Marruecos. Marrakech y Desierto del Sáhara (Semana Santa 2015)

Este viaje lo hemos hecho con El Club de la Aventura de Atomarpormundo.

 

Parte I: A las puertas del Desierto (Alto Atlas, Ouarzazate, Valle del Draa, Zagora y Ait Isful)

Amanece antes de lo normal para los 29 expedicionarios de la primera Expedición low cost a Marrakech y Desierto del Sáhara. Antes de las seis de la mañana ya están con la ilusión a punto junto al autobús que nos lleva desde El Puerto de Santa María (Cádiz) a Tarifa (Cádiz). Hacemos un recuento de mochilas y pasaportes. Para entrar en Marruecos no puede olvidarse y debe tener al menos tres meses de vigencia. Las dudas todavía son muchas: cómo será el viaje, qué nos esperará en el país vecino, cómo será la comida, será todo seguro… Son preguntas que brotan desde el desconocimiento. Vamos a responderlas todas, sin pausa pero sin prisa. Ya se sabe que al país a donde vamos ¡la prisa mata! No nos queda otra que adaptarnos. En los viajes como en la vida no hay que apresurarse a saber, sin darnos cuenta, el tiempo nos dará las respuestas.

Marrakech y Desierto del Sáhara

Poco menos de una hora dista entre España y Marruecos. Solo un Estrecho separa dos culturas gemelas, dos pueblos unidos a lo largo de los siglos. Desde Tarifa (Cádiz), el puerto español más cercano a Tánger, tomamos el ferry rápido de la empresa FRS. Los primeros instantes son de zozobra. Una larga cola da varias vueltas al barco para poder sellar el pasaporte que nos permita entrar en territorio marroquí. Ellos funcionan a su ritmo, de nada importa que el barco esté lleno por las vacaciones de Semana Santa. Solo funcionan dos herramientas, tener paciencia o picaresca.

Una vez en el lujoso y cómodo autocar que nos acompañará durante toda nuestra estancia, los rostros empiezan a relajarse aunque las preguntas siguen siendo muchas. La primera es… ¿cuándo cambiamos? Pues sí, acertada pregunta. Por nuestra experiencia, y teniendo en cuenta las abusivas comisiones de los bancos españoles, es mejor cambiar euros por dírham en Marruecos. En Tánger, fuera del puerto, hay varias casas de cambio en las que el viajero sale ganando (el cambio suele ser 10-11 dírhams por cada euro).

Marrakech y Desierto del Sáhara

El viaje desde Tánger a Marrakech, nuestra primera parada antes de llegar al Desierto, es largo (6 horas), pero sea hace muy entretenido en grupo. Hay tiempo para la charla, para empezar a conocerse y para echar unas risas con cualquier excusa que nos vamos encontrando por el camino. Repartimos habitaciones en la ciudad imperial a nuestra llegada y a descansar. El día ha sido inmenso y al día siguiente empezará la aventura.

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Con las primeras claras del día desayunamos en grupo en la terraza del hotel. Hay zumo natural recién exprimido, té moruno, tortitas con miel o mermelada y pan para las tostadas. Hay alegría y ganas de empezar en la gente. Nos ponemos en marcha. Por delante tenemos la de Tizi N´Test, un paisaje asombroso y acongojante (o acojonante, como se prefiera). Desde el autobús solo se alcanza a ver tras nuestros pasos carreteras que serpentean la Cordillera del Atlas, con desfiladeros sin fin y una naturaleza, nevada a trozos, que nos deja con la boca abierta.

Marrakech y Desierto del Sáhara

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Para reponer fuerzas paramos en Ouarzazate, el Hollywood de África, donde hay varios estudios en los que se han rodado afamadas películas como Gladiator, Babel, Asterix y Obelix o Lawrence de Arabia, entre otras.

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Lo que vino después también siguiendo siendo una película. El Valle del Draa, una continuación infinita de palmeras y casas de adobe, es un decorado natural perfecto. Las cámaras echan humo, nadie quiere dejar de llevarse una foto con la que mostrarle a mucha gente este tesoro que tantos todavía no conoce.

Marrakech y Desierto del Sáhara

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A estas alturas son ya varias las horas que llevamos en el autobús pero casi nadie lo recuerda. Aún así, por la dudas, empieza la animación entre las butacas. Toca cantar en un karaoke improvisado. Casi sin darnos cuenta, llegamos a nuestro primer campamento, Ait Isful.

