Alemania. Berlín nos espera

Día 0: Volando a Berlín, una capital de idas y vueltas

Berlín

Marzo 2009. Los viajes empiezan antes de que empiecen. Lecturas, imaginación, más lecturas y mucha ilusión. Eso siempre va antes. Pero no solo eso. El destino, en este caso Berlín, es el objetivo, pero nunca hay que descuidar el camino. Me refiero con esto a las esperas en los aeropuertos y estaciones, a los viajes. Todos estos rincones y situaciones son un viaje en sí mismo, un camino en todas direcciones y hacía toda clase, condición y raza. Y posteriormente a lo que antecede, llega lo que toca, es decir Berlín, capital de la vieja Alemania, la de la República de Weimar, la de Hitler y la nueva. Más de tres millones y medio de habitantes. Punto de encuentro de culturas (11 % población extranjera). En definitiva, y como dice su eslogan publicitario, “Berlin tut gut” (Berlín sienta bien).

BerlínLa historia de este país, y de esta capital, que fue y no fue (durante muchos años la capitalidad recayó en Bonn), debe buscarse en los libros, que valen para mucho, pero también en un viaje, que seguro les termina de aclarar el entuerto de “ida y vuelta”, en lo que era, dejó de serlo, para después volver a serlo.

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Yo me puse manos a la obra desde que llegué a Berlín-Tegel (uno de los aeropuertos de la capital). Ale, mi anfitrión, colega de profesión, compañero de facultad y amigo, será mi fiel escudero en el proceso de investigación. Pero para trabajar, antes hay que prepararse. Y en este proceso de adaptación, nada mejor que una buena tortilla de patatas española y una buena cerveza alemana…

 

Día 1: El cine, la guerra y Berlín (1/2)

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Antes de acostarme ayer por la noche, fui a beber agua. La imagen tras la ventana era la de una gran avenida de cualquier capital del mundo. Pero, sin embargo, no lo era. Era una de las avenidas de la zona este (la que dominaba la URSS). Era una avenida de la guerra. Nunca estuve antes, pero la memoria cinematográfica a veces juega estas pasadas. Como éste, a lo largo del día, esa sensación se repitió.

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Para empezar el día, decidí, yo solo, ya que Ale tenía una cita con el embajador español en Alemania, hacer una parada obligada en uno de los símbolos de la capital alemana, la Puerta de Brandendurgo, al principio de la avenida Unter der Linenn. Se construyó entre 1788 y 1791, y fue como tantas otras cosas de la ciudad, un monumento de ida y vuelta, ya que Napoleón lo mandó llevar a París en 1806, y más tarde volvió a su emplazamiento originario. Pero, sobre todo, fue un monumento marcado históricamente por ser el lugar donde se alzaron cientos de alemanes con su alegría y satisfacción por encima del muro de la vergüenza en 1989.

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Más tarde, a las diez de la mañana, llegué a la Isla de los Museos, que es así como se conoce a la zona en la que se encuentran las salas más importantes de la ciudad: Bode Museum, Alte Nacional Galerie, Altes Museum, Neus Museum y el Pergamon Museum. Los tres últimos, fue los que visité, y de entre ellos, si tiene poco tiempo en su visita, el que recomiendo es el Pergamon, para poder ver, entre otras cosas, el altar de Pergamo.

 

Día 1: El cine, la guerra y Berlín (2/2)

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Tras la visita cultural, tocaba la calle, sus monumentos, sus costumbres. Igual nos deteníamos en la Universidad de Humboldt, que observábamos a Ampelmannchen, el hombrecito verde con gorro que aparece en los semáforos de Berlín (no en todos), que veíamos la brillante columna de la victoria.

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Para el final de la visita, plato fuerte, visita al Reichstag (edificio del Parlamento, gratuito) y su moderna y afamada cúpula que construyó en la década de los 90 Norman Foster. El Reichstag quedó, tras la separación de Berlín, en la zona Oeste, la capitalidad fue a parar a la ciudad de Bonn, y el edificio perdió su uso y quedó abandonado. Tras la caída del muro, Berlín volvió a ser capital, y con ello, el edificio del Parlamento, volvió a servir como tal. Además del contenido simbólico, la visita a tan ilustre edificio, tiene otro aliciente en la estupenda visión de la ciudad que se divisa desde lo más alto de la cúpula. Con suerte, en el camino hasta ese punto más alto, también podrán ver a los diputados parlamentar en el salón de plenos, justo debajo de la cúpula de cristales.

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Esto fue lo último, al menos en cuanto a turismo cultural se refiere en el día de hoy. Son las cuatro de la tarde, y ya toca pasarse al turismo gastronómico. Para eso, Ale es un maestro, y como gran anfitrión me lleva a Brauhaus Lempke, un típico restaurante-bar alemán donde incluso fabrican su propia cerveza. El menú estuvo compuesto por un clásico codillo de cerdo alemán y una, dos o tres, ahora no recuerdo, cervezas de trigo. Y de postre, un pastel de manzana casero, y una merecida siesta. Cervezas nocturnas, y mañana más. Guten nancht!, o en cristiano, ¡buenas noches!

