Escapada a Eslovenia y Croacia

Día 1: Ljubiana, toda una capital europea

Julio 2010. Café, tarjeta de embarque y equipaje de mano. Salimos de Sevilla mi gran amigo y periodista Carlos Yagüe y un servidor en dirección a Barcelona, desde donde cogeremos el vuelo a Ljubiana, la capital de Eslovenia, antes pasaremos seis horas de espera en “El Prat”. McDonald’s, Pans & Company y un acogedor solar se convierten en nuestros aliados durante este tiempo. Últimos adioses vía telefónica y salida hacia Eslovenia.

Eslovenia y Croacia

Un aceptable clima nos recibe en Ljubiana. En el trayecto del aeropuerto a la capital, nos percatamos del buen nivel de vida del esloveno, abundan las viviendas unifamiliares de varias plantas, generosas dimensiones y, normalmente, con parcela ajardinada, que dan la sensación de estar blindadas al estrés. Ya en la ciudad, nos llama la atención el diverso look de los jóvenes, entre el atrevimiento y la homogeneidad.

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Llegamos a nuestro destino, el Hotel Park. Muy digno, pero sin bidet, todo un clásico. Salimos a conocer la zona céntrica tan pronto como podemos, sobre las 20:50 horas. A lo largo de nuestro paseo contamos con la compañía que nos proporciona el partido de cuartos de final del Mundial entre Uruguay y Ghana, que los eslovenos siguen con gran expectación en las múltiples terrazas en las que relajarse en el epicentro de Ljubiana.

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La ciudad goza de un bonito casco histórico, que se ve favorecido por el buen aprovechamiento del río. Calles comerciales con las mejores marcas, curiosas propuestas y atractivos locales, junto a una arquitectura que se fundió con el anochecer.

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Para la cena, un lugar típico, una gostilna y de postre un exquisito helado, que parece toda una tradición en la ciudad.

 

Día 2: Entre el lago de Bled y las fronteras

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Tras el “buenos días”, le damos el hasta luego a Ljubiana. Abandonamos la capital por unas horas para dirigirnos hasta a Bled, que a sólo 50 kilómetros ofrece un magnífico lago, rodeado de un idílico entorno verde muy bien explotado turisticamente. Piscinas artificiales y barcas de alquiler, éstas últimas con un claro objetivo, llegar a la isla que lo corona.

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Nosotros, valientes, sin las mínimas nociones de remo, alquilamos una barca e hicimos ostentación de torpeza, para no conseguir llegar a la isla central. Tras atentar contra la cerveza mezclandola con limón y uva, regresamos a Ljubiana. Paseo vespertino por la capital eslovena y cena a la europea, por la hora, 19:30 horas. Nos pusimos hasta arriba, con carnes variadas, quesos y verduras para sumir la cuenta escuchando los acordes del himno español, ya que la “Roja” se enfrentaba a Paraguay en cuartos de final del Mundial.-1

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A las 21:15 partimos, en tren, hacia Zagreb, la capital de Croacia. Durante el trayecto, tres sobresaltos: una llamada, ¡España ya está en semifinales!; frontera eslovena: “¡Pasaportes!, ¿españoles?, ¿es que no os gusta el fútbol?; frontera croata: “¡Pasaportes!, ¿os pongo el sello?

Zagreb nos recibe calurosa y bulliciosa. Previa caminata, llegamos al Hotel Fala, que nos acoge exhaustos.

 

Día 3: Durmiendo con croatas

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Sabíamos donde empezaríamos el día, pero no donde lo acabaríamos. Esta era nuestra primera noche sin hotel. Sobre la marcha lo encontramos. Nos despertamos en la capital croata, Zagreb. El calor nos dio los buenos días desde muy temprano y con el bochorno como acompañante emprendimos nuestra primera e indispensable misión del día: recoger nuestro coche de alquiler, un Skoda Fabia que nos haría el viaje más fácil.

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Zagreb es una ciudad monumental, abarcable en poco tiempo, con historia e incertidumbres que despiertan la curiosidad del viajero. Bien señalizada, un coqueto tranvía recorre su zona céntrica, teniendo como uno de sus puntos álgidos la plaza Jolic Jelic, presidida desde una altura superior por el mercado, dolac, para los croatas, en el que las sombrillas de los tenderos se han tornado en todo un reclamo turístico. No hay que irse muy lejos para encontrarse con la Catedral de Santa Stjepana, de estilo barroca y que no sólo es de uso turístico, puesto que el pueblo croata realiza culto con más frecuencia que el español. Llamativo y hasta cierto punto simbólico resulta el arco de Kamenita Vrata, en el que se puede encontrar una capilla en plena calle, con sus bancos y todo.