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La aventura empieza. El bus no puede pasar por un estrecho puente. Tenemos que apearnos y llegar a pie al campamento que está a una hora de camino. Por suerte, un coche de apoyo que nos acompaña lleva todas las mochilas. Vamos livianos, en grupo, bajo un hermoso manto de estrellas. Para muchos, por improvisada, la mejor caminata de la expedición. Llegamos al alojamiento, un arenal entre dunas en los que se levantan las haimas que los hombres del desierto usan para dormir (tiendas de campaña de pelo de camello). En la más grande nos reciben con un té y una cena para recordar por siempre: harira deliciosa, tajin de verduras y naranja con canela.

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Parte II: Uno más en el Desierto del Sahara (Tagounite y Oulad Driss)

Unos niños corretean entre dunas camino de la escuela con una gran sonrisa que les acompaña. No llevan libros, solo una ilusión tremenda. Solo llevamos un par de días en Marruecos pero los suficientes para que todos los expedicionarios se hayan quitado el reloj o, al menos, hayan olvidado la noción del tiempo. Para hacer tiempo hasta que estemos todos, María José y un servidor, organizadores de la expedición, caminamos hasta el colegio que estaba relativamente cerca. Están en el recreo, todos juegan, saltan, ríen… Nos recargan las pilas ver tanto disfrute por la vida.

Marrakech y Desierto del Sáhara Marrakech y Desierto del Sáhara

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Desde el campamento, a primera hora, toca caminar hasta el vecino pueblo de Tagounite. Allí nos espera la familia de Abderrahim, nuestro anfitrión. Antes del medio día ya estamos allí. En la puerta nos reciben la madre y las hermanas. Hay un salón, varias habitaciones y un patio, espacio suficiente para que todos los expedicionarios invadan la casa. Mientras, con esmero y cariño preparan, como la cocina de nuestras abuelas, albóndigas de kefta de cordero. Delicioso manjar que nos lleva a un viaje al pasado, a los días en los que la olla tenía más importancia que los microondas. Que no se olvide nunca, herencia que recibimos de ellos, muchos de los ingredientes, platos y concepción de la comida.

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Poco a poco se iba acercando el momento. El Desierto salvaje ya se vislumbraba al fondo del paisaje. Por la tarde paramos en la kasba de Oulad Driss (20 dírham entrada al museo con taza de té incluida), que dejaron en propiedad los judíos a los musulmanes cuando se marcharon de ella y en la que todavía viven como hace cientos de años. Cuando salimos de entre las casas de adobe y paja, dos bereberes tiraban de sendos dromedarios. Era la señal. ¡El Desierto nos espera!

Marrakech y Desierto del Sáhara Marrakech y Desierto del Sáhara

Marrakech y Desierto del Sáhara

Caía la tarde y la mejor luz nos acompañó en el viaje. Dejábamos atrás la civilización, pequeños pueblos en torno al Desierto, y nos adentramos en la hammada, un paisaje pedregoso que, por momentos, se tornaba en pequeñas dunas, un prólogo perfecto a lo que faltaba por llegar. En el camino, que es tan importante como el destino, la naturaleza se apoderó de los expedicionarios. La luna, que lucha por crecer hasta estar completamente llena, y las miles de estrellas, amansaron las ansias de control del mundo occidental y, por primera vez, se dejaron llevar. La noche no quedó en silencio hasta la madrugada. Los tambores y las castañuelas sonaran al calor del fuego de campamento hasta que las fuerzas aguantaron. Solo después sucumbimos ante el fastuoso silencio del Desierto.Marrakech y Desierto del Sáhara

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Parte III: El desierto salvaje, un hotel de millones de estrellas y una boda bereber

Estamos en mitad de la nada. A nuestro alrededor, cuando despertamos, solo hay piedras, arenas y dunas. Al fondo se ven varios dromedarios. Serán los que nos acompañen en nuestra travesía hasta el desierto más salvaje. Las duchas convencionales las transformamos en unas más divertidas, un depósito de agua y varios cubos para remojarnos. Son las 8.30 de la mañana pero hace calor. El baño sabe de maravilla. Solo falta prepararse para las condiciones extremas del desierto, la temperatura, los vientos, etc. y empezará el más hermoso de los trekking que pueda hacerse en Marruecos.

Marrakech y Desierto del Sáhara

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Abderrahim, nació en el Desierto y de su mano todos caminamos más tranquilos. Nos ofrece sus consejos y, uno a uno, con paciencia, nos coloca el turbante (tutorial de cómo hacerse un turbante). Cuando estamos preparados vamos en busca de los dromedarios. Ellos nos ayudarán con la carga y harán que sobre su joroba tengamos otra visión de este indescriptible lugar.

Marrakech y Desierto del Sáhara

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Juntos, todos a una, vamos ganando terreno a las dunas. Sopla una brisa fresca que nos da la vida. Nos empujamos unos a otros para que nadie quede rezagado. La llanura de una parte del terreno ayuda y cuando llegan los montículos de arena todo el esfuerzo se olvida, la belleza puede con cualquier atisbo de cansancio.

