir a la oficina de Ethiopian Airlines a coger varios vuelos domésticos que me harán falta y un billete de autobús. He llegado con lo puesto al país y tengo que arreglar mi estancia para que sea lo más fructífera posible.

No doy dos pasos, y ya tengo a tres amigos de lo ajeno a mi lado. Al rato pierdo de vista a dos, pero uno me sigue. Sabe engatusarme como una mujer fatal a pesar de saber que la historia acabará mal aunque me empeñe en engañarme. Será mi guía improvisado en una ciudad en la que las calles no tienen letreros con sus nombres, si es que algunas los tienen, y donde el mapa occidental brilla por su ausencia: visitamos Bete Mary Church y el Mausoleo de Menelik II, el Museo arqueológico que tiene en su interior a Lucky, el esqueleto homínido que caminaba erguido más antiguo del mundo (3,5 millones de años) que se encontró en Etiopía, la Catedral de Bete Georgis, el Parlamento, el Ayuntamiento, etc.

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Mi ayudante, de nombre impronunciable, cuerpo menudo, brazos flacos, bigotillo, perilla y amplia sonrisa, me habla de lo que el gobierno llama democracia cuando debería decir dictadura; también me cuenta, y por un momento me lo creo, que estudia derecho, aunque el único título que posee por el momento es el de la universidad de la calle. Es de Gonder, al norte del país, y vino, me explica, para ir a la facultad, todo ello en un perfecto inglés.

La visita, por eso de la hora, da paso a la comida. No elijo yo, se encarga él. No acierto a decir el camino por el que me lleva ni a concretar el sitio en un mapa, un lugar a medio camino en una casa de familia humilde, un menesteroso club social y un bar chusquero.

Lo cierto es que era lo que quería: comer en un lugar en el que fuera el único blanco, es decir, donde van los etíopes, comer lo que ellos comen, la injera (una especie de pan plano y blando elaborado con harina fermentada de teff, un cereal local, que se calienta en un gran plato redondo sobre las ascuas y se acompaña de carnes o purés). Para continuar con los tradicionalismos, me aconsejó sobre el uso y costumbre para con este plato que compone su dieta diaria, se come con las manos, en concreto con la derecha; se pelliza un poco de injera, se coge carne o puré, y se embadurna de salsa.

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Lo hice todo como mandaba la tradición, sumándole además el consumo temporal de Chat o Kath, un estimulante suave que se mastica y posteriormente se traga solo o acompañado, para evitar el amargor, junto a cacahuetes. La música que nos acompañaba era la Tedy Afro, el rey del reggae por estos lares, muy propia para el espacio donde nos encontrábamos, un recinto construido por y para rastafaris (este movimiento socio-cultural y religioso que considera al emperador de Etiopía Haile Selassie I, antes llamado el Príncipe Ras Tafari (en amárico), como la reencarnación de Cristo, tuvo sus orígenes en el país).

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La factura del almuerzo me llegó a la vez que la del guía casual. Me prestó una tarjeta SIM etíope, que en principio me prestó sine die, para que la probara en mi móvil desde el frágil aprecio que a esa hora nos unía, pero pronto se tornó en obligación de compra. Poco más de siete euros al cambio que me sirven para llamar en el país y, sobre todo, para aprender. El axioma lo dice, sin riesgo, no hay aventura. Aún así, aún me queda ajustar mis parámetros occidentales a los que gastan por aquí.

La novatada ya la pagué. Ahora, cobijado entre las paredes de mi habitación, intento descansar. No hay lugar al descuido, ni tan siquiera en el sueño, pero por mi no va a quedar, voy a intentarlo.

 

Día 2: Caminos de polvo, sudor y lágrimas (hacía Bahar Dar)

Suena el despertador. Son las 04:50 a.m. Tal vez una hora indecente en Europa, pero no aquí. La mayoría duerme, pero varios corren, juegan, apuran los últimos sorbos de vaso largo o preparan su equipaje para marcharse a otro lugar. Es mi caso, mi próximo destino: Bahar Dar. Antes de llegar me esperan muchas horas de camino (Sky bus, autobuses convencionales, 10-12 horas / 306 birrs, aproximadamente 14 euros; en minibus más baratos y menos tiempo pero mucho más incómodo). Será un camino ansiado para mí. En él me acompaña el que he querido que fuera compañero de viaje permanente, el que me conduce y escolta, Ébano, un libro de Ryszard Kapuscinsky.

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Conforme dejamos atrás la capital, va floreciendo la Etiopía más cercana a la realidad de los casi 80 millones de habitantes que la pueblan. Habla Kapuscinsky, maestro de periodistas: “En medio de esas palmera y lianas… el hombre blanco aparece como un cuerpo extraño, estrafalario e incongruente. Pálido, débil, con la camisa empapada en sudor y el pelo apelmazado, no cesa de atormentarle la sed, el tedio, la sensación de impotencia. El miedo no lo abandona: teme a los mosquitos, a la ameba, a los escorpiones, a las serpientes; todo lo que se mueve lo lleva al terror, al pánico.

Los del lugar, todo lo contrario: con su fuerza, gracia y aguante, se mueven con desenvoltura y naturalidad, a un ritmo que el clima y la tradición se han encargado de marcar…”. Y añade: “Y… el descubrimiento más importante: la gente. Gentes de aquí, del lugar. ¡Cómo encajan en ese paisaje, en esa luz, en ese olor! ¡Cómo se convierte el hombre y la naturaleza en una comunidad indivisible, armónica y complementaria! ¡Se funden en un solo cuerpo!”. No se puede describir mejor, tan solo se pueden añadir matices personales, tal como lo duro que resulta ver, dentro de esa unidad, ese paisaje, el caprichoso destino que les depara a los más pequeños para su futuro y el desagradable presente que está escrito para jóvenes y mayores.