Eslovenia y Croacia

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El turista asiático se ha hecho con las calles de Zagreb y retratan la ciudad entre la más alta tecnología, el más claro ejemplo una familia de Hong Kong que conocimos. Una matrimonio con sus dos hijos y cada uno de los miembros iba equipado con sus propios aparatos, el de unos fotográfico, el de otros de vídeo.

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La Iglesia de Santa Marka despertó nuestra admiración debido a su techo policromado, en el que quedan reflejados los escudos de armas de Zagreb y de Croacia. Tras el paseo llegó el momento de reponer fuerzas y lo hicimos en una bonita plaza, donde elegimos uno de los restaurantes de la cadena VIP, en la que disfrutamos de la compañía de Rafa Nadal, que iba camino de su segundo Wimbledon. Nos extrañamos del tiempo de asueto de los profesionales de la hostelería en Croacia, muchos camareros, que no disimulaban su aburrimiento mientras comían, bebían y fumaban en su horario laboral, casi como si fueran unos clientes más.

Croacia

Salimos de Zagreb en dirección a no sé sabe dónde. En la oficina turística nos recomendaron la localidad de Rastoke y qué gran consejo. Este pueblecito, situado en la comarca de Slunj resulta imprescindible a la hora de visitar Croacia. Rastoke es todo un paraíso natural, por el que se accede a través de un puente que parece sacado de Indiana Jones. Riachuelos, cascadas y el verde instalado en la retina, en medio de ese frescor y sensación de liberad que sólo hace posible la naturaleza en estado puro.

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Partimos hacia el Parque Nacional de Plitvicka Jezera, con la intención de encontrar alojamiento en el camino. Nos atrevimos a dormir en casa de una familia croata, algo de lo más habitual y que se ofertaba cada 50 metros en la carretera. Todo legalizado, tomaron nota de nuestros datos, pasaporte en mano, pagamos unos 13 euros y pudimos gozar de baño y habitación con vistas. La familia demostró su hospitalidad invitándonos a dos chupitos de una bebida típica.

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Día 4: A cuatro metros de la playa

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El día empezó temprano, con un desayuno al sol croata en la terraza de nuestra hospitalaria familia balcánica. En pocos minutos llegamos al Parque Natural de Plitvicka Jezera, un torrente de naturaleza para unos chicos de ciudad. Ni lo más fresco, limpio y puro se libra del sello del dinero, pues la entrada ronda los 15 euros, ofreciéndose diferentes rutas para a visita, dependiendo del tiempo que se pretenda emplear en recorrer este mastodóntico pulmón croata, de imprescindible visita.

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El interior dio paso a la costa. Con Trogir como zona de referencia para acabar el día, iniciamos una travesía por la Costa Adriática. Llegamos a Zadar, ya levantada del duro castigo que le infringió la Guerra de los Balcanes, en gran parte por su condición geográfica, que la convertía en un punto estratégico de interés.

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En Zadar cumplimos nuestra ineludible cita con la zona azul e iniciamos una fugaz visita, en la que, en determinados puntos, competimos por el metro cuadrado con el turismo. Las señas de identidad de Zadar son la Iglesia de San Donato, de arquitectura medieval, y un paseo marítimo utilizado casi como playa, en el que se percibe un cierto afán de notoriedad al reflejar una frase del director de cine Alfred Hitchcock, en el que se vende como reclamo de la ciudad, una loa que pronunció el genio británico acerca del atardecer de Zadar. La guinda al paseo marítimo la ponen unos agujeros aprovechados para que gracias a los movimientos del mar se cree una agradable melodía musical, que llega a desconcertar si no conoces al truco.

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Nos quedamos camino a Trogir, pues pasamos la noche en el cercano Seget Vranjica, en el que hicimos gala de muestras habilidades para negociar y logramos, tras declinar el alojamiento local, una habitación doble a buen precio. Le “Ley de Costas” está por descubrir en Croacia, ya que nos quedamos a cuatro metros contados de la empedrada playa de la localidad, celebrando nuestro buen hallazgo con un baño con las últimas luces del día.

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Día 5: Recorriendo la Costa Dalmática

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Por Carlos Yagüe. Dalmacia, una de las zonas más conocidas de Croacia, no es sólo interesante por sus costas y sus playas de aguas cristalinas, que también, sino por los vestigios de otras épocas: romanas, del renacimiento venenciano, etc. Precisamente una de las ciudades marcadas por la huella del pasado era la que visitamos primero, Trogir. Dicen que una de las ciudades más bonitas de la costa y lo es, pero, sin duda, el colapso de turistas en sus calles, le hacen perder encanto, se levanta sobre una isla en medio de un canal. En una hora se puede ver todo el perímetro de la población y el corazón de ésta. Lo que no se debe perder nadie es la portada labrada de la Katedrhala Sv Lovre (la entrada es de pago, pero te dejan pasar para ver la portada si le dices que es para una foto).

