Ruta por Estonia, Letonia y Lituania

Agosto 2009. Durante una semana estaré descubriendo, junto a mi gran amigo y también periodista Carlos Yagüe, los Países Bálticos. El viaje comenzarás en Riga, capital de Letonia, para conocer su magnífico centro urbano declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Desde ahí, pretendemos conocer la capital de Estonia, Tallin y su casco histórico medieval, que nos trasladará a épocas pasadas. Desde el país situado más al norte de los Bálticos, cruzaremos este trío perfecto y complementario de países para situarnos en Lituania. Allí conoceremos Vilnius, su magnifica capital, este año declarada Ciudad Europea de la Cultura, así como Kaunas, segunda ciudad del país, el castillo de Trakai y otros rincones que iremos explorando sobre la marcha. ¿Os apuntáis?

Estonia, letonia y lituania

 

Día 1: Con el inglés no se llega a todos sitios

Por Carlos Yagüe. Como no podía de ser de otra forma, el inicio de nuestro viaje comenzó con un desayuno en la bodega Puente, en un barrio rebosa ‘sevillanía’ como La Florida. Una vez concluido el trayecto en avión, con escala en Liverpool, llegamos a la primera parada de nuestra peripecia báltica, Riga, la capital de Letonia.

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Tras recoger el coche de alquiler, un solvente Opel Corsa azul, en el epílogo de la tarde letona, llegamos a Riga en la más completa oscuridad, y con un reto por delante: encontrar nuestro hotel en una ciudad escasamente señalizada y en la que el conocimiento del inglés de sus habitantes es aún peor que el nuestro.

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Nuestras preguntas para localizar el hotel, en el idioma de Shakespeare, se vieron ignoradas hasta en cuatro ocasiones, de muy malas maneras, pareciendo incluso el ciudadano letón molesto por dirigirnos a ellos en una lengua distinta de la autóctona. Esto, unido a la desesperación de estar más de una hora dando vueltas de forma infructuosa por Riga, empezó a sumirnos en una desesperación de la que sólo salimos tras dar con nuestro hospedaje, previa ayuda de un taxista que nos intentó estafar.

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Ya instalados, vivimos brevemente la noche de Riga. Una cena de una salchicha de un metro de longitud, con cerveza de la zona incluida (Zelta) dio paso a una de las birras más originales que hemos tomado: en el mes de agosto, en una plaza y… ¡con mantas! Lo más peculiar de la terraza eran las mantas que ofrecían a los clientes para no pasar fresquito en la noche letona. Nosotros aceptamos el ofrecimiento, y nos reímos un rato.

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Día 2: Ciudad de Tallin, nos comemos un oso

Por José Pablo García. Antes de llegar al momento de saborear tan suculento manjar, os narraré, para hacer por orden, nuestra llegada a Estonia, y su capital, Tallin. El viaje de un país a otro, estuvo marcado por el mal tiempo y la lluvia. Las carreteras, casi todas de una vía de doble sentido pero en buenas condiciones, no empeoraron la situación afortunadamente. Los paisajes a un lado y al otro de la calzada, eran una repetición desmesurada de verde con verde, arcenes de hierbas finas, árboles bien copados de ramas…

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Al filo de las cuatro de la tarde llegamos a Tallin sin ningún problema; aquí las señales sí existen. Aparcamos, previo pago de cinco euros por una hora (los precios para estacionar los vehículos en el centro histórico de las capitales Bálticas son muy caros, para restringir al máximo el aparcamiento en esas zonas). Después fuimos a nuestro hostal, el Old House, en la calle Uss, en pleno corazón medieval de la vieja ciudad de Tallin. Precisamente el emplazamiento es lo mejor de este austero albergue que no aporta mucho más que una cama y ducha en el pasillo.



Más tarde, ya con un increíble sol comenzaba la visita. El ambiente medieval que realmente existió en esta ciudad, y que salvando las distancias aún perdura, se mantiene gracias a la excesiva pasión de todos los agentes turísticos por vender esta ciudad única y exclusivamente de esta manera. Independientemente del estilo, Tallin, o mejor dicho la ciudad antigua, tiene una magia que hace evocar al visitante a épocas pasadas. Edificios reconstruidos, la limpieza de sus calles y la tranquilidad que se respira, hacen idílica esta parte de la capital de Estonia.

