Parte V: Marrakech, una ciudad imperial imprescindible

Era el momento de Marrakech, la tierra de Dios. Situada a los pies del Atlas, esta ciudad imperial, una de las más importantes de Marruecos, merece una visita obligada. Una vez relajados de la tensión inicial con la que llega por primera vez el viajero a esta ciudad, íbamos a perdernos en el día libre por su medina, la mejor de las formas de conocer esta hermana mayor de ciudades andaluzas como Sevilla o Granada.

Marrakech
En Marrakech todo empieza por la Plaza Jamaa El Fna en su atardecer. Este gran espacio aglutina de día a los artistas y mercaderes que intentan cautivar al turista y de noche ofrece ricos platos con los que zambullirse en la cultura local. También es la puerta de entrada al zoco y el lugar desde el que comienzan todos los caminos para descubrir la ciudad.

Marrakech

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Nuestro hotel, Faouzi, un riad coqueto, limpio y a escasos 50 metros de la plaza, era el cuartel general en Marrakech. Desde allí, en pequeños grupos, iban entrando y saliendo con las mochilas cargadas de regalos: cerámica, bisutería, alfombras, comida, etc. Algunos llegaban cansados del regateo, otros exhaustos del caminar entre las callejuelas del zoco pero los más, muy contentos con sus historietas de la mañana. Otros, también, aprovecharon para conocer los palacios de la ciudad (Palacio de la Bahía o Badi, preguntad por los horarios de apertura porque los cambian a menudo), la Mezquita Kutubia o los maravillosos jardines de Majorelle.

Marrakech

Marrakech  Marrakech

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Yo, por cambiar un poco, intenté ir con Abdherraim a una mezquita porque era viernes, el día que los musulmanes van a rezar, como nuestro domingo. De la forma más respetuosa posible, siguiendo las indicaciones que me dijo, haciendo las abluciones y vistiéndome a su imagen y semejanza, lo intentamos. A diferencia de la religión católica, para entrar a rezar a una mezquita es necesario profesar su religión y, aunque nos empeñamos en explicarlo, fue imposible. No quería que hubiera ningún problema, así que desistí.


Marrakech

Para la tarde, después de todo el día libre, habíamos quedado para cerrar la última noche de expedición todos juntos. Fuimos a comer pescado frito a uno de los kioscos de los restaurantes snacks que hay a las afueras de Marrakech. Fue el primer momento en el que nos dimos cuenta que la aventura iba llegando a su fin.

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En el viaje de vuelta hasta Tánger, donde debíamos de coger el ferry a las 18.00 horas, empezaron a circular los folios con los datos de todos. El contacto debe perdurar entre los viajeros. Había mucho tráfico por la carretera y tuvimos que aligerar la hora de comer. A pesar de ello, antes de entrar en Tánger, nos cogió un atasco de los que se recuerdan. Eran las 18.00 horas y estábamos atascados. Solo nos quedaba rezar para que el ferry fuera con retraso y, sobre todo, ser rápido a la hora de bajar del bus, recoger las mochilas y llegar hasta el muelle de embarque.

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Jorge, uno de los expedicionarios, y yo, nos fuimos sin mochilas corriendo para llegar a comunicarles la noticia al ferry en cuanto que vimos que todavía no se había ido. Llegamos a tiempo. Nos prometieron que si llegábamos todos antes de que entrara la última autocaravana de las siete que faltaban por entrar, podríamos subir al barco.

En la locura que se desató entonces nada más bajar el bus, cuando eran las 18.17 h, hubo una gran lección: la solidaridad. Los más fuertes ayudaron a los más débiles con sus mochilas y todos, a una, fueron corriendo para conseguir llegar a tiempo. Los funcionarios de la aduana tampoco ayudaron. Con calma marroquí fueron sellando uno a uno los pasaportes. Por el camino hubo pérdidas, a uno de los expedicionarios se le abrió la maleta y los calcetines y gallumbos saltaron por los aires, otra expedicionaria perdió el asa de su carrito con el que llevaba todo lo que había comprado… Nadie cesaba en su empeño. Queríamos conseguirlo. Eran las 18.26 h, tiempo récord. Estábamos todos en la puerta de embarque, faltaba una autocaravana por entrar. Lo habíamos conseguido. Pero… el capitán decidió dejarnos en tierra…

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Tras la impotencia, vino el relax. Teníamos una hora hasta la llegada del siguiente ferry para descansar tras las carreras, el agobio y las prisas. Nos supo a gloria y supimos aprovecharlo. Era la consecución de una expedición que, en ocho días, había hecho cambiar muchas cosas. Habíamos aprendido y desaprendido. Habíamos viajado por dentro y por fuera. Pero lo mejor era que ¡el viaje solo acababa de comenzar!


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