Marrakech y Desierto del Sáhara

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A la mitad del camino, cuando decidimos parar para almorzar, una sorpresa guardada en lo más profundo de esta tierra virgen, creó un momento inolvidable. A solo diez minutos en motocarro de donde estábamos había un pozo de agua fresca para refrescarnos. Un lujo natural a nuestro alcance del que los expedicionarios disfrutaron como niños.

Aún quedaba un pequeño tirón, era lo menos. Casi sin darnos cuenta, antes del atardecer, llegamos al que sería nuestro campamento. Estratégicamente situados entre varios arbustos que crecían de entre las montañas de arena, montamos el campamento. Hoy será del todo natural. Para los que quieran habrá haima pero para los valientes les espera un hotel de millones de estrellas, o lo que es lo mismo, dormir al raso. Si se escucha el silencio nada más hace falta. Para eso quedaban todavía muchas horas por delante.

Marrakech y Desierto del Sáhara

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Primero debíamos subir a la más alta de las dunas para despedir al sol. El espectáculo, algo grandioso para los sentidos, nos dejó patidifusos a los que aguardábamos en la cresta de la montaña de arena. Tras ello, surgió el amor. Efi, una cántabra que llegó junto a su pareja desde Torrelavega, le pareció que el lugar era el más propicio para que Iván, su novio, le pidiera matrimonio. No hizo falta más. Sin que la novia se enterara, entre todos, y capitaneados por dos wedding planner casi profesionales, Luso y Paz, preparamos una boda bereber con todos sus detalles: un capitán que ofició la boda, ramo de flores, vestido para los novios, padrinos, invitados, cena nupcial a base de carne de cabra como manda la tradición, y pasteles para el postre. La sorpresa para ella fue mayúscula y la emoción enorme, tanto como el entorno en donde estábamos. Del resto solo tuvo culpa la magia, que hizo que nuestra velada en el Desierto salvaje fuera una noche inolvidable.

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Parte IV: Los niños del desierto (Mhamid)

Tras dos días en el Desierto todo el grupo, sin excepción, conseguimos volver sanos, a salvo e inmensamente satisfechos de la aventura. Parecía que era el culmen del viaje pero todavía quedaba una experiencia vital muy importante que íbamos a vivir juntos.

En Mhamid, el pueblo natal del padre de Abderrahim, nos esperaban en la escuela los niños del pueblo. Desde el principio, con esta expedición, queríamos hacer mucho más que un viaje al uso con visitas a museos y monumentos. Nuestra propuesta era otra, vivir experiencias y convivir con la realidad de los países que se visitan. Queríamos que fuera un viaje para las personas, exterior, por las maravillas del país, pero también interior.

Marrakech y Desierto del Sáhara

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En una pequeña aula nos juntamos todos, los pequeños de la escuela y los visitantes. El éxtasis del intercambio cultural y las ansias de conocer lo desconocido creó un ambiente de “bendita locura” en la que los gritos, besos y cánticos fueron los que mandaban. Los profesores, cómplices de esta actividad, nos explicaron el gusto por las matemáticas y la asignatura de electricidad de los más pequeños. Tras la pequeña calma, que no duró más de un minuto, volvimos a cantar todos juntos. De la mano, con enormes sonrisas, nos mezclamos unos con otros. La emoción embargó a los expedicionarios. Las lágrimas caían por las mejillas de muchos de ellos. Para los que lo organizamos, ver esas imágenes era la consecución de un sueño, hacer que la gente sienta emociones, viva experiencias mientras que conjuga todas las formas del verbo más hermoso de la humanidad, viajar.

Marrakech y Desierto del Sáhara

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Antes de marcharnos compartimos con ellos todo el material escolar que llevábamos y jugamos en el patio a juegos populares que no entienden de lenguas, ni culturas ya que son universales. La experiencia dejó tocada a la tropa. La pobreza de unos frente a la opulencia de otros no es evidente hasta que te la ponen frente a sus ojos. A pesar de ellos entendieron que no es feliz el que más tiene sino el que menos necesita.

Las emociones y el cansancio acumulado del Desierto hacían que a esta hora, justo cuando los niños volvían a sus clases y daban las 13 horas, los expedicionarios bajaran la guardia y pidieran un descanso a gritos. Volvimos a casa de la familia de Abderrahim y las deliciosas albóndigas de sardina desmenuzada que nos habían preparado para almorzar y el cous cous de la noche nos supieron a gloria. A la misma altura que la siesta y el posterior baño en un genuino hamman que nos dimos por separado, la mujeres a uno y los hombres a otro. Hoy sí podemos decir que a partir de mañana la vida no puede ser igual que antes. Estamos limpios por fuera y por dentro.