De la visita, que en tres o cuatro horas puede estar resuelta, yo destacaría la plaza del Ayuntamiento, alegre y vital, con la farmacia más antigua del mundo (siglo XV) en una de sus esquinas, sus torres y murallas medievales, y la catedral rusa Alejandro Nevsky. En esta última, pudimos ver la celebración de una eucaristía ortodoxa, una religión desconocida en nuestro país, por desgracia, como tantas en España debido a la falta de educación religiosa en general en las escuelas.

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Para el final dejamos la visita a la parte moderna desde el casco antiguo, y por la noche, el plato fuerte del día, una ración de oso para la cena. Sí, sí, como escuchan. Fue en el Restaurante Old Hansa, en una plaza de la ciudad antigua (no tiene perdida), un lugar que transporta al comensal, a base de coronas estonias (no es carísimo, pero cobran por todo a un precio de restaurante europeo, es decir, unos 20 o 30 euros por persona) a la época medieval a través de la única luz que dan las velas, el menaje en barro y los detalles, hasta el más mínimo, incluyendo el atuendo de los camareros. Todo era del Medievo, al menos del que nos ha llegado.

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La carta era completa, pero el oso, un animal “habitual” en el país, fue lo más exótico y diferente del menú, y por eso lo pedimos. Oso, pollo con salsa, una exquisita sopa de champiñones y un par de cervezas con miel y canela. Respecto al gran protagonista, les diré que a pesar de las grandes expectativas y el gran precio (44 euros), no fue nada espectacular; una carne más prieta, fibrosa y oscura, pero con sabor a ternera, un poco más fuerte quizá. Por lo menos, ya sé a que sabe. El postre fue un plácido sueño. El oso pudo con nosotros.

 

Día 3: Los buenos días en Tallin y las buenas noches cualquiera sabe 

Por Carlos Yagüe. En mitad de un día espléndido, iniciamos nuestra ruta sin saber exactamente dónde pasaríamos la noche. El objetivo era acercarse a Lituania e ir viendo ciudades por el camino.

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Tartu fue la primera parada. Esta es la segunda urbe más importante de Estonia, con mucho ambiente universitario del que fuimos ajenos debido a la época estival en la que hemos realizado nuestro viaje. La coqueta Tartu tiene sus puntos de interés en su zona céntrica, además todos bastante cerca, con lo que en algo menos de dos horas volvimos a nuestro confortable Corsa para retomar la ruta.

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Otro detalle de este clásico pero a la vez vanguardista pueblo que no debería perderse el visitante es su coqueta plaza del Ayuntamiento engalanada con la Fuente de los estudiantes que se besan (instalada en 1998) y su universidad. Después de la visita seguramente se plantean ser Erasmus o profesor durante una temporada por estas tierras.

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La segunda parada fueron los pueblos de Raja y Muntvee. El empeño de José Pablo nos condujo a estas reducidas poblaciones, retiros vacacionales ideales para los que quieran huir del estrés. Pocos habitantes y muchas iglesias, incluso de diferentes religiones. Hace dos siglos se asentó en estas poblaciones la secta de los “Viejos Creyentes”, de los que no queda ni rastro hoy día. De ahí que casi todos los pueblos de la comunidad, tienen unas características propias. Por ejemplo, las casas se suceden en una sola fila y todas tienen un icono en su interior.

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Esta visita nos permitió mojarnos los dedos en el lago Pepsi, del que una gran parte ya pertenece a Rusia. Las dimensiones de este lago (unos 150 kilómetros de largo y unos 50 de ancho en sus partes más superlativas) le permiten albergar 29 islas, de las cuales seis están habitadas.

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Ya en mitad de la noche seguíamos sin tener alojamiento en el que pasar la noche, aunque sí que sabíamos cual sería nuestro destino: Sigulda (Letonia) una pequeña población situado en el Parque Nacional de Gaujas, que recibe este nombre por el río que lo atraviesa. Nuestra llegada a Sigulda se produjo tras atravesar un camino que parecía inexplorado, en mitad del bosque, y del que daba la impresión de en cualquier momento nos podía sorprender un oso.