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Día 2: El “muro de la vergüenza”

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161 kilómetros. 3200 personas detenidas en los intentos de asaltos. 80 personas abatidas cuando lo intentaban. Familias separadas. Amigos incomunicados. Son algunas de las consecuencias de la gran brecha que separó Berlín Este (zona comunista a cargo de la URSS) de Berlín Oeste (estaba repartida su extensión entre Francia, Estados Unidos y Gran Bretaña); el muro de Berlín.

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Son varios los puntos en los que se puede visitar lugares conmemorativos de aquel muro que estuvo de pie entre 1961 y 1989, pero tal vez el más interesante, sea la zona aledaña al monumento conmemorativo (muy interesante la visita con vídeo aéreo de la extensión completa del muro, incluido). Junto a éste, se encuentra la capilla de la Reconciliación, un pequeño rincón que encoge el alma por las evocaciones que puede llegar a provocar.

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En esta zona, la de Bernauer Strabe, la historia se recrudeció aun más que en el resto de Berlín. Su área pertenecía al Berlín Oeste, mientras que sus casas del lado sur pertenecían a la zona este. Para los vecinos de las casas comprendidas entre los números 1 y 50, esto significó que, a partir de 1961, sus fachadas hicieran a su vez de muro. Cuando se terminó de construir el muro, miles de personas huyeron a la desesperada por las ventanas de los edificios. Algunas se descolgaban con cuerdas, otras saltaban aprovechando las lonas que colocaban los bomberos de la parte occidental. Otros lo intentaban, solamente. Son solo una parte de la historia, pero como mucha parte de ésta, para entenderlo mejor, además de leer, les recomiendo la visita.

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MJ en su paso por Berlín

Después de la histórica visita, Ale y yo, fuimos a Alexanderplatz, o simplemente Alex, como ellos llaman a una de sus más emblemáticas plazas, en la que reina la gran torre de la televisión y un original reloj de las horas de mundo que diseñó Erich John.

Para después de tan soberana paliza turística, tocaba ducha. Y para rematar, Berlín la nuit.

BerlínMJ en su paso por Berlín

 

Día 3: Esto no es turismo, es un campo de concentración

No hay película, libro, ni nada que se le pueda parecer, por mucho que se haya hecho, que pueda transmitir lo que se vivió en los campos de concentración nazis. Esas escalofriantes sensaciones solo pudieron conocerlas, para su eterna desgracia, las miles de personas que murieron de inanición, frío o crueles torturas. Y los que, a pesar de los pesares, sobrevivieron en cuerpo que no en alma, ya que ésta les fue robada nada más entrar en los campos.

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Para acercarse un poco a este gran sinsentido de la humanidad, del que fueron parte activa los que ya conocemos, pero también, y no hay que olvidarlo, los miles de ciudadanos que miraron para otro lado durante la barbarie, visité un antiguo campo de concentración, que no de exterminio.

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“Arlet macht fre” (“el trabajo te hará libre”) era la sarcástica frase que leían los prisioneros al entrar al campo de concentración. A partir de ese momento, el proceso deshumanizante, la máquina nazi, comenzaba a trabajar. Eran desvalidos de toda pertenencia, de su pelo, y lo más importante, de sus derechos. A partir de entonces, simples números, con diferentes categorías, al servicio del régimen. De entre todos sus presos, me llamó la atención, por mi desconocimiento del dato, uno español: Largo Caballero.

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De la dura visita, aderezada con la lluvia intensa, el viento grueso, y el frío que cala por entre las lanas y algodones, me quedo con la parte reflexiva, en la que se entra obligatoriamente cuando un espejo, en forma de indignos barracones, zonas de tortura, y mucho más, de lo que hizo el hombre no hace tantos años, te devuelve lo que hicieron otros.

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Día 4: Se acabó

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Son las 05:45 horas de la mañana, y aunque lo normal es que estuviera durmiendo por las esquinas después de adelantar el alba a las 3 de la madrugada, lo cierto es que estoy aquí escribiendo, en el aeropuerto de Tegel, mis últimas letras “en alemán”. Me voy con muy buen sabor de boca porque he disfrutado, he conocido una ciudad distinta, una capital diferente.

Berlín se ha reinventado a lo largo de historia y sus calles, sus monumentos, su gente, lo demuestran. La vanguardia le da la mano a lo clásico (en todo caso, rehabilitados). La ciudad nunca para. Hay que aprovechar el tiempo perdido. Berlín también es sano, apetece caminar o coger una bici, e invita a reciclar, a ser ciudadanos ejemplares (de forma natural, sin planes ZP). Pero tiene algo, solo una cosa, que no me gusta, el idioma. Me suena a chino, camaradas. Por lo demás, “danke”.

 

–> Si necesitas información sobre Hamburgo y Hannover, pincha aquí.

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