Marrakech y Desierto del Sáhara

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Parte V: Marrakech, una ciudad imperial imprescindible

Era el momento de Marrakech, la tierra de Dios. Situada a los pies del Atlas, esta ciudad imperial, una de las más importantes de Marruecos, merece una visita obligada. Una vez relajados de la tensión inicial con la que llega por primera vez el viajero a esta ciudad, íbamos a perdernos en el día libre por su medina, la mejor de las formas de conocer esta hermana mayor de ciudades andaluzas como Sevilla o Granada.

Marrakech y Desierto del Sáhara

En Marrakech todo empieza por la Plaza Jamaa El Fna en su atardecer. Este gran espacio aglutina de día a los artistas y mercaderes que intentan cautivar al turista y de noche ofrece ricos platos con los que zambullirse en la cultura local. También es la puerta de entrada al zoco y el lugar desde el que comienzan todos los caminos para descubrir la ciudad.

Marrakech y Desierto del Sáhara

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Nuestro hotel, Faouzi, un riad coqueto, limpio y a escasos 50 metros de la plaza, era el cuartel general. Desde allí, en pequeños grupos, iban entrando y saliendo con las mochilas cargadas de regalos: cerámica, bisutería, alfombras, comida, etc. Algunos llegaban cansados del regateo, otros exhaustos del caminar entre las callejuelas del zoco pero los más, muy contentos con sus historietas de la mañana. Otros, también, aprovecharon para conocer los palacios de la ciudad (Palacio de la Bahía o Badi, preguntad por los horarios de apertura porque los cambian a menudo), la Mezquita Kutubia o los maravillosos jardines de Majorelle.

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Yo, por cambiar un poco, intenté ir con Abdherraim a una mezquita porque era viernes, el día que los musulmanes van a rezar, como nuestro domingo. De la forma más respetuosa posible, siguiendo las indicaciones que me dijo, haciendo las abluciones y vistiéndome a su imagen y semejanza, lo intentamos. A diferencia de la religión católica, para entrar a rezar a una mezquita es necesario profesar su religión y, aunque nos empeñamos en explicarlo, fue imposible. No quería que hubiera ningún problema, así que desistí.

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Para la tarde, después de todo el día libre, habíamos quedado para cerrar la última noche de expedición todos juntos. Fuimos a comer pescado frito a uno de los kioscos de los restaurantes snacks que hay a las afueras. Fue el primer momento en el que nos dimos cuenta que la aventura iba llegando a su fin.

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En el viaje de vuelta hasta Tánger, donde debíamos de coger el ferry a las 18.00 horas, empezaron a circular los folios con los datos de todos. El contacto debe perdurar entre los viajeros. Había mucho tráfico por la carretera y tuvimos que aligerar la hora de comer. A pesar de ello, antes de entrar en Tánger, nos cogió un atasco de los que se recuerdan. Eran las 18.00 horas y estábamos atascados. Solo nos quedaba rezar para que el ferry fuera con retraso y, sobre todo, ser rápido a la hora de bajar del bus, recoger las mochilas y llegar hasta el muelle de embarque.

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Jorge, uno de los expedicionarios, y yo, nos fuimos sin mochilas corriendo para llegar a comunicarles la noticia al ferry en cuanto que vimos que todavía no se había ido. Llegamos a tiempo. Nos prometieron que si llegábamos todos antes de que entrara la última autocaravana de las siete que faltaban por entrar, podríamos subir al barco.

En la locura que se desató entonces nada más bajar el bus, cuando eran las 18.17 h, hubo una gran lección: la solidaridad. Los más fuertes ayudaron a los más débiles con sus mochilas y todos, a una, fueron corriendo para conseguir llegar a tiempo. Los funcionarios de la aduana tampoco ayudaron. Con calma marroquí fueron sellando uno a uno los pasaportes. Por el camino hubo pérdidas, a uno de los expedicionarios se le abrió la maleta y los calcetines y gallumbos saltaron por los aires, otra expedicionaria perdió el asa de su carrito con el que llevaba todo lo que había comprado… Nadie cesaba en su empeño. Queríamos conseguirlo. Eran las 18.26 h, tiempo récord. Estábamos todos en la puerta de embarque, faltaba una autocaravana por entrar. Lo habíamos conseguido. Pero… el capitán decidió dejarnos en tierra…

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Tras la impotencia, vino el relax. Teníamos una hora hasta la llegada del siguiente ferry para descansar tras las carreras, el agobio y las prisas. Nos supo a gloria y supimos aprovecharlo. Era la consecución de una expedición que, en ocho días, había hecho cambiar muchas cosas. Habíamos aprendido y desaprendido. Habíamos viajado por dentro y por fuera. Pero lo mejor era que ¡el viaje solo acababa de comenzar!

 

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