Finalmente, encontramos en el Livkalns nuestro hogar por unas horas. Este era un acogedor complejo de madera en el que tras una rápida negociación con la amable recepcionista encontramos un buen sitio en el que descansar, y además a un buen precio.

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Día 4: La Suiza letona, Kaunas y la meca, Vilnius 

Por José Pablo García. La noche anterior, como os comenté, nos acogieron en el Hotel Livkalns. Cuando amaneció, pudimos comprobar lo afortunados que habíamos sido consiguiendo habitación (aunque fuera una buhardilla con unas escaleras para acceder más propias de submarino que de un hotel). La recepción del hotel, regentada por una agradable letona, daba paso a un camino empedrado, ya en el exterior, que conducía a un lago completamente rodeado por una zona boscosa que componía parte del Parque Nacional de Gauja. Naturaleza en estado puro que ofrecía una buena sintonía y energía para todo el día.

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Con las pilas bien cargadas, visitamos el pueblo de Sigulda, en el que debido a la cantidad de árboles que hay, las casas parecen haber desaparecido cuando transitas por sus calles. También visitamos el cercano castillo de Krimulda, en la vecina localidad de Turaida.

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Después de esto, y una vez decidido en cónclave viajero en el Opel Corsa, elegimos desviarnos antes de llegara a Kaunas, nuestro próximo destino ya en Lituania, para ir al Palacio de Rundale, uno de los monumentos más visitados de Letonia, aunque no sea gran cosa. Según cuentan, el edificio es una excelente muestra del barroco construido entre 1736 y 1740. Nosotros, además de verlo, aprovechamos para coger unas ricas manzanas, base de nuestra futura alimentación en los Bálticos.

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A las siete de la tarde de uno de los días más intensos del viaje, llegamos a la ciudad más lituana de todas, Kaunas (80 por ciento de la población es lituana, cuando en otras existen un gran número de rusos y otras nacionalidades). Ya estábamos en Lituania. La primera impresión de esta ciudad fue su paz intrínseca pero un ambiente de lo más agradable. Dentro de éste, vimos terrazas llenas, gente charlando junto a su río y la enésima despedida de soltera, que creo que éstas y las bodas están de rigurosa moda hasta unos límites exagerados.

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Y por la noche, por fin pusimos pie en la meca de nuestro viaje, la razón primera de este viaje, Vilnius. Lo que nació de una tarde de piscina era más verdad que nunca, estábamos en la capital de Lituania.

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Con mejores indicaciones que en Riga, también, llegamos al que era nuestro hotel, el que habíamos reservado, el Europolis (bueno, bonito y barato), pero el “overbooking” hizo que nos tuvieran que cambiar a otro de similares o mejores características, el Crown Plaza Vilnius, un cinco estrellas, y uno de los mejores establecimientos hoteleros de la capital. Planta 11, vistas panorámicas y un subidón propio de la situación. Había que celebrarlo, y para ello fuimos a la elitista discoteca Pub Latino. Como en las películas, por allí andaban los magnates resoplando una mezcla de olor a tristeza, soledad y vodka, las putas fingiendo sonrisas y las drogas yendo y viniendo en una particular autopista con unos peajes muy altos que algunos prefieren pagar. Nosotros, a nuestro rollo bailamos los temas de la noche: la lambada, Los Manolos, la rumba de María Dolores y otros clásicos. Como en casa.

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Día 5: Vilnius a fondo 

Por Carlos Yagüe. El quinto día de viaje fue el único en el que estuvimos en un solo país, Lituania, ya que lo dedicamos a conocer Vilnius en profundidad. Una larga caminata por la capital lituana nos mostró una ciudad de contrastes, en la que pudimos encontrar numerosos templos religiosos, junto a modernos edificios. El soleado día invitó a los lituanos a salir a la calle, empleando el margen del río a modo de playa, aprovechando el buen acondicionamiento de esta zona, en la que los espacios lúdicos, bien para hacer deporte, o para tomar algo eran perfectos.