Una parada en Debre Markos, a seis horas de Addis Abeba, es justo lo que falta para confirmar que los efectos capitalinos perniciosos que se instalan en la población ya han desaparecido. La gente habla sin pedir nada a cambio, ofrecen una sonrisa, comparten contigo una charla, un poco de injera. Precisamente en uno de sus bares conozco a una joven etiope. Hablamos de Bahar Dar, de la gastronomía o la cultura africana mientras bebíamos la bebida universal por antonomasia: la Coca Cola (la más barata que me he tomado en un bar, 0,20 céntimos de euro al cambio).

En el autobús el negro predomina sobre el blanco: dos alemanes, un noruego, dos israelitas y un español. Parece un chiste… más de diez horas después llegamos a Bahar Dar, que en lengua amarían significa “a la orilla del mar”, la capital de la región de Amara y punto de partida de variadas y estupendas visitas. Pero antes de todo esto, hay que buscar alojamiento. Para ello me alío con Björk, mi otro compañero de viaje en el autobús.

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Es de un pueblo cercano a Oslo y ha pasado buena parte de su vida viajando de aquí para allá, de hecho más de 80 países lo atestiguan. Su caso, es el claro ejemplo en el que se pone de manifiesto que querer es poder. Él derriba todos los mitos del viajero yupi o multimillonario. Estudió para chef, pero eso no fue suficiente. Entró a trabajar en una empresa informática y, no sin esfuerzo, fue ascendiendo. Para viajar, a pesar de tener un buen sueldo (más de 3.000 euros mensuales), tiene que hacer horas extras en un taxi de un amigo en verano. Todo por descubrir nuevos países, nuevas culturas, nuevas gentes.

No va a ser fácil, hoy es fiesta, se celebra el 30 aniversario de todavía no sé bien qué efeméride. Todos los hoteles, hostales y pensiones del pueblo (probamos en más de una docena) están llenos de locales llegados desde distintos puntos del país. Nuestra última oportunidad es negociar con el manager del Ghion Hotel (una de las principales cadenas hotelera y turísticas en Etiopía), un precioso alojamiento a orillas del Lago Tana. Hasta tres horas de incertidumbre tuvimos que aguardar con paciencia y en silencio. La respuesta: “no hay habitaciones disponibles”. Eran más de la ocho de la tarde, noche cerrada ya.

La única solución que nos daban era colocar dos camas en el salón de conferencias y cobrarnos 50 birrs (aproximadamente 2 euros al cambio) por pasar la noche. Realmente no era mala idea, y así acabamos: durmiendo bajo una alargada mesa de reuniones, en un catre dispuesto en el suelo y admirando fuegos artificiales que ponían el colofón al 3º aniversario de no sé qué. Tres colores para alumbrar el cielo, los mismos que los de la enseña nacional; verde, que representa la fertilidad, el amarillo que significa libertad religiosa y el rojo, por los mártires y los héroes.

Aun faltaría, en torno a las tres de la madrugada, para completar el surrealismo de la noche, la llamada al rezo para la población musulmana (45 % de la población). No hay horas en el día…

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Día 3. El Nilo empieza en Etiopía

Mi hotel está a orillas del Lago Tana, el más grande del país. Sus aguas, que forman un corazón humano, acogen a todo tipo de peces, hipopótamos, cocodrilos e incluso pueden verse hienas y leopardos en su orilla.

A solo un paso de la habitación, amplía y luminosa a la vez que discreta y con dos anti mosquitos, una mosquitera y una salamandra que me ha acompañado durante la velada nocturna, están los barcos con los que había que atravesar la lámina de agua. Antes de tomar uno, he tomado para desayunar una tortilla especial (es decir, picante, aunque yo no lo sabía. Siempre es mejor pedir las cosas sin picante) y un sabroso zumo de guayaba, elección de, entre otros, piña, papaya o aguacate.

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El Lago Tana está salpicado por cerca de 40 islas. A una de ellas, al península de Zeghe, nos dirigíamos para ver uno de los monasterios que pueblan este trozo de tierra rodeados de mar. Para llegar a ellos se puede usar una embarcación de motor (aproximadamente 150 birrs/pax, es decir, sobre 7 euros), utilizar el transbordador (solo viaja dos días en semana) o navegar en un tankwa. Este último, personalmente, es el que más me fascina. Estas canoas están hechas de papiro y cuerdas y se usan desde hace siglos ayudándose de un remo. Su vida útil es de no más de un mes, aunque parezca sorprendente por los materiales de los que están hechas. Me hechiza verlos por el lago y me recuerdan a los barquitos de totóra que usan los Uros en Chile.

Para llegar al monasterio más emblemático del lago, Ura Kidane Mihret, previamente hay que pagar el peaje turístico correspondiente. Esto se traduce en una visita a un monasterio menor, Debre Maryam (la visita a cada iglesia es voluntaria y cuesta 50 birrs más las propinas a los guías) y el paso obligado por tiendas de recuerdos montadas en medio de los vastos caminos de arena.

