Desierto del Sahara, Marruecos. Donde encontramos la felicidad

Actualización: 28 junio, 2018

Las montañas de arena y las palmeras en torno al campamento ya adelantan lo que está por venir: el Desierto del Sahara. Hasta Tagounite, el pequeño pueblo cerca del desierto donde nos espera la familia de Abderrahim, nuestro guía local, hay unas dos horas de camino. Se nos pasa rápido, muy rápido. En el trayecto, incluimos varios objetos que pasan de unas manos a otras si no se cumplen unas normas. Empezamos con una piedra, después fueron unos zapatos, más tarde una hoja de palma, la piel muerta de una serpiente y así, cuando se nos fue de las manos, los restos de una mandíbula de una camello que encontramos (más adelante) en el Desierto y que volvió en la mochila de alguna expedicionaria de vuelta. ¿Verdad, Sara?

Desierto del Sahara

Desierto del Sahara

Guía de viaje de Marruecos

tomando el té

Desierto del Sahara

Qué hacer en el Desierto del Sahara

Por la tarde, una vez pertrechados de los tan necesarios turbantes, teníamos una parada cultural, Ouled Driss (también escrito como Oulad Driss). Este pueblo, enclavado en el borde de uno de los mil límites del Desierto del Sahara, conserva una antigua kasbah en la que llegaron a vivir cientos de personas entre sus calles estrechas e irregulares. Hoy en día, en sus construcciones de adobe, aún conviven varias familias. Lo tradicional perdura en este remoto punto del planeta.

Ouled Driss

Ouled Driss

Desierto del Sahara

A esta hora, cuando el sol empezaba a caer, la tormenta de arena cogió fuerza. Lo que empezó siendo un viento brusco, se fue embraveciendo por instantes. Entendimos pronto lo importante que es hacer en cada lugar lo mismo que hacen los locales. El turbante nos libró de una buena…

Caminamos, en grupo, sobre pequeñas montañas de arena ya con el único candil que nos marcaba la luna. Enfilando las crestas de las dunas empezaron las primeras bromas, las primeras caídas. Fue un momento para empezar a conocernos, para descubrir a grandes personas que nos rodeaban, para departir mientras íbamos acercándonos al campamento en el Desierto del Sahara. El tiempo volvió a pasar rápido y las horas volaron. Sin darnos cuentas ya estábamos instalados en la gran jaima que presidía el campamento. El lugar donde tomamos el té, cenamos, cantamos, jugamos y nos reímos al resguardo del viento. Y así hasta que Morfeo pudo con la mayoría. Solo unos cuantos se atrevieron a desafiar el viento y el frío y, por unos instantes, soñar despierto frente a una inmensidad de estrellas.

Desierto del Sahara

campamento en el Desierto

En el Desierto del Sahara todo se ha parado. Como bien dice Abderrahim, nosotros tenemos el reloj y ellos tienen el tiempo. Siempre que vengo y comparto con él, un amigo, aprendo de lo que más importa, la vida. Los occidentales odiamos los silencios, ellos saben escucharlos. Los que venimos de Europa tenemos que hacer cosas sin parar, ellos disfrutan de la tranquilidad observando. Son conceptos distintos pero, tal vez, solo tal vez, la felicidad se acerca más a las pequeñas cosas que a las grandes pretensiones.

Por la mañana, nos activamos con una sesión de estiramientos que marca Rubén. Por delante tenemos un día de trekking entre dunas y con un adversario con el que no contábamos, la tormenta de arena, que sigue con la misma fuerza que anoche. Los dromedarios nos ayudarán en el camino. Hay fuerza y buen ambiente en el grupo. El paisaje ayuda a aprovechar el tiempo con cientos de fotos de todas las maneras posibles. Las ampollas empiezan a aparecer pero Nano, subjefe de la  expedición y aspirante a galeno, las mantiene a raya. El almuerzo, en medio del Desierto, sabe a gloria. Igual que la pequeña siesta que nos concedemos. Hasta el gato cayó derrotado.

JP y amigo

dromedario en el Desierto

dromedarios en el Desierto del Sahara

Después de comer teníamos que tomar una decisión delicada. Esa noche estaba previsto que durmiéramos en el desierto salvaje, en un lugar donde tendríamos que montar todo el campamento. El fuerte viento parecía que iba a mandar todo al traste. Desde ayer Abderrahim estaba preocupado. Me decía que era imposible. Objetivamente cualquiera hubiera dicho lo mismo. Pero yo no me quería rendir. Quería probar, por lo menos intentarlo. Así que lo convencí. Después reuní al grupo para contarle que haría falta el esfuerzo de todos para intentarlo y un sacrificio por conseguir dormir en un lugar virgen e inolvidable. Con los camelleros pusimos rumbo al lugar previsto y, una vez comprobado el terreno, decidimos parar en un lugar resguardado. Dejamos los bártulos y nos fuimos corriendo a la duna más alta para ver el atardecer.

JP en el Desierto del Sahara

Desierto del Sahara

Antes de que el sol se escondiera tuvimos tiempo de descargar tensiones haciendo la croqueta, versión desierto del Sahara. Y lanzarnos montaña de arena abajo. Pero el gran momento, el que todos estábamos esperando, lo vivimos juntos desde el montículo más alto de la zona. Llegamos unos 30 minutos antes del ocaso. En nuestra línea de no saber estar quieto, se nos ocurrió improvisar una clase de yoga. Esta expedición está viva. Capitaneados por Isa, un grupo de valientes nos atrevimos a saludar al sol con posiciones inverosímiles a simple vista. Fue momento mágico. Lo reconozco. Soy feliz con muy poco. Esa gran duna, ese instante me sacó la mejor de las sonrisas, me llené de energía para un largo tiempo.

clase de yoga en el Desierto del Sahara

Cuando bajamos al campamento todos arrimamos el hombro. Unos cuantos fueron por leña para hacer una hoguera con la lucha contra el gélido frío de la noche. Otros esperaron a Abderrahim y sus amigos para montar en un santiamén dos carpas grandes. Más gente se puso manos a la obra con la cena, un pollo en salsa al que le tendríamos que haber cantado una saeta o unas bulerías por lo rico que estaba. La velada estaba siendo perfecta. Se demostraba, una vez más, que la clave de la felicidad es la adaptación.

La música de los djembes sirvió de nana para los que estábamos tumbados en torno a la hoguera. Algunos fueron rápidos a dormir al cobijo de la tienda. A muchos nos atrapó el momento y nunca más nos movimos del sitio hasta el alba. Juntos, muy juntos, para protegernos del frío, miramos al cielo y jugamos a descubrir formas en las nubes a falta de estrellas. Dimos vueltas y vueltas. Improvisamos almohadas que no existían. Despertamos por los ruidos naturales (ronquidos). Y el desierto salvaje del Sahara hizo que aflorara lo mejor que llevábamos dentro. Los bereberes lo llaman magia…

durmiendo al raso

Mapa del Desierto del Sahara


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