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No podíamos dejar de visitar el barrio de Uzupis, conocido por gozar de una Constitución propia, colocada en una pared en ocho idiomas diferentes, lenguas entre las que no se encontraba el español. Los artículos que aparecen en esta Constitución eran más bien simbólicos, y nos dejaron ver, casi por primera vez, el humor báltico.

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Agosto debe ser una un mes idóneo para las bodas en Lituania, ya que por toda la ciudad nos encontramos parejas de recién casados inmortalizando el momento junto con una pequeña comitiva de seis personas, incluso durante una visita a un templo, de forma repentina nos dimos cuenta de que estaba a punto de comenzar una ceremonia que enlazaría a una pareja. El acto parecía de lo más simple y carente de la parafernalia a la que estamos acostumbrados en España.

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La plaza en la que se encuentra el Ayuntamiento nos recibió con un mercado medieval de lo más conseguido, con actuación musical en directo incluida. A continuación, decidimos almorzar en un sitio típico de Lituania, el Cilis Kaimas. Este lugar sería el equivalente en Andalucía a una Espumosa. Degustamos comida del lugar, con una fuerte presencia de patata. El precio fue sorprendentemente barato, puesto que al cambio pagamos unos seis euros cada uno y nos pusimos finos.

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La vuelta al hotel la hicimos por la avenida Gedimini, quizás la más importante de la ciudad. Allí nos encontramos con que a partir de las 19:00 horas no podían circular vehículos, circunstancia que aprovecharon los jóvenes inquietos lituanos para obsequiarnos con una “bohemiada” de primera. Tranquilamente, se sentaron en el suelo y empezaron a leer, mientras que varios fotógrafos capturaban el instante.

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Una cena en el restaurante del hotel fue solo el principio de una gran noche, en la que tras desechar acudir a la exótica Pacha Vilnius, entramos en Prospekto, un local que no estaba en su mejor noche, pues tiene fama de ser un sitio de encuentro para los estudiantes “Erasmus”. El sol de la mañana nos sorprendió en el camino de vuelta al hotel.

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Día 6: Saldando cuentas con Riga 

Por Carlos Yagüe. Dejamos Vilnius más temprano de lo que nos hubiese gustado, aunque no teníamos otra si queríamos darle otra oportunidad a Riga, de la que se nos quedó un mal sabor de boca por no haberla podido visitar en condiciones en la llegada.

Antes de llegar a la capital letona, hicimos una parada para visitar el castillo de Trakkai, situado en una isla y rodeado por un lago, en el que las barcas atestadas de turistas hacen negocio.

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Sobre las 18:00 horas llegamos a Riga y sin perder tiempo iniciamos una pequeña ruta por los puntos céntricos de más interés de la capital letona. Nos sorprendió la celebración del “Día de la Independencia”, debido a la cual habían colocado un escenario de grandes dimensiones y un gran número de pequeños comercios, para darle servicio a la multitud que allí se concentraba. En el escenario, una nueva referencia latina, música salsa.

Con una mayúscula paliza en el cuerpo, decidimos dejar para otra ocasión la Riga de noche y nos acostamos temprano para iniciar el retorno con fuerza.

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Día 7: De vuelta a la sartén 

Por Carlos Yagüe. Iniciamos nuestro retorno a España despidiéndonos de nuestro fiel compañero de viaje, el Opel Corsa, al que dejamos con unos 1.800 kilómetros más en su haber, no sin antes hacernos unas nostálgicas fotografías con él.

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Aprovechamos la escala en Frankfurt, para deleitarnos con una pizza. Posteriormente, sufrimos el registro, especialmente José Pablo, de los metódicos germanos, que nos “birlaron” un peligroso batido que queríamos introducir en el avión.

Llegada a Sevilla y “bofetón” de calor, que nos sirve para poner los pies en la tierra y dar carpetazo final a nuestro viaje por los países bálticos, rememorada en estas líneas, presente en cientos de fotografías y siempre viva en nuestra memoria.

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