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No hago ni lo uno ni lo otro, y aprovecho el tiempo para charlar con algunos jóvenes de la isla. Me enseñan los cafetales y probamos algunos de los frutos sin madurar aún; también aprovechan para contarme que la vida en la península es entretenida, pero nada fácil. Por ponerme un ejemplo, para llegar a la escuela, los chavales necesitan una hora caminando; los que van al instituto tienen menos suerte, ¡tres hora los separa! Tras la charla, dos de los pequeños me acompañan hasta el monasterio principal. Visten como pueden, una suerte de harapos roídos por el paso del tiempo. Su conversación torna pronto en el fútbol. Conocen a todos: Xavi, Iniesta, Puyol, Casillas, Torres…

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Escondido entre un tupido bosque tropical, aparece el monasterio de Ura Kidane Mihret. Construido en el siglo XIV y reconstruido dos siglos después, su estilo arquitectónico es un claro ejemplo de las construcciones de la iglesia ortodoxa etíope: una plataforma circular con paredes de argamasa de barro y techo de paja con forma de cono. Entrar en ella (siempre descalzos, como en el resto de templos del país) es regresar en el tiempo al pasado, transportarse a la parte más espiritual del país.

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Junto al templo, todos los monjes descansan y beben en una habitación. Al fondo de una sala oscura, lúgubre, reposan sentados, en duermevela, los monjes. Es la hora del almuerzo y varios jóvenes preparan injera y tela (una cerveza artesanal). Me ofrecen y, lógicamente, pese a las recomendaciones de los médicos en estos casos (la cerveza está elaborada con agua del grifo y no demasiadas garantías higiénico sanitarias), acepto encantado. Sabe a cereal y la rudimentaria molienda hace que en el paladar se sientan los restos del maíz y la cebada.

Nada más regresar, se nos presenta a Björk y a mí la posibilidad de ir a ver las cataratas del Nilo Azul. No nos los pensamos ni un momento (se puede ir en mini bus de Bahar Dar a Tys Abey (1 hora) y comprar la entrada (15 birr/1 euro) o se puede contratar un viaje organizado (de 75 a 150 birrs más la entrada). Un rugido ensordecedor pero delicioso prolonga a la vista la fascinación inmediata con la que se deleitará. Tras quince minutos caminando entre montañas, ahí está, imponente, con sus 45 metros de alto y 400 de ancho, las cataratas del Nilo Azul (uno de los dos ríos, junto al Nilo Blanco, que kilómetros después aportan sus aguas al Río Nilo).

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El día ha sido largo, pero antes de dormir, otro acontecimiento, nos sorprenderá. Una amiga etíope que conocimos en el bus de Addis a Bahar Dar nos invita a la celebración de la boda de unas amistades que se celebra en nuestro hotel. Junto a ellos disfrutamos de los bailes mientras que me cuenta que esto es solo el segundo día festivo, aún quedan dos más (el primer día es el baile, el segundo la celebración, el tercero se lleva a cabo una fiesta en casa del matrimonio y el cuarto se va a casa de los padres de la novia). No sé cómo, pero finalmente termino en el centro del baile moviendo caderas y hombros, al estilo etiope, junto a los novios.

Lo que son las cosas, los que nos íbamos ataviados para la ocasión, en este caso, fuimos los blancos. Ellos, chaqueta, ellas, traje largo; nosotros, pantalón y camiseta.

 

Día 4: De Bahar Dar a Gonder en mini bus

La mañana es relajada. El frescor que abanica las noches va dando paso a un calor, que por horas, se torna en asfixiante. Tenemos tiempo para disfrutar del desayuno (siempre había probado el zumo de piña envasado, nunca como en esta ocasión, natural). También buscamos una hora para conectarnos al mundo a través de Internet. La conexión no es muy buena (telefónica), así que cunde poco. De Bahar Dar queremos ir a Gonder, tal y como lo hacen los locales, en mini bus. En principio, nos llevará cuatro horas, pero eso del tiempo no es precisamente lo que más importa en este país. Aquí se sabe cuando están previsto que comiencen las cosas, pero nunca cuando pasarán realmente.

El camino arranca entretenido. En pequeño autobús hay once asientos y el del conductor; otro chaval, que suele ir de pié, le ayuda a ir llenando el estrecho y poco confortable vehículo al grito de la ciudad de destino. Mientras uno conduce, el otro saca la cabeza por la ventanilla buscando clientes por las calles: “Gondar, Gondar, Gondar”. Los pasajeros suben y bajan sin orden, todo es un caos organizado. El blanco asiste a este hecho cotidiano con sorpresa y desconcierto. A mi lado se sienta una profesora de matemáticas. Me intenta explicar, en un inglés correcto, lo que ha enseñado a sus chavales, y me muestra los problemas y cuentas escritas en el libro que usa para enseñar.

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En un país en el que el PIB per capita es de 1.370 dólares (En España es de 35.116 dólares), como se puede comprender, la educación pasa a un estrato secundario. No obstante, me dice que los niños intentan no faltar nunca a clase aunque para ello tengan que andar horas y horas de camino o tengan que llevarse a sus hermanos pequeños para que sus padres encuentren alimento para ese día. Cruda realidad.

Ella se baja mucho antes de mi destino y, en su lugar, se sienta un amable chico que me ofrece la mitad de la caña de azúcar que acaba de comprar. De forma torpe intento imitarlo mientras pela la caña y le saca todo el jugo. Un par de horas antes de llegar a nuestro destino, el mini bus se desvía. Va a cargar la baca con grandes alpacas de paja. La operación dura un rato, que es lo que sirve para estirar las piernas.