Junto a sus monumentos, presté especial atención al mercado que montan en la entrada de la villa. En él, campesinos y campesinas venden en rudimentarios puestos con añejas balanzas como testigo de la compra-venta sus frutas, verduras y hortalizas. Un simple vistazo hace ver que a croatas y españoles nos unen muchas cosas, pongamos por caso, brevas, sandías, uvas, guindas…

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Seguimos nuestra ruta para llegar a Split, la segunda ciudad más importante del país. A pesar de que fueron los griegos los que la fundaron, las reminiscencias romanas también son constantes. Su visita es agradable, y ya que está uno por allí, pues no está de más hacer honor a uno de los postres más famosos del mundo nacidos por esas tierras, la Banana Split. Sí, es un invento que tuvo lugar en esta ciudad (plátano, helado de vainilla y nata).

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Las opciones para llegar desde este punto hasta Dubrovnick son dos: carretera nacional de costa o autopista. La primera es bonita, su discurrir lento y tedioso; la segunda, de pago pero rápida y segura. Pero hay un pequeño tramo sin elección, nacional, sí o sí. La cogimos, pero demasiado rápido, a 88 kilómetros por hora (el límite en zona urbana, según nos contaron, está en 50 kilómetros hora). La pareja de policías que nos paró nos pidió 1.000 kunas, que al cambio viene a ser unos 150 euros. Después lo rebajaron a la mitad y, por suerte, al final les dimos tanta pena que nos condonaron la deuda e incluso terminamos hablando de fútbol con los agentes.

Antes de llegar a la perla del Adriático, y con el miedo ya superado, hicimos un alto en el camino en Ston. Tampoco suele aparecer en las guías, pero su muralla de 5,5 kilómetros y sus ricas y especiales ostras (es una variedad autóctonas, bien merecen una parada. Total, sólo vale medio euro ¡cada molusco!

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Día 6: La maravilla que fue, dejó de serlo, volvió y se esfumó 

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Por Carlos Yagüe. Después de Ston, la tarde anterior intentamos estirar el día para alcanzar Korcula, que además de tener una cuidada zona medieval, es el lugar de nacimiento de Marco Polo, pero la hazaña fue imposible. La noche se fue echando y el plan cambió para llegar pronto a Dubrovnik.

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Antes del conflicto de la Guerra de los Balcanes (1991 – 1995), la ciudad era ya un referente por su historia y su belleza. Los bombardeos de los ejércitos serbios y montenegrinos destrozaron buena parte de la urbe. Tras el mazazo, volvió a resurgir, pero ahora es el desproporcionado turismo el que se come día a día lo que objetivamente es una zona monumental (la Old City) de gran valor en un enclave privilegiado.

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Sea como fuere y luchando por no distraerse con las cientos de tiendas, terrazas y turistas ruidosos que pueblan sus calles, fuimos viendo las murallas que se levantan desde el siglo XII, sus iglesias y empinadas y coquetas calles.

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Eso fue hasta el medio día. Por la tarde, comenzó la Dolce vita. Merecido tiempo para el descanso y el asueto. A solo cinco minutos de nuestro hotel (Hotel Lero, buena relación calidad-precio para lo que se despacha en la ciudad) estaba la calita natural de la que pudimos disfrutar. Solo había croatas, para ser más exactos jóvenes croatas. Saltaban desde las piedras, jugaban en la orilla, buceaban por sus aguas cristalinas o jugaban al waterpolo en una piscina natural construida para la ocasión (están formadas por corcheras y dos porterías y se repiten a lo largo de toda la costa). Precisamente este deporte nacional, fue el que quise probar con el beneplácito de los que estaban en ese momento jugando. Disfruté e incluso marqué un par de goles en territorio croata.

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Después llegaría la victoria de España frente a Alemania que vimos junto a un grupo de compatriotas en nuestro hotel y, más tarde, para celebrar el histórico, pasé de una final de un Campeonato del Mundo de fútbol de nuestra selección a uno de los lugares más románticos que he conocido jamás, el Bar Buza. Diez mesas colocadas entre el acantilado que da al Adriático y al que se accede desde la ciudad antigua.

Ni cámara, ni descripción detalla alguna puede hacer posible transmitir ese momento de tranquilidad y paz que ofrecía el sonido de las olas y el cuadro repleto de estrellas que se situaba justo enfrente nuestra. Ahí empezó la fiesta, se acabó un poco más tarde, sobre las 4.30 horas. A esa hora, casi completamente de día, aprovechamos para ver de nuevo la parte monumental de Dubrovnik, esta vez a solas. Sin ningún turista. Si hay algún valiente lector que se atreva, esa Dubrovnik sí le enamorará.


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