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A Gonder, la ciudad fundada por Fasilidas en el siglo XVII, llegamos al medio día. A primera vista parece una ciudad ordenada, aceras separadas claramente del asfalto y medianas a modo de decoración. El Circle hotel (175 birrs la habitación), un modesto alojamiento situado en el centro de la ciudad, es nuestra elección.

Mi prioridad es encontrar la forma de llegar a Axum, mi próximo destino. A las cinco cierran los comercios, hay que darse prisa. Voy a la oficina de Ethiopian Airlines (hay una en cada mediana o gran ciudad). Las noticias no son halagüeñas. Es martes y hasta el sábado no hay vuelos con plazas. Demasiado tarde. Para colmo, me confirma que no hay plazas libres desde Lalibella hasta la capital (en coche o bus me llevará dos días que no tengo). Por suerte queda una plaza desde un pueblo cercano, Mekele, a ocho horas de camino. Eso está arreglado, ahora tengo que llegar a Axum.

En la estación de buses me dicen que el autobús para mañana está lleno. Tengo que probar suerte a primera hora del día siguiente, pero me advierten que será muy complicado, muchos locales usan esa ruta. Empiezo a sudar, tengo calor. ¿No sé qué más puedo hacer? No me resigno y lo vuelvo a intentar. Me repiten la misma cantinela. Mientras salgo con Björk de la estación entre risas de desesperación, el mismo señor que me ha atendido me avisa por la espalada. Me pide que lo siga, ha conseguido un asiento para mí. Serán catorce horas en algo parecido a un autobús, pero hace unos minutos no tenía nada.

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Después de la obligación, pude disfrutar al fin de la ciudad y su magnífico recinto real. Lo primero que uno piensa cuando atraviesa algunas de las doce puertas que dan acceso al recinto, es a quién se le ocurrió la idea de crear una ciudad imperial con arquitectura medieval europea en pleno corazón de África. El genio fue le emperador Fasilidas. Su castillo, la joya de la corona, junto a otros seis, el archivo y otras edificaciones, componen este majestuoso conjunto. Aprovechamos la caída de la tarde para tomar buena cuenta de ello en nuestras cámaras fotográficas.

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Después de horas sin probar bocado pusimos rumbo a un restaurante del que nos han hablado bien, el que está situado en la terraza del Quara hotel (cena por unos 50-75 birrs, 3- 4 euros). Unas pizzas serán el mejor desenlace para una jornada que ha vuelto a ser muy dura pero a la vez muy interesante.

 

Día 5: Odisea en el autobús (De Gonder a Axum)

El toque de diana está previsto a las 04.20 a.m. para tomar el bus que me llevará a Axum. Cuando uno tiene que despertarse a esas horas, el cuerpo está en alerta permanentemente, mirando el reloj a cada instante y viendo como el tiempo pasa despacio, o rápido, según pinten la ocasión. Por si acaso, el recepcionista, con el cual apalabré un taxi la noche antes para que me llevara a la estación, se apresura a llamarme a la hora fijada, las 04.30 horas, por si acaso había caído en las garras del sueño.

Diez minutos antes de las cinco llegué a la estación, situada detrás del recinto real de Gonder. Tapados con todo tipo de ropas y artilugios, algunos llevaban puestos toallas, otros batas de médico y hasta pude ver algún delantal de carnicero a modo de foulard, deambulaban por los alrededores cual hora punta en cualquier estación del mundo. A ésta le falta luz, está a oscuras, casi oculta en el laberinto de calles que conforma una ciudad tipo etíope. Soy el único blanco despierto y pronto la multitud se percata de ello. Me miran con curiosidad, simpatía… La escasa luminaria que haya parece que me señala a mí.

No pasa ni un minuto cuando un par de jóvenes me hacen un hueco entre el gentío. La cancela está cerrada para todos, excepto para el blanco. Son las cosas de África, supongo que muy a pesar de ellos, tras haber sido nuestros antepasados yugos y verdugos, malos con este continente.

Me llevan al autobús, el 9062, que me conducirá a Axum. Tengo un sitio privilegiado, junto al chófer, en el único asiento en el que se puede viajar solo, con unos centímetros más de espacio. Mi gran duda es saber cuándo llegaremos a Shire, el pueblo en el que tendré que coger un enlace hasta mi destino final. En total son 360 kilómetros, pero en este lugar no valen las matemáticas occidentales, las cuentas las marcan en Etiopía las circunstancias del presente, del aquí y ahora.

El conductor me dice que en diez horas, otro señor se lía entre el horario etiope (el amanecer, siempre a las seis, equivale a las cero horas, a partir de entonces, el día concluye a las 12 horas, seis de la tarde para nosotros). Me preocupa no poder enlazar con el minibus a Axum y tener que pasar la noche en un pueblo que no aparece ni en la guía.

La explanada que conforma la estación se convierte a las cinco en una colmena repleta de abejas ávidas del mejor polen. Se buscan la manera de coger el mejor sitio. El viaje será largo. Para mí, apostado inmóvil en mi asiento, la situación es inenarrable. Nunca antes había visto algo similar. Todavía no ha amanecido y dentro del gran caos organizado, los autobuses, que compiten en longevidad, van dejando atrás la polvareda en la que se transforma por unos minutos un gran garaje que en no más de media hora, quedará huérfano.

Los contratiempos comienzan cuando a las dos horas se estropea el ómnibus. Al cansado motor que mueve el amasijo de hierros le pasa algo más. Junto al conductor, por si acaso, viajan uno o dos ayudantes, mecánicos, chicos para todo: cumplen órdenes del conductor, limpian los cristales, hablan con la autoridad y arreglan un roto o un descosido.

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Soy el único farengi (extranjero en amarían). Gran parte de los viajeros son humildes campesinos que poco saben de la lengua de Shakespeare. Estoy solo, en no sé dónde, con un autobús en medio de la carretera por una causa todavía desconocida. Por suerte para mí, un joven con una llamativa camisa azul, se me acerca para tranquilizarme: “lo arreglarán pronto, ha sido la correa”, me dice. Aprovecho la tangente para entablar conversación, él será mi intérprete a partir de ahora. Su nombre es complejo y lo olvido, pero ya sé que estoy en buenas manos, trabaja como policía en Addis y ahora goza de unos días de permiso.

Todo se arregla y la destartalada tartana continua su ruta, parando de nuevo en Debark, la puerta de entrada al Parque Nacional de Simien Mountains (Simien significa montaña en amarían). Paramos para desayunar, en torno a las once. Todo el mundo me taladra con la mirada, me ofrecen chicles, granos y hasta un par de gallinas. Quiero algo más de andar por casa. Pago la Coca Cola y aprovecho el receso para jugar con unos chavales en un destrozado futbolín. El español, el que todos dicen que se parece a Cesç Fábregas, es bueno. Aplastante paliza a los rivales.

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A la hora de partir, el vendedor de gallinas consigue colocárselas a una pasajera: ya somos 36 viajeros, varias maletas, una decena de cajas que envían familiares de un lugar a otro, tres bastones y dos gallinas.

Ahora, cuando no hay lugar al aburrimiento con tan solo observar los arcenes en los que se amontonan niños, mujeres, vacas, ovejas y camellos a partes iguales, la policía nos conmina a bajar en uno de los check points habilitados en la ruta. ¡Todos abajo con los pasaportes!

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Después va una tan espectacular como peligrosa carretera de tierra con escarpados precipicios. El camino abre ante los pasajeros una maravilla natural que, por momentos, hacen olvidar el dolor de posaderas de los asientos de escay sin acolchar que hacen sentir muy dentro la madera de la que están hechos. Es el considerado “Techo de África”, el Parque de las montañas de Simien, que tiene entre sus picos el más alto del país, el Ras Dashen, 4.620 metros de grandiosidad.

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Son ya las 15.30 p.m., llevamos ya diez horas de camino y, ni de cerca, nos aproximamos al destino. El ritmo en esta estrecha pseudo carretera es infernal, varía entre los 10 y los 15 kilómetros por hora. Sin pausa pero sin prisa, vamos echando horas fuera, pero al poco, un nuevo contratiempo aparece. La carretera está destruida a causa de un desprendimiento. Estará cerrada, ellos dicen, una hora.

Cuatro grandes máquinas se afanan en abrir el camino, pero la tarde va cayendo. Todo los viajeros observan, curiosos (por definición igual a etíope), la escena. No he comido en todo el día más que unos panecillos y el agua se me agota. Si no consiguen arreglar la carretera antes de que anochezca, tendremos que hacer noche allí, en medio de las montañas, intentando pegar ojo en uno de esos fantásticos asientos a los que tenemos derechos por los 89 birrs (4 euros) pagados por nuestros billetes.

Con los últimos rayos de sol, por suerte, los operarios nos dan vía libre. Ya es de noche y yo, que voy en primera fila, no distingo entre la luz larga y las cortas. La oscuridad se convierte en un abismo peligroso al volante. Solo faltan dos horas para llegar.

Por fin conseguimos la gesta pero, no me da tiempo a celebrarlo y a estirar las piernas cuando mi amigo el policía tira fuerte de mí para llevarme inmediatamente a un hotel. Shire no está muy acostumbrada a visitantes y, más en la noche, soy un gran extraño. Apalabra para mí una habitación (lo más parecido a la de una prisión en desuso) por 40 birrs (menos de dos euros al cambio). Será suficiente para descansar esta noche.

 

Día 6: Relax en el antiguo imperio

A pesar de mis deseos, aún me quedaban dos horas de peripecias al volante y circunstancias varias para llegar a Axum. Esta ciudad, situada al norte del país, otra capital de un vasto y glorioso imperio, se considera el origen de la actual Etiopía. Abarcaba desde las actuales tierras hasta Eritrea más Sudán y Yemen.

Según marca la tradición, la reconocida Reina de Saba, que hace más de 3.000 años gobernaba estas tierras, obtuvo de Dios sus favores para con su ciudad después de que el hijo de Saba y Salomón, Menelik II, llevase el Arca de la Alianza de Jerusalén a Axum. Según la leyenda, como explica Denberu Mekonnen Siyoum en la única guía de Etiopía editada en español (Ed. Laertes), el Arca de la que se habla en el Antiguo Testamento se conservaría todavía en la ciudad, en la Catedral ortodoxa de Zion.

Todo este pedazo de la historia estaba a mis pies. Cansado de horas de impertinente viaje, insalubres platos de ducha, ligeros colchones y otros, decidí poner mis pasos rumbo al Yeha Hotel (de la cadena Ghion hoteles). Este establecimiento al que llegué en tuc-tuc, una especie de moto cubierta de lonas y con asientos para dos personas, se enmarca dentro de la categoría medios – altos. En él se alojan grupos de turistas ávidos de la burbuja necesaria para poder decir “he estado en África”, pero sin tocarla. También duerme algún viajero desahogado y otros que llegan despistados. Se alza sobre una colina desde la que se divisa el Parque de las Estelas, con sus famosos obeliscos, la iglesia y los Baños de la Reina de Saba.

Todo era idílico, pero estando en este país, eso no podía ser así. Abrí el grifo para darme una ducha y tan solo corría agua fría por las maltrechas tuberías. La lucha, con “l”, por el líquido caliente, duró todo el santo día. Llegaba la gobernanta, probaba el grifo y se iba; el de mantenimiento ídem de lo mismo; más tarde el recepcionista, y así hasta desfilar por el camarote de los Hermanos Marx hasta siete personas diferentes. El final de la historia es bien sencillo, me duché con agua fría. No obstante, esto no fue óbice para gastar el resto de mi día relajado entre lectura, escritura y siesta.

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Entremezclando una con otra, me tomé la tarde para visitar los cuatro puntos de interés de la ciudad: el Parque de las Estelas (que tiene más de 300 losas, estelas y obeliscos de distintas épocas), la Iglesia de Santa María de Zion, los Baños de la Reina de Saba más las ruinas del palacio de la Reina y la tumba de Gebre Merkal.

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Cumplido el protocolo cultural, en este caso más bien escaso pero sentimental, seguí leyendo a Kapuscinski mientras con el rabillo del ojo me deleitaba con los últimos rayos de sol difuminándose en el horizonte. Acto seguido, casi a oscuras ya, conocí a Georgios y Thomas, dos griegos, amantes de los viajes, que habían venido a Etiopía para visitar un proyecto asistencial para niños huérfanos con el que colaboraban.

Para continuar con la charla nos sentamos a la mesa. Pedimos sopa de espárragos y goulash (filete empanado) de cordero. De beber, St. Giorgis, la cerveza nacional. Hablamos de cosas en común, la cultura, la gastronomía, la gestión de nuestros políticos, la crisis, la pasión por el deporte y así hasta las tantas. Hablé lo suficiente y escuché con atención los más de 65 años de experiencia que atesoraba cada uno de experiencias y vivencias. Nos despedimos hasta la próxima vez que nos veamos por el mundo.

 

Día 7: La octava maravilla del mundo

Segunda capital del antiguo imperio de Etiopía, la Jerusalén de los cristianos ortodoxos, la fascinación hecha piedra, la octava maravilla del mundo. Y así durante días podría estar refiriéndome a Lalibella y sus inusuales, grandiosas y sorprendentes iglesias excavadas en la roca.

Para llegar a este pueblo situado en la ruta norte del país, se puede usar el autobús, el 4×4 o el avión. Esta última opción (120 €, 85 € si te beneficias del descuento por haber volado al país con Ethiopian Airlines) es la que utilicé para acortar el camino entre Axum y la ciudad santa.

En el hotel de Axum, estuve al quite de un grupo de turistas alemanes que se marchaban al aeropuerto en su propio mini bus. Me fui acercando poco a poco, y al rato pregunté si podía hacer el traslado con ellos. Todos amantes de nuestro país, no cesaban en enumerarme algunas de las ciudades más turísticas: “bonita Málaga”, “delicious Granada”, “Mallorca, guauu”, “great Marbella”, etc. Y así hasta completar un mapa imaginario que la mayoría de los alemanes, supongo, tienen de la piel de toro.

Los aeropuertos, a excepción del de la capital, parecen más una estación de autobuses de cualquier pueblo de España que un aeródromo como tal. Semi vacíos, una sola azafata atiende una cola casi diminuta. A los tenderetes dispuestos aleatoriamente por el hall, los llaman tiendas. Y en el duty free, tres estantes baldados, sin luminosos ni carteles, venden, sin impuestos, galletas, agua y toda clase de mieles.

En Lalibella, previo consejo de mi amigo Manuel, me quedo en el Seven Olives Hotel (entre 300-400 birrs, al cambio entre 14 y 18 €) que cuenta con el mejor restaurante de la ciudad y muy frecuentado por españoles. Formalizo el ingreso en el hotel y aturrullo al recepcionista con ciento una peticiones. Necesito hacer muchas cosas en poco tiempo.

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Por orden, dejo la maleta, compruebo la habitación, ya por costumbre más que porque aquí se pueda hacer algo por arreglar algo (una frase muy extendida en el sector servicios de este país es “no puedo hacer nada” o “es imposible” y tan panchos), voy a pedir lo que falta, jabón, toalla, papel higiénico. Más tarde intento arreglar algo que me atormenta desde hace días: cómo volver a Addis (mi vuelo sale en dos días, el sábado por la noche para Sevilla vía Londres, justo lo que necesitaría, teniendo en cuenta que no esté ninguna carretera cerrada, para llegar a la capital en bus).

Justo enfrente de mi hospedaje está la oficina de las aerolíneas nacionales. Ya comencé las gestiones ayer, en Axum, y por lo menos estoy en la lista de espera del vuelo Lalibella – Addis Abeba que a esta hora está lleno para mañana viernes y para el sábado. Con la misma cantinela y varios nombres apuntados en una hoja de papel, pido hablar con el encargado. Me atiende y me dice que me plante en el aeropuerto. Hay 50% de posibilidades de que pueda volar. A estas alturas no me creo nada, iré porque no tengo más remedio.

A contra reloj ahora me toca buscar un guía oficial para entrar en las iglesias de Lalibella (la entrada cuesta 350 birrs, válida para cuatro días consecutivos, y el precio del guía es negociable pero ronda en torno a los 300-500 birrs). Un pantalón azul de pinzas y una chaquetilla a juego esconde la ropa del día. Belaynew Mengesha no llega a los treinta. La historia de las iglesias se la sabe de memoria, no le hacen falta chuletas. Tan solo usa como recurso auxiliar el Nuevo Testamento. Es muy religioso y, a los datos históricos y culturales, añade apuntes bíblicos. Se las sabe todas y me previene que tenemos poco tiempo, que no nos dará a ver todo. Hay que intentarlo.

Lo mejor es empezar por el primer grupo o grupo noroeste. Aquí está la Iglesia de Bete Mehahrea Alem, la mayor del mundo esculpida en una sola roca; las ventanas también son de la misma roca, y los pilares, y los escalones, ¡absolutamente todo tallado en una misma roca! (a este tipo se les llama monolíticas, también están las semi-monolíticas y las construidas en cuevas). Bete Maryam también es un monolito perfecto; Bete Kiudas Mikael y Bete Golgotta es un mismo bloque pero son dos iglesias, etc. Así hasta diez templos que conforman el conjunto declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y se considera el principal lugar de peregrinación de los cristianos ortodoxos que un día mandó a construir el Rey Lalibella a los 24 años.

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La iglesia número once, Bete Georgis, la más fotografiada de todas, también fue la última en ser esculpida, y se dedicó al patrón de Etiopía, San Jorge.

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Tres horas, un día o una semana, siempre es poco para deleitarse ante tan sorprendente arquitectura y, mucho más, comprender como las pudieron erigir. Me lo preguntaba a cada paso, pero ni tan siquiera expertos han podido dar con la tecla. Antes de despedirnos me regala Belaynew la cruz de Lalibella que lleva consigo. Me cuenta que se la regaló su madre hace años pero que soy un buen hombre y quiere regalármela. En ella están representados los doce apóstoles que me protegerán, me explica.

La cena, después de leer y escribir un rato, la atraso hasta la nueve. A mi izquierda, una voces hablan por encima de la media del volumen del comedor. No hay duda, son españoles. Me acerco a hablar con ellos y sus respuestas, en castellano, me hacen sentir cual niño el día en el que lo visita el Ratoncito Pérez. Llevo ocho días y pensando en inglés. La alegrías es mayúscula. Compartimos, a los postres, impresiones de nuestras distintas rutas por el país.

Luego llegarían dos amigos más que viajaban parte, Paco y Antonio. Con ellos me quedo un rato más. Han alquilado un coche. Me invitan a ir en 4×4 a tomar algo. Acepto, todavía no conozco la noche etíope. Parecida a muchos sitios pero no igual que en muchos sitios. Beben, bailan, cantan. Todo es humilde, la barra, las mesas, las casi invisibles luces, pero a la vez genuino, divertido. Con españoles de por medio, lógicamente, se convirtió en la noche que más horas le robé al sueño.

 

Día 8: Prueba superada, a pesar del gobierno

Las cosas en este país funcionan, a todas luces, de otra manera. A priori se podría decir que mal, pero para evitar análisis casi sin fundamento y estériles comparaciones, me limitaré a relatar lo ocurrido.

Efectivamente, cuando el reloj del aeropuerto de Lalibella marcaba las 07:30 de la mañana, allí estaba le tío como le habían indicado el día antes. Pregunté por Dereje, el encargado. Ya estaba al tanto del caso, ayer lo habían avisado. Me comentaron que siempre dejaban tres asientos libres de emergencia, pero el encargado, amable, se apresuró a desmentirlo. Mi única esperanza es que estoy en la lista de espera y precisamente a eso me manda. Pasa el tiempo, y ahora me cuenta que el avión no puede ir sobre cargado porque el aeropuerto está entre montañas ¿cómo si yo fuera una vaca lechera?, ¿cómo si yo tuviera culpa de dónde han construido el aeródromo? Verá que puede hacer. Cincuenta por ciento de posibilidades todavía.

Mi mano, instintivamente, se va acercando al bolsillo. Tal vez por unos birrs todo pueda arreglarse. Antes de que esto ocurra, es él el que me avisa. Va a hacer la vista gorda y me apunta en la lista de pasajeros a cambio de 100 birrs (4,5 € al cambio), me explica que en concepto de penalización. El billete está en blanco, no hay número de vuelo, ni nombre del pasajero.

Al rato, le vuelvo a preguntar: ¿qué probabilidad tengo de volar? 99 por ciento, me dice ahora. Falta la autorización del piloto. Me hago el sueco y, en cuanto puedo, me subo al avión. Allí está el encargado. Somos cómplices con nuestra sonrisa. El porcentaje ha subido al máximo. Lo voy a conseguir, llegaré a la capital en el menor tiempo posible y como tenía previsto. ¿El avión completo? No, más de la mitad de los asientos están libres ¿Alguien entiende la situación?

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Sea como fuere, alcancé el Aeropuerto Internacional de Addis. En la vuelta a la pelea diaria con taxistas, comerciantes o anónimos, llegaba reforzado, ¡ya no soy un novato! Me piden 150 birrs por llevarme en taxi. ¡Una mierda envuelta en papel fina de regalo con moña a juego del mismo color! Tras 15 minutos y tener que compartirlo con dos ingleses, pago 40 birrs.

Manuel, compañero durante un año en el periódico El Correo de Andalucía, me esperaba cerca de su casa. Harto de la situación que atraviesa en estos momentos el periodismo en nuestro país, se lío la manta a la cabeza y junto con su novia, María, que trabaja en la ACEID, se vinieron a Addis. Hacía tiempo que no nos veíamos. Dejé los utensilios de viaje y empecé a enumerarle una a una las aventuras vividas. Charlamos de España, de la profesión, de compañeros y de los viejos tiempos.

Cuando María terminó de trabajar, fuimos a almorzar. Y más tarde a su casa, para mí, mi hogar en Etiopía. Nada que ver con las frías y destartaladas habitaciones en las que había pasado parte de mi tiempo en el país. La casa, no muy lejos del centro, tiene jardín, es amplia, luminosa y cálida.

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Nos venció la morriña y durante varias horas, repasamos cronológicamente la actualidad, desde nuestros días hasta nuestra más tierna infancia. Se me olvidó hacer turismo y, a Manuel hacer su examen de francés, pero estábamos tan a gusto, que ni hubo ni quise que hubiera lugar a ello.

 

Día 9: El mercado de las ilusiones

La manera más cómoda de moverse por Addis es el taxi. Sin embargo, no es ésta la mejor manera de hacerlo. Siempre que se pueda, caminando el visitante estará más cerca, en contacto, para poder empaparse de los pequeños rituales, ancestrales costumbres y diversas peculiaridades que conforman el estilo de vida de un pueblo. En el caso de no poder hacerlo, la alternativa es el autobús o el mini bus.

Tomé uno en dirección a plaza de México, y después otro hasta Merkato, todo ello por intuición. Me apeé en la Gran Mezquita de Annuar. Justo enfrente está la iglesia ortodoxa de San Rafael. El respeto mutuo impera en el día a día. No pasó una fracción de segundo desde que había pisado el polvo de la calle, cuando un ciudadano se me acercó. Necesitaba alguien me echara un cable para visitar el mercado más grande del país y unos de los más grandes del continente. No sabía como saldría en esta ocasión.

Bisrat tiene 32 años y todavía vive con su madre. Ha estudiado para enseñar una de las lenguas que se habla en el país, el inglés. No conforme, después de su paso por la universidad, ha vuelto a enrolarse en el mundo académico para especializarse en un inglés judicial que aprende en una especie de máster. Quiere llegar lejos, lucha duro por ello, pero, reconoce con dolor, entre cortándose el habla, que en su país es muy difícil.

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Entre sus manos lleva una carpetilla transparente. Retazos de papeles usados y escritos en folio con sabor añejo se amontonan enumerados de forma ordenada. Me cuenta que es su novela. Ya la tiene escrita en Amariña, ahora la traduce al inglés. Esta historia me traslada a otro gran mercado africano, el de Onitsha (Nigeria), del que una vez leí que tenía su incluso su propia literatura.

El paseo es muy agradable. Intercambiamos palabras sobre el tenderete con mieles, con el odio del pueblo a los negociantes chinos (venden productos de mala calidad y construyen carreteras a precios nada asequibles con materiales que se desgastan en poco tiempo – organismos internacionales quieren analizarlos, de forma independiente, para verificarlos), hablamos de los diferentes tipos de tela y de la poca productividad,… en líneas generales, del etíope medio. Debatimos sobre la calidad de las carnes y a la vez de cuál es la solución a los problemas.

En ese punto nos quedamos. Hay que tomar un refrigerio, pero nada más terminar retornamos al pasado inmediato. Me dice algo muy coherente, o eso me parece a mí: la solución para Etiopía pasa por los etíopes. Es decir, nosotros no somos no podemos cambiar un país, deben ser ellos, si quieren, claro. Acto seguido me pone otro ejemplo clarividente: un europeo viene a disfrutar un mes o dos a mi país, pero lo hace después de trabajar el resto del año durante todo el día. Los etíopes, en su mayoría, disfrutan todos los días del año. Hay que haber estado allí para saber que no le falta razón a Bisrat. Reflexiono: ¿qué es la felicidad? Lo dejo ahí.

Subiendo al monte Entonto, el lugar donde el emperador Menelik II construyó la capital en el origen antes de desplazarse definitivamente a su ubicación actual, se siguió quejando amargamente de la ausencia de una clase media que nivelara las desigualdades. También me pidió, antes de despedirnos, que escribiera sobre su país; las cosas buenas, dijo, “como estas pobres mujeres ancianas suben al monte a por ramas y hojarasca que tras transportas en sus espaldas durante horas sólo las venden por 20 o 40 céntimos de euro, al cambio, yéndose junto a la mercancía la dignidad y la vida”.

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Lo dejé atrás con un abrazo y me dispuse a encontrarme con Manuel y María en el Milenium, una especie de Palacio de Congresos. Habían estado toda la mañana en un bazar navideño que “preparaban” las mujeres de los embajadores para entretenerse y, de paso, recaudar dinero y lavar sus almas en pena.

Fuimos a comer y tras este paso, cambiamos la siesta por la preparación de un cumpleaños, el de Dani, un chico ecuatoriano de lo más agradable que trabaja en la capital en un comisionado de la ONU encargado de la igualdad de género. Lo que en España se arregla en una hora en un supermercado, aquí nos llevó toda la tarde: la carne en un sitio, la verdura en el mercado, los hielos en un pequeño despacho, las bebidas en otro supermercado y así hasta completar la lista de la compra.

Etiopía

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Todo el género lo devoramos a la noche, en una barbacoa. Además de Manuel y María, muchos de los españoles que residen en la capital y otros amigos de diferente nacionalidad (en su mayoría trabajadores de embajadas, universidades u ONGs) debatimos sobre interesantes temas del país, del mundo u otras ocupaciones y placeres más menudos.

Si lo hubiéramos planeado, no hubiéramos encontrado mejor epílogo posible para esta gran